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AMARANTO

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Amaranto es un niño, que nace en una zona de conflicto de Colombia, y que se ve obligado a pasar su niñez, en un campo de guerra, sobreviviendo a mil situaciones difíciles, derivadas de aquel contexto.

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Los ojos grises de la Quebrada
Eran las cuatro de la tarde, y todavía llovía. El techo de bareque, crujía cada vez que caía un rayo, sobre la ya endeble estructura de esa humilde casa. Sin embargo, el par de cabras, las gallinas y una vaca que pertenecían a sus padres, se encontraban a salvo, con una teja de aluminio superpuesta, entre cuatro palmas de plátanos, esos mismos en los que a veces solía aparecer serpientes re- verdecidas, que engullían los frutos por madurar. -          ¿Entraste la ropa, Amaranto? – Grita a lo lejos, su madre -          Sí señora, ya entré la ropa, y los animales se encuentran cubiertos – Respondió Amaranto -          Tu padre está por llegar, que no se nos olvide tenerle lista el agua de panela con queso, para que se caliente un poco – Exclamó la madre Amaranto, era un niño de ocho años, de complexión delgada, cuya familia ocupaba aquel selvático terreno, desde hacía más de una década; fue un terreno baldío, por el que sus abuelos, a punta de machete, abrieron camino. El departamento del Caquetá es una provincia, que pertenece a la región de la Amazonía Colombiana: uno de tantos territorios olvidados por la rancia política Bogotana, que da tumultuosos debates en el Capitolio Nacional, sin aportar solución alguna. Los abuelos de Amaranto habían huído en los años setenta, desde el Departamento del Cauca, tras la iniciación del negocio de la coca, y su posterior boom: Iban en busca de una oportunidad, quizá de poderse hacer a un terreno de las miles de hectáreas de terreno fértil del territorio nacional, y allí poder sembrar maíz o caña,  y así poder empezar de nuevo, con una vida más tranquila. En esa misma parcela, que sus abuelos ocuparan de manera ilegal, nació su padre, quién años después conocería a su madre, una hermosa joven que iba a lavar la ropa en la quebrada Riecito, que comunicaba con el municipio de San Vicente del Caguán. Así fue como todo empezó; su madre tenía dieciocho años, cuándo bajaba a la Quebrada, y su padre veintidós. Un día el vió que la batea que lleva en la cabeza, llena de ropa mojada, le ganaba al peso a la delgada joven que apenas y llegaba a pesar cincuenta kilogramos…Él, quien ya llevaba observándola durante días, se ofreció a ayudarle a cargar el pesado traste. En ese momento, empezaron a conversar: -          Vengo de la parcela de un familiar que vive unos metros más arriba; mi padre siembra cacao y fríjol, para intercambiar, cuándo haya cosecha, y también para destinar una parte de la siembra, para la venta en la plaza ¿Y de qué familia viene usted? – Preguntó Aminta, la madre de Amaranto -          Soy de los de apellido Ciro…También mi familia llegó hace algunos años, y colonizó el terreno donde nos encontramos…En verdad, ha sido muy difícil empezar de nuevo: abrir caminos entre trochas, hacer la tierra cultivable, resistir la humedad y los animales del lugar… Todo esto solía ser selva – Replicó Eustaquio, el padre de Amaranto -          Sí, entiendo. Así fue para todos nosotros, pero al menos, hay un terreno que sembrar ahora, y estamos tranquilos, que es lo importante – Exclamó Aminta. -          Es cuestión de acoplarse…Cómo todo en la vida – Replicó Eustaquio. Y así, Eustaquio continuó por muchos días, bajando a la Quebrada, para ayudarle a Aminta (y para verla también). Uno de aquellos días, entre tantas romerías, Eustaquio observó que Amita se le caía una tiranta de su blusa, que dejaba ver el delgado arco entre sus senos, mientras restregaba la ropa, contra las rocas del río…Eustaquio quedó extasiado; nunca había si quiera imaginado como podía llegar a ser la desnudez de una mujer, ni a imaginar cómo podría llegar a sentirse, rozar con sus dedos, aquellas figuras. Desde aquella noche, Eustaquio alucinó con el escote que dejó entrever Aminta. Se preguntaba constantemente, sí lo había hecho a propósito, y si solo fue un descuido. En realidad, no le importaba…antes de dormir, deseaba con locura, poder rozar la piel de Aminta; la deseaba en silencio, quería sentir su