Ramiel:
Luego de que todos se fueran, me dejo caer en uno de los sofás que reubicaron para los ensayos. Necesitaba estar solo, ya que desde la llegada de la señorita Nevers Grumpy, no había estado más de cinco minutos escuchando el dulce sonido del silencio, sin contar las pocas horas de sueño.
Dejo que mi cuerpo se relaje sobre los cojines y suelto un suspiro, más parecido a un gruñido de inconformidad que a un simple gesto de estrés. Había comenzado a odiar esto. Lo que en el pasado solía llenarme de euforia y adrenalina justo antes de un concierto, ahora me hacía despreciar la música. Y eso era mucho decir, ya que la melodía de mi bajo había sido una de las pocas cosas buenas que tenía en mi vida.
Aunque pensándolo mejor, no eran las canciones que tanta paz me habían traído lo que ahora me estaba jodiendo la cabeza, sino la estúpida fama que traían consigo.
No era la primera vez que pensaba que yo no estaba hecho para esto. No como Nick o Rider, que se desenvolvían perfectamente con el público y sabían dar las mejores respuestas en las entrevistas. Hace un año era al menos soportable, ahora no sabía cómo lo haría sin ella.
Esta vez el suspiro que salió de mí fue tembloroso. Todos los sentimientos que eran dueños de mi mente en estos últimos meses regresan con más intensidad. No podía negar que el jaleo de los ensayos y la preparación del concierto habían bloqueado temporalmente el dolor sordo que se había hecho habitual en mi pecho, pero nunca había desaparecido por completo. Ahí estaba su recuerdo de nuevo, junto a la devastadora sensación de que nunca la volvería a ver.
—¿Vas a llorar? —La voz firme pero con un tiente burlón me llega desde la puerta.
Frunzo el ceño antes de echar un vistazo por encima de mi hombro. Gruño con molestia al reconocer la corta figura.
—Vete. No estoy para tus mierdas —le suelto mientras me acomodo nuevamente.
—Que grosero —dice con obvio desagrado. Inmediatamente después el sonido de sus tacones al chocar con el suelo de madera llena la sala. —Igual no es mi culpa que no aguantes un par de horas de ensayos y tengas que esconderte aquí a lamentar tu patética vida. Así que dirige tu odio hacia alguien más.
Cierro los ojos y pellizco mi entrecejo, tratando de invocar paciencia.
—¿Qué se supone que haces en mi salón? —Hago énfasis en las palabras para darle a entender que no es bienvenida aquí, al menos no cuando estoy tratando de usarlo como escondite.
En ese momento hace acto de presencia en mi campo de visión, contoneando sus caderas de forma elegante, con su típica ropa de oficina. Su falda de tuvo delínea sus curvas de forma exquisita y su camisa de color entero y cuello fino le da un aire de profesionalidad regia.
No pude evitar detallarla. Había algo en ella que me hacía imposible despegar mis ojos, y estaba entre su peinado perfectamente acomodado o su obsesión de tener todo bajo control. Me ponía los pelos de punta.
—Más temprano esta mañana dejé mi portafolio en algún lugar. Sospecho que debió haber sido en tu salón —me responde de mala gana, imitando mi tono en la última oración.
Me incorporo en el sofá. A pesar de su baja estatura me sentía amenazado, como si esa pequeña gruñona pudiera ganarme una discusión con una sola palabra. ¿Cómo cabía tanta mala leche en un envase tan enano? Aún estando sentado mi cabeza llega a la altura de su pecho. ¡Y eso que lleva tacones!
—Búscalo rápido y vete. No quiero que contagies mi espacio con tus malas vibras —hago una mueca de burla y cruzo los brazos sobre mi pecho.
Detiene sus pasos a una distancia considerable. Veo como deja todo su peso en la pierna derecha e imita la posición de mis brazos para luego entrecerrar sus ojos en mi dirección. Casi pude sentir como juzgaba mi alma en el proceso.
El escalofrío que me provocó hizo que mi sonrisa vacilara un segundo.
—Que raro. Creí que al vaso lleno no se le podía echar más agua —dice mientras pone los ojos en blanco.
Parpadeo un par de veces, sin entender del todo.
—¿Se supone que eso fue un insulto? —Observo como su pecho se eleva al tomar una respiración profunda.
—Olvidalo —se limita a soltar antes de verse envuelta en la tarea de recorrer la habitación en busca de su portafolio.
Mis ojos se quedan fijos en su figura mientras se desplaza. Me sentía realmente fastidiado por su interrupción en mi único momento a solas de la semana, pero había una pequeña parte de mi que se sentía agradecido. Mis pensamientos estaban tomando un camino demasiado sombrío.
Llevo mi mano distraidamente hacia mi bolsillo y saco la caja de cigarrillos. No había tenido tiempo de fumar en todo el día y sólo dios sabía que tan desesperadamente necesitaba uno. Acerco el cabo a mis labios y no demoro en encenderlo con la fosforera. Tomo una larga calada, sosteniendo por unos segundos el humo en mis pulmones, y luego dejo salir todo el aire, a la vez que me volví a recostar en el sofá. Cierro los ojos y disfruto de la sensación que me recorría. Ya en mi segunda calada pude reconocer el sabor fuerte en mi garganta y la relajación que invadió mi cuerpo.
—¿Puedes abstenerte de fumar cuando estoy cerca?
Me di cuenta que había dejado de mirar a la señorita Grumpy por varios minutos, casi hasta el punto de haber olvidado que se encontraba allí. Hago una mueca de disgusto. Ya era la segunda vez que rompía mi ambiente solitario.
—¿Y tú puedes abstenerte de estar cerca? ¿Por qué no te has ido ya? —Hago una pausa para aspirar otra bocanada de humo. —A este paso estoy a punto de pensar que estás buscando excusas para mantenerte a mi lado —añado, sin apartar mis ojos esta vez. Necesitaba con mucha urgencia ver su reacción molesta, pues de cierta forma me divertía.
La pelinegra apretó fuertemente los dientes, pero no dijo nada. En ese momento se había acabado de arrodillar para mirar debajo de otro sofá. Me ignoró, visiblemente molesta, mientras continuaba con su tarea.
Mientras, yo estaba aprobechando esa oportunidad para contemplar su redondo trasero perfectamente marcado por su falda. Para mi era completamente un hecho que ella era la mujer más estirada e insoportable que había conocido, pero debía admitir que tenía un cuerpo exquisito.
—Si ese es el caso, no deberías disimular más. De todas formas soy generoso, puedo ayudarte con esa frustración acumulada que seguro tienes —suelto sin muchos miramientos con la clara intención de molestarla.
Nevers se levanta de un salto, como si el piso de repente se hubiera puesto demasiado caliente. Sus ojos marrones chocan directamente con los míos para lanzarme una mirada asesina.
—¿Sabes qué? Me parece que ese portafolio no tiene algo que valga tanto la pena. Vendré en otro momento.
Se gira sobre los tacones para luego dirigirse a grandes zancadas hasta la puerta. Su habilidad con esas armas del diablo que tiene por zapatos era tan buena que me quedo casi embobado contemplando su caminar. Estuve a punto de olvidar ponerle fin a nuestro absurdo encuentro de una forma pacífica, pero logré reaccionar a tiempo cuando colocó su mano bruscamente sobre el picaporte.
—Nevers —la llamo con voz firme. Ella se detiene de inmediato, como si su cuerpo se hubiese paralizado.
Tomo una calada de mi cigarro, que ya casi se había consumido por completo. La manager me lanza una mirada sobre su hombro, pero sin girarse. Se notaba su deseo de perderme de vista lo más pronto posible.
Suelto el humo mientras coloco una sonrisa burlona en mi rostro. Con la otra mano levanto hasta la altura de mi pecho el portafolio mediano. Hacía un rato que me había llamado la atención su color n***o y textura suave. Se encontraba recostado en el costado de mi sofá. Había sido algo extraño que la pelinegra no lo hubiera visto, pero contando con que estaba desesperada por evitarme, también era comprensible.
—No te dejes esto, por favor. No te quiero irrumpiendo en mi salón de nuevo —rompo el silencio con un tono arrogante. En realidad no me importaba una mierda si volvía o no, pero molestarla se convirtió en mi nuevo pasatiempo favorito.
El único gesto de odio que me dirigió fueron sus típicos ojos entrecerrados que no tardaron en ser acompañados con su nariz arrugada. Incluso su labio superior se desfigurada minimamente cuando usaba esa expresión. Ya la había visto varias veces dirigida a mí en esta semana.
La señorita Grumpy regresó hacia mi para quitarme su portafolio de un manotazo, esforzándose de una forma obvia en no tocarme. No tardó en salir corriendo apenas tuvo la oportunidad, y yo me limité en terminar mi cigarrillo para luego aplastarlo en el cenicero.
De cierta forma me encontraba ligeramente más tranquilo que antes de su llegada. No sé en qué momento de estos últimos días había dejado de desagradarme Nevers para convertirse en sólo una ligera molestia, aunque me entretenía bastante burlarme de ella, también había logrado, ser una distracción de todos mis problemas.
Luego de estar otro rato allí sin nada más que hacer, decidí que ya era hora de regresar a casa.