Las malas hierbas

2051 Palabras
Tras el conflictivo parto, Aminta pasó la primera etapa de su dieta durmiendo, porque sus entrañas habían quedado destrozadas, dando vida a su hijo. Tras aquella semana, Aminta se mudó con Eustaquio, al pequeño espacio cedido por los padres de éste, en el que ya habían armado un improvisado techo, y un pequeño patio, para que, una vez creciera, el niño tuviera en donde caminar, al menos. Eustaquio trabajó arduamente, para lograr conseguir las cosas básicas para el bebé como pañales, leche, etcétera; tuvo que viajar a San Vicente, para conseguirlas, ya que en la ruralidad del pueblo, era casi imposible adquirirlas, pero no le importaba, lo hacía con todo su amor, porque era su primogénito, y era varón, además, y se sentía orgulloso; aunque había algo de languidez en la mirada del infante, Eustaquio se esmeraría por entregarle todo su conocimiento del campo, para que en un futuro, fuera un gran hacendado. Aminta por su parte, dependería aún de los conocimientos de las abuelas del bebé, para cuidarlo, prepararlo y protegerlo; necesitaba especial instrucción para la cocción de biberones, el uso de pañales de tela, como tratarlos, como evitar que el niño sufriera de reflujos o resfriados, o como conseguir que el bebé lograra dormir toda la noche de largo. Era demasiado trabajo, y Aminta, en ocasiones se sentía agobiada por tanta responsabilidad; solía recordar que la vida era mucho más sencilla, cuando únicamente, debía ir a la Quebrada a lavar la ropa. Igualmente, debía atender a Eustaquio, quién llegaba por lo general, agotado de las Jornadas labrando la tierra, y cuidando a los animales. Retomar la dinámica de novios que tenían anteriormente, fue cada vez más complicado, primero porque Aminta sintió que quedo estropeada por dentro, tras pasar muchos meses con dolores bajos, y segundo, porque el llanto de Amaranto los despertaba, cada tanto, sobre las tres de la mañana, y así, trasnochados, Aminta y Eustaquio, debían empezar las labores. No obstante, Aminta, se sentía parte “de algo” y sentía que estaba construyendo un hogar para ella, así fuera en ese pequeño trozo de tierra de cinco por cinco; sabía que encontraría el momento para volver a estar con Eustaquio, y retomar aquellas tardes recorriendo sus cuerpos, pero habría que esperar a que Amaranto estuviera más grande, para poder aprovechar las noches. Eustaquio por su parte, y tal como se lo prometió a los padres de Aminta, haría lo que fuera preciso por proveer todo lo que su hogar requiriera y lo que su hijo necesitara. Por otra parte, las familias de Aminta y de Eustaquio, que se encontraban un poco renuentes con lo repentino del compromiso, y la conformación de aquel hogar, decidieron ayudar con lo que pudieran, ya que era evidente el amor entre ellos, y constituía una necedad, insistir con separarlos, mucho más, cuando ya había un niño de por medio: Ambas familias se propusieron a ayudar tanto como pudieran, para que el hogar de la joven pareja, saliera adelante: Al niño le sobraría cuidados, amor, y comida, desde luego. Los primeros años de Amaranto, transcurrieron bajo aquel improvisado techo de palma y una teja de aluminio superpuesta, jugando con las gallinas, y aprendiendo a ordeñar la única vaca que tenían; desde aquel entonces, se podía ver que a pesar de que era un niño algo retraído, era ágil, y le gustaba seguir instrucciones: Hacía lo que sus padres le indicaban, y procuraba causar el menor conflicto posible. Sin embargo, con el correr de los días, Eustaquio notaba, que se hacía cada vez más complicado vender el Cacao y la caña que sembraba en las pequeñas parcelas colonizadas, y que seguramente, tendría que tener un trabajo adicional, para lograr cubrir todos los gastos del hogar; no obstante con su padre, se había hablado de la posibilidad de cultivar cosas distintas: su padre (y ahora, abuelo de Amaranto) había escuchado que en el Putumayo, algunas familias habían empezado a tener pequeños cultivos de marihuana, inicialmente, y que aquel cultivo, representaba una rentabilidad adicional, esto con el permiso, desde luego de las FARC que fueron el grupo insurgente, que acompañó la colonización en los setenta, de los departamentos del Caquetá y Putumayo. Ocurría que desde siempre, los territorios distintos a Antioquia, Cundinamarca, o el Valle del Cauca, eran tratados por el Gobernante de turno como “periferias”, y la presencia del Estado, en aquellos lugares remotos, era nula, casi inexistente. Por ese motivo, los grupos rebeldes, se apropiaron de aquellos terrenos como zonas estratégicas, para la “toma del poder político” a través de las armas, y entraron a formar sus “Gobiernos paralelos” que eran quienes decidían lo que se hacía o no, en aquellos territorios, qué se sembraba, qué tributos había que pagar, y hasta funcionaban con su propio sistema de justicia autónomo, dirimiendo los diferentes pleitos entre los campesinos. La idea de cultivar algo distinto a lo tradicional, era algo que asustaba mucho a Eustaquio, porque para él era bien sabido que el Gobierno nunca estaba para dar solución a problemas de desplazamiento o violencias, pero estaba en primera línea, para criminalizar, perseguir, y hasta asesinar, a todo aquel que se opusiera a la “Guerra contra las Drogas” que venía librando los Estados Unidos, en aquel entonces: -Puede ser riesgoso, papá. Luego tendremos aquí a los perros del Gobierno Nacional, y del Ejército, ejecutándonos, por sembrar “plantas malditas” – Dijo Eustaquio, rascándose la cabeza. -Mijo, es cada vez más complicado sembrar lo que veníamos sembrando: la tierra se encuentra cansada, después de las sequías y los incendios de los años pasados, y cada vez es más difícil vender solo Cacao y Caña; también se complica, el quemar partes de selvas para sembrar pastos para las vacas…De seguir así, vamos a morir de hambre, creo que en este punto, no perderíamos mucho; los milicianos, poco se meten en esta vereda, y sí tenemos un cultivo pequeño, no tendrían porqué notar qué estamos sembrando- Explicó el padre de Eustaquio. -Bueno, también es verdad que tengo un niño pequeño por alimentar, y un hogar qué proveer. Pero…¿A quién le vamos a vender eso? – Preguntó Eustaquio. -Tengo un contacto directo con los “jefes” del Cartel del Valle, que es el que nos queda más próximo; ellos seguro estarían interesados en comprarnos la primera cosecha de marihuana – Comentó el Padre de Eustaquio. -No sé padre, me parece demasiado riesgo: ¿sabe cuánto cuesta la semilla, y cuánta ganancia se le puede sacar? ¿Ha hecho números para eso? – Indagó Eustaquio. -Realmente, no. Pero lo puedo hacer esta semana. Consúltelo con la almohada, y me dice – Comentó el abuelo de Amaranto -Está bien.. Hablaré con Aminta, igualmente, para que me diga, que le parece todo el asunto – Cerró Eustaquio. Esa tarde, Eustaquio recorrió su camino a casa pensativo, y pasó por la Quebrada, en la que todo empezó con Aminta, y donde sembró su semilla, que terminó en lo que era ahora, era su hogar; Fumaba preocupado, porque sabía que lo propuesto por su padre, era una decisión de vida o muerte; de cualquier manera, intuía que probablemente, no solo él y su familia, se verían obligados a cultivar ese tipo de cosas, sino que, eventualmente, la situación se iba a complicar para muchos en la aldea, y se iban a ver forzados, a sembrar marihuana o coca, lo que les resultara más rentable, sí querían sobrevivir. Eustaquio se sentó a mirar, simplemente como corría el agua; se sintió un poco desafortunado, porque su idea para vivir y envejecer, era cultivar la tierra (dentro de lo legal), cuidar sus animales, cuidar a su hijo, y estar tan tranquilo como pudiera; Ciertamente, el departamento al que decidieron emigrar su antepasados, era todo, menos un lugar que garantizara la “tranquilidad”, de hecho ,unos años más tarde, se convertiría en el epicentro, de una lucha sin tregua entre el Gobierno, y la Guerrilla más antigua de América Latina, que dejaría saldos incontables de muertos, y aquellas aguas que veía Eustaquio, convertidas en sangre. Al llegar a su rancho, algo agotado, Eustaquio beso a Aminta en la mejilla, y fue a ver la hechiza cama en la que Amaranto se encontraba durmiendo. Recorría los bordes de la camita, con sus ásperas manos, llenas de callosidades por el uso de los azadones; en aquel momento, él supo que debía tomar una decisión. Aminta que estaba detrás de él, observándolo, lo abrazó por la cintura: -¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás tan cabizbajo? – Indagó Aminta -Estoy viendo que los sembrados de cacao, y de caña, no están siendo suficientes para cubrir todos los gastos de esta casa, ni los del niño. La tierra no está dando de la misma manera, y mi papá me propuso sembrar “otras cosas”, pero temo que sea peor el remedio que la enfermedad – Explicó Eustaquio. -¿Qué te propuso? – Dijo Aminta, arrugando el entrecejo. -Me propuso que sembráramos coca o Marihuana, porque escuchó que en el Putumayo, algunas familias, estaban acudiendo a esto, para ganar algo más…Claro, eso bajo la supervisión de los rebeldes que son los que gobiernan, allá como acá. Tengo miedo, porque sé que eso es algo que va a atraer a los inservibles del Presidente de turno acá, y con ellos al Ejército, y eso seguramente va a terminar en problemas. No sé qué está pagando mi familia, teniendo que huir de un lado a otro, escapando de guerras que otros se inventan – Aseveró Eustaquio. -Bueno, son las circunstancias, lo que nos tocó vivir. No creo que sea tan mala idea probar con esos cultivos, sembrar unas pocas plantas, y ver qué pasa; después de todo, los milicianos, no han llegado hasta acá, mucho menos el Ejército… estamos a una hora de San Vicente, así que creo que poco les importe una aldea llena de colonos pobres, como nosotros – Explicó Aminta. -¿Y sí después, empiezan a perseguirnos como si fuéramos delincuentes? – Dijo Eustaquio, con una gran preocupación en su rostro. -Pues… ¡Corremos! - Dijo Aminta, soltando una sonora carcajada, que provocó que Amaranto se retorciera un poco, en sus sueños. Al día siguiente, Eustaquio visitaría a su padre para preguntar, acerca de los números para invertir en un cultivo así, y en qué escala podrían hacerlo, para que no resultara tan peligroso, y no fueran perseguidos por las autoridades, aún cuando se tratara del Estado o de las FARC. -Se trata de un cultivo que puede cosecharse cuatro veces al año – dijo el padre, mientras le preparaba una silla a Eustaquio y le mostrara todos los cálculos que había hecho a su hijo. -A primera vista, se ve muy fácil, pero ¿Tenemos con qué iniciar el cultivo? – Dijo Eustaquio, algo vacilante -Tengo unos pocos ahorros: Con eso podríamos comprar algunas semillas, y abonos para el terreno – Afirmó el abuelo de Amaranto – Tendremos que viajar a San Vicente para conseguir las semillas, pero lo haré con un conocido, para que no me haga preguntas. -¿Cuándo iríamos? – Indagó Eustaquio -Este fin de semana, aseveró su padre. Era mucho más sencillo confundirse entre la multitud, los días de Mercado, en un pueblo como San Vicente del Caguán; de igual manera, eran muchas las personas que viajaban de Veredas aledañas, para ir a mercar, alimentos, vestuarios, y hasta herramientas, que era imposible encontrar en aquellos sitios tan apartados. Aminta, fue preparando una pequeña maleta de mano, para que Eustaquio viajara con su suegro; en realidad, no se encontraba tan alarmada, por la iniciación del “particular negocio” suponiendo que no cultivarían nada ilícito, a mayor escala, y que eso y los contactos del abuelo de Amaranto, les permitirían manejar “un bajo perfil”, que los mantendría a salvo de las miradas de cualquier Ejército. Tal y como se planeó, Eustaquio y su padre, fueron a San Vicente, aquel fin de semana, y ubicaron al contacto que les vendería las primeras semillas, de marihuana común: les explicó brevemente, cómo cultivar las semillas, los nutrientes que requeriría la tierra para “rehabilitarla” de alguna manera, y algunos consejos, para obtener más rendimiento del cultivo. 
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