olor…su sabor. Uno de aquellos días, en los que Aminta se encontraba restregando la ropa en el río, sutilmente levantó la mirada, y se encontró con Eustaquio mirándola fijamente, como el jaguar mira a su presa, y la rodea lentamente…Aminta se levantó dio la vuelta y él estaba atrás, más cerca que de costumbre; era mucho más alto y corpulento, y podía abarcarla completamente. Aminta se encontraba sin poder respirar, pero en el fondo quería que la sostuviera muy fuerte en sus brazos y apretara su cuerpo contra el de él: Parecía que realmente, le estaba haciendo telepatía, porque acto seguido, la tomo por la cintura, acercó sus labios y pudo por fin sentir lo suave de su lengua, pero lo apretado bajo su abdomen. Desde aquel día los encuentros entre Aminta y Eustaquio, empezaron así una serie de encuentros con besos apretados, y estrujones, pero por alguna razón, ninguno de los dos, se atrevía a ir más allá, básicamente, porque no sabían lo que hacían, y nadie les había explicado. Algo sabía Eustaquio, porque había escuchado a su padre, y en las mañanas, notaba que algo de su cuerpo sobresalía, pero no había deseado nunca a nadie, hasta que viera a Aminta, lavar en el río; Aminta, por su parte, ya era una mujer, y tan solo alguna vez su abuela le había hablado del “uso natural de la mujer” del que hablaba la biblia, pero ella, por desconocimiento, pensaba que se limitaba únicamente, a dar a luz; sin embargo, a Aminta también disfrutaba aquellos húmedos encuentros, sabía que faltaba algo más, y aunque las piedras le tallaran la espalda, y algo más las rodillas…Hasta que un día Eustaquio, cansado de quedar adolorido tras aquellos encuentros, se decidió a adentrarse en Aminta…Era la primera vez para ambos, y lo intentaban hacer sobre las rocas de una quebrada; el dolor los desgarró a ambos, y una lágrima rozó la mejilla de Aminta, que se confundía con el aroma fragoso de aquella selva, que ahora era testigo de esa unión. Tras el dolor primero, los dos se separaron, pero luego, la posterior inercia, los hizo acercar de nuevo, y se hicieron completamente inseparables, sus cuerpos, desnudos ya, y sin el temor de que alguien pudiera verlos, se entrelazaron en un feliz momento. Aminta había notado que sangraba, pero poco lo importaba: Se sentía dichosa, plena, rebosante de placer y quiso quedarse así, enredada en el cuerpo de Eustaquio, durante un largo movimiento; Los mosquitos siempre entrometidos, les molestaban, pero poco les importaba. Quizá Aminta, intentaba recopilar en su mente, lo que le diría a su madre, cuando la viera así, despeinada, y caminando algo extraño. Diría que esta vez rodo, río abajo, por unas rocas que removió sin querer. Eustaquio era el hombre de la casa, era quien sembraba la parcela de su familia, y sí había decidido tener una mujer, era poco lo que su familia le iba a cuestionar, después de todo, ya era un hombre hecho y derecho de veintidós años. Aquella noche, ambos cayeron dormidos, profundos, agotados de amar, en sus esteras, y al día siguiente, y el otro, y el próximo, se seguirían viendo no importaba que, toda la ropa de la casa de Aminta ya estuviera limpia, y que no hubiera más semilla qué sembrar en la parcela de la familia de Eustaquio, la excusa se mantendría, lo que ese placer durara, aunque parecía ser un placer infinito. Pasaron los días, y tras los encuentros continuos, Aminta y Eustaquio, eran inseparables; ya se rumoraba en la plaza que se encontraban juntos, y los comentarios ya habían llegado a las familias respectivas. Ambos eran conscientes de ello, pero el mundo importaba poco, hasta que un día Aminta empezó a sentirse fatigada, y todo lo que comía, incluyendo las moneditas de plátano que preparaban las mujeres de su improvisado rancho, le producían náuseas, y un día el sueño la doblegó tanto, que olvidó ir a la Quebrada a lavar la poca ropa que quedaba sucia, cosa que alarmó bastante, así que, tomo impulso y la fue a buscar a su parcela. A Eustaquio lo recibió el padre y la madre de Aminta, la señora, con cara de pocas pulgas, y el señor con machete al cinto. -          La muchacha, está embarazada, y solo la han visto con usted, entonces, se hace cargo, como los hombres, o yo personalmente, me encargo que no vuelva a ver la luz del día – Amenazó severamente, el padre de Aminta. -          No se preocupe, mi Don, yo a su hija la amo, es mi mujer, y por ella haría lo que sea preciso hacer. Sí tengo que doblarme en jornal, lo hago, pero ni a ella, ni a mi hijo, les hará falta nada, se lo prometo – Aseveró Eustaquio, aún cuándo lo temblaban las piernas. Los días siguientes, Aminta, por primera vez, en su corta edad, no llevaba la batea, con la ropa sucia, por su condición de gravidez. Eustaquio, tuvo que enfrentar a sus padres, aunque realmente, ellos no opusieron resistencia, era el varón de la casa, así que lo más natural, era que encontrara mujer, y que quisiera formar su familia en cualquier momento, como lo mayoría de hombres de aquel entonces. La familia de Eustaquio, decidió armar un cuarto en la parte trasera de la parcela, también con algún espacio para tener unas gallinas, sembrar un par de cosas, y tener algo de privacidad; en ese pequeño espacio, vio por primera vez la luz, Amaranto. Los padres de Aminta, aunque no estaban completamente de acuerdo, en la Unión de hecho entre Aminta y Eustaquio, decidieron, apoyarlos y regalarles unas gallinas, y algunas semillas para que sembraran en el pedazo de parcela, que los familiares de Eustaquio, habían cedido. Las dos familias eran muy humildes, y habían llegado en condición de desplazamiento, pero al niño, no le faltaría ni afecto, ni mucho menos alimento, cuándo había la posibilidad de cosecharlo. Ambas familias se encontraban muy entusiasmadas, con la llegada del pequeño Amaranto; la madre de Aminta, por la forma de su barriga, intuía que con seguridad, se trataba de un niño, y ella, personalmente, se encargaría de su alimentación, a base de potajes de maíz y panela  - Seguro será un muchacho fuerte y alentado – decían en las dos familias. Hacían planes de enseñarle todas las labores del campo, para mostrarle como abrir caminos en la selva, para recolectar frutos, para criar a las bestias, y para sembrar la tierra. Y es que era en aquel entonces era habitual, que entre todos, sembraran y cosecharan los alimentos necesarios para la alimentación de la aldea: pollo, pescado, maíz, zanahorias, tomates, cebollas, guisantes, arroz; los otros alimentos sí era necesario adquirirlos en Florencia, y cada tanto, los llevaba un jeep que viajaba casi cuatro horas por la trocha desde Florencia, hacia San Vicente.   Amaranto, llegaría al mundo en los ochentas, en el momento, en el que la vida rural, iba a ser permeada por temas externos, que cambiaron radicalmente, la vida de todos en aquella aldea y en sus alrededores. Ni en San Vicente, ni mucho menos, en la aldea, habían centros médicos, pero por fortuna, la madre de Aminta, había heredado, el ancestral conocimiento para ser partera, así que sería quién le daría la bienvenida al mundo a Amaranto. Probablemente, para el nacimiento, necesitarían algunas vasijas de barro, y mucha agua caliente, para tener todo muy higienizado, y evitar así, llamar plagas por el aroma de la sangre; sangre que ahora se vertía para dar vida, y que posteriormente sería un río, producto de la crueldad y la miseria humana. Finalmente, llegó el día, en el que Amaranto, empezó a acomodarse lentamente en el abdomen de su madre, y empezaron las contracciones. Aminta no recordaba haber sentido un dolor tan profundo antes; sentía cada ciertos minutos, que iba al otro mundo y volvía…Se estremecía, gritaba de dolor: la madre de Aminta, le pasaba retazos de tela para que mordiera, y de esta manera, el dolor fuera mucho más soportable. Para sus adentros, Aminta se sentía arrepentida producto del fuerte dolor, pero de lo que no se arrepentía, era de haber amado con tal furia a Eustaquio, y de haber recorrido con su boca, cada parte de su rústica figura; ahora llevaba en su vientre a su hijo, pero traerlo a este mundo, sinceramente, la estaba dejando completamente agotada, sentía que iba a morir, y que por un momento, atravesaba por un túnel blanco gigantesco. – Este muchacho tiene que ser alguien muy importante, para que se justifique sentir todo este dolor – Lograba articular Aminta en su pensamiento, que cada vez se acortaba más, a raíz de la agonía del parto. Mientras tanto, en las afueras, en la sala hechiza del rancho de la madre de Aminta, esperaban Eustaquio y sus padres; aguardaban ansiosos el chillido de Amaranto, anunciando su llegada al mundo, como símbolo de una nueva vida, que llegaba a ese terreno, de hecho era una alternativa de vida, que pocos colonos eligieron, pero que asumieron vivir, huyendo de la violencia y de la guerra que aquejaba, al parecer, cada esquina del territorio colombiano. La madre de Eustaquio rezaba sin cesar, con su camándula el Santo Rosario, ya que creía férreamente en la Madre María y en el poder de la oración de una madre… Ni siquiera el Vaticano tenía tanto poder, como cuándo varias madres, se disponían a orar. Por alguna razón sobrenatural, o terrena, que no podían descifrar, Amaranto se estaba demorando demasiado en salir. Aminta ya iba a cumplir más de ocho horas en labor de parto, y apenas lograba dilatar. Su cabello se encontraba completamente empapado de sudor:  era como sí se hubiera sumergido por completo en la Quebrada Riecito, en la que conoció a Eustaquio; por muchas horas, el tiempo se detuvo en su mente, porque en su agonía, sentía que iba de un túnel, al fondo de la Quebrada, y podía sentir como el frío de sus aguas, lograba penetrar, hasta el último de sus huesos, luego su vientre se abría un poco más, y de nuevo, sentía el frío; ya, en este punto, Aminta no sentía ganas ni de gritar, sentía que se iba cada vez más con cada contracción. -          Espero que este muchacho, no me haga sufrir tanto en la vida, como me está haciendo agonizar de dolor, en este momento – Pensaba Aminta, en la poca lucidez, que le quedaba. En cierta ocasión, Aminta escuchó decir a su madre, que en el parto se sabía, si los hijos harían sufrir a una mujer, dependiendo de la intensidad del dolor, o de lo complicado que llegara a ser el parto. Quizá, el difícil nacimiento de Amaranto, fue una señal, o una premonición de lo que iría a suceder en su vida. – Después de todo, ni siquiera amar, es sencillo…Hasta ese placer, qué es el que trae la luz al mundo, conlleva algo de pena – Se decía Aminta a sí misma, para consolarse un poco. La oscuridad, inundaba la densa selva que rodeaba la parcela: El jaguar rugía a lo lejos, y las luciérnagas iluminaban el lugar. Finalmente, y con el último aliento que tuvo Aminta, gritó tan fuerte como pudo, y pujó, hasta que sus entrañas se desgarraron. Amaranto salió como expulsado del vientre de su madre. Rápidamente su abuela lo cubrió con toallas y lo sumergió en la tina de una de las vasijas de barro, que aún conservaba el agua tibia; su abuela lo limpió, le retiró el cordón umbilical, y tras haber calmado su desesperado llanto, pudo ver luz en sus ojos grises. – Te estábamos esperando, seguro nada te hará falta – Le decía al pequeño Amaranto, mientras lo limpiaba de residuos. Eustaquio, derribó la puerta que era una teja, con una atravesaño de madera -          ¡Mi hijo, mi amado hijo! Exclamó Eustaquio, mientras las lágrimas salían a borbotones de sus ojos, por la emoción que lo desbordaba. Eustaquio veía pasar su vida, durante todos esos meses, persiguiendo insistentemente a Aminta; no se arrepentía de nada, y ni siquiera pensaba en su hijo como una consecuencia obvia, de lo que había ocurrido. Pensaba, que su hijo, fue el resultado del amor que unió apasionadamente a dos personas. Luego de Eustaquio, siguieron sus padres, y todos, se encontraban exhaustos, pero dichosos con el acontecimiento; todos querían tener al niño entre sus brazos… De igual forma,  todos pensaban en una vida simple, y de campo para el niño; quizá podrían enseñarle a leer, a sumar y a restar, para que pudiera saber exactamente como optimizar sus cosechas, y como obtener mayor ganancia de su labor en el campo, ya que la escuela más cercana, estaba a una hora de camino; desafortunada, o afortunadamente, el destino de Eustaquio, ya estaba echado, y, aunque continuaría en los campos, sus vocación iba a ser otra completamente distinta, y una que dado el momento, él no iba a poder elegir voluntariamente.   Los asistentes al nacimiento de Amaranto, cayeron agotados, en las improvisadas esteras que los padres de Aminta, habían dispuesto en la sala; se arrullaban con el rugir del puma y de la pantera, que eran felinos con los que los habitantes de aquella aldea, ya convivían. El cuerpo del niño, fue puesto sobre el pecho de su madre, y Amaranto se tranquilizó, porque nuevamente escucho muy de cerca el latido del corazón de su madre, y sentía, que de nuevo estaba tranquilo en su placenta, en ese tibio lugar del que se negaba tozudamente a salir, porque amaba flotar en el cuerpo de su mamá, y amaba cuándo la escuchaba reír a carcajadas; él en su bolsita, (y aunque nadie lo viera), