En problemas

1538 Palabras
+CLARA+ El despertador no tuvo piedad. Su sonido metálico taladró mi cráneo, recordándome que solo había logrado cerrar los ojos durante dos horas que se sintieron como un parpadeo en medio de una pesadilla. Me incorporé con la sensación de tener arena bajo los párpados y el cuerpo hecho de plomo. Las imágenes de la noche anterior, el frío de la columna de mármol contra mi espalda, la mano de Miller apretando mi muñeca y, sobre todo, la mirada azul acero de Alistair, daban vueltas en mi mente como un carrusel desquiciado. Me quedé sentada en el borde de la cama, mirando mis pies descalzos sobre la alfombra raída. Toronto era demasiado ruidosa incluso al amanecer. Escuché los ronquidos suaves de Roxy desde el otro lado de la habitación compartida; no sabía a qué hora había llegado, pero el olor a tabaco y perfume barato que emanaba de su ropa tirada en el suelo decía que su noche había sido tan larga como la mía, aunque seguramente menos confusa. —Dos horas, Clara. Solo dos horas —me susurré a mí misma, tratando de convencerme de que podía sobrevivir al día. + Me arrastré hasta el baño. El agua fría golpeando mi piel fue un choque necesario para despertar mis sentidos. Me froté los brazos con saña, intentando borrar esa sensación eléctrica que el tacto de Alistair había dejado en mi mejilla. "Es solo un hombre con demasiado dinero y un complejo de Dios", me repetí. Pero mi cuerpo, traidor, todavía vibraba con el recuerdo de su voz ronca ordenándome subir al auto. Al salir, el vapor empañaba el espejo roto. Me vestí rápido, buscando algo que me hiciera sentir segura, aunque en este armario de segunda mano la seguridad era un lujo inexistente. Me puse unos vaqueros desgastados y un jersey de punto color crema que mi madre me había tejido antes de marcharme de Churchill. Olía vagamente a ella, a hogar, a ese aire limpio que aquí, entre el humo de los coches y el asfalto mojado, parecía un mito. Tomé mi bolso gastado y revisé mis papeles: el currículum arrugado, mi identificación. —Tengo que dejar ese club —masqué, sintiendo un nudo de ansiedad en el estómago—. Hoy mismo busco algo nuevo. Limpiando oficinas, doblando ropa, lo que sea. Pero no vuelvo a ese nido de lobos. Fui a la cocina, que no era más que un pasillo estrecho con una nevera que zumbaba como si fuera a explotar. La abrí y la luz amarillenta me mostró el vacío de mi realidad: un cartón de leche casi terminado y un par de yogures próximos a caducar. Serví el último chorro de leche en un vaso de cristal desconchado y me lo bebé de un trago, sintiendo el frío bajar por mi garganta. Estaba a punto de tomar mis llaves para salir a enfrentar el gélido amanecer de Toronto cuando mi celular, un modelo antiguo con la pantalla astillada, empezó a vibrar sobre la mesa de formica. Mamá. Una sonrisa involuntaria tiró de mis labios, pero se desvaneció en cuanto presioné el botón de aceptar. —¿Mamá? ¿Qué pasa? Es muy temprano por allá... —¿Clara? ¿Hija? —La voz de mi madre no era la de siempre. No era esa voz firme que me cantaba mientras horneábamos pan. Estaba rota. Era un hilo de angustia que me cortó la respiración. —Mamá, ¿qué tienes? ¿Por qué lloras? —Mi corazón dio un vuelco, golpeando mis costillas con una violencia repentina. —Es tu padre, Clara... —Un sollozo desgarrador interrumpió sus palabras—. Se desmayó en el establo esta mañana. No podía respirar. Lo llevamos de urgencia al hospital del condado... los médicos dicen que es el corazón, hija. Que necesita una cirugía, o no... no va a aguantar el invierno. Me apoyé contra la encimera, sintiendo que mis piernas se convertían en agua. El vaso de leche que aún sostenía resbaló de mis dedos y se hizo añicos contra el suelo, salpicando mis botas. No me importó. —Pero... pero él es fuerte, mamá. Papá siempre es el primero en levantarse... —Ya no, Clara. Ya no puede más —ella seguía llorando, ese llanto sordo de quien ya no tiene fuerzas para gritar—. Y eso no es lo peor... el banco llamó ayer. La hipoteca de la granja, los préstamos para la maquinaria... nos han dado un aviso de desalojo. Si no pagamos la deuda acumulada este mes, nos sacarán a la calle. Tu padre está ahí, en esa cama, preguntando si vamos a perder la casa de sus abuelos... Hija, no sé qué hacer. Tengo tanto miedo... Sentí que el mundo se inclinaba. La pequeña cocina de Toronto se volvió diminuta, las paredes empezaron a cerrarse sobre mí. El pánico era una mano invisible apretándome el cuello. Churchill estaba a miles de kilómetros, y yo estaba aquí, en una ciudad que me odiaba, con los bolsillos vacíos y un hombre obsesivo persiguiendo mis sombras. —¿Cuánto, mamá? ¿Cuánto necesitan? —pregunté, aunque sabía que la cifra me destruiría. Cuando pronunció el número, el aire se escapó de mis pulmones. Era una fortuna. Una cantidad que no vería en diez años trabajando en una fotocopiadora. —Haré algo, mamá. Te lo prometo. No los van a sacar de ahí —mentí, con la voz quebrada—. Dile a papá que lo amo. Voy a conseguir el dinero. Colgué el teléfono y me dejé caer al suelo, ignorando los cristales rotos. Me abracé las rodillas y hundí la cara en ellas, sollozando en silencio. El dolor no era solo por mi padre, era la impotencia, esa rabia amarga de ser insignificante en un mundo de gigantes. —¿Clara? ¿Qué diablos fue ese ruido? —La voz de Roxy, ronca por el sueño, llegó desde la puerta. Me limpié las lágrimas con la manga del jersey, pero era inútil. Mis ojos debían estar rojos y mi rostro era el mapa de la desesperación. Roxy entró en la cocina, todavía envuelta en una bata de satén n***o, y se detuvo en seco al ver el desastre de leche y cristales, y a mí destrozada en el suelo. —Cariño, ¿qué pasó? —Se agachó a mi lado, poniendo una mano con uñas pintadas de n***o sobre mi hombro. Le conté todo. Las palabras salieron atropelladas, mezcladas con hipos y mocos. Le hablé de mi padre, del hospital, de la hipoteca, de la posibilidad de que mis padres terminaran en un albergue en medio del invierno de Manitoba. Roxy me escuchó en silencio, su expresión endureciéndose. Ella conocía la pobreza; ella sabía que en Toronto las lágrimas no pagan las facturas. —Escúchame bien, Clara —dijo Roxy, tomándome de la cara para que la mirara directamente a los ojos—. Sé que esto va a sonar horrible, y sé que eres una chica de pueblo con valores y toda esa mierda, pero no tienes tiempo para buscar un trabajo de oficina. No tienes tiempo para ahorrar centavo a centavo. —Tiene que haber una forma... —susurré. —La hay. Pero no te va a gustar —Roxy soltó un suspiro pesado y se sentó en el suelo frente a mí—. Tienes algo que en el The Velvet Eclipse vale oro puro. Eres virgen, Clara. Y en este mundo de hombres asquerosos que lo han visto todo, la pureza es el fetiche más caro del mercado. Me quedé helada. El corazón me dio un latido sordo. —¿De qué estás hablando, Roxy? —Hablo de que vendas tu virginidad —soltó ella, sin anestesia, con esa crudeza que solo la calle te enseña—. Hay hombres que pagarían la cirugía de tu padre y la hipoteca entera solo por ser los primeros. Y no tienes que buscar mucho... porque ya tienes a un tiburón oliendo la sangre. —Alistair... —El nombre salió de mi boca como una maldición. —Exacto. Alistair Vaughan-Sinclair —Roxy asintió, sus ojos brillando con una mezcla de sarcasmo y realidad—. Ese hombre no te sacó de la calle por caballerosidad, nena. Los tipos como él no tienen alma, tienen instintos. Se dio cuenta de lo que eres en cuanto te vio. Está obsesionado. Te trajo a casa, te buscó, te marcó el territorio frente a Miller... ese hombre tiene el dinero que necesitas y más. Y créeme, por la forma en que te miraba, ese hombre lo que quiere es ser tu dueño. Sentí una náusea violenta. La imagen de Alistair —su altura imponente, su voz ronca diciendo "eres mi dolor de cabeza"— se mezcló con la imagen de mi padre postrado en una cama de hospital. —Es un monstruo, Roxy. Me mira como si fuera su propiedad. —Un monstruo que puede salvar a tu familia, Clara —respondió ella, levantándose y ofreciéndome la mano—. Toronto no regala nada. O vendes tu orgullo, o ves cómo tu mundo se desmorona. Él tiene el dinero, tú tienes lo único que él no puede comprar con un contrato. Úsalo.
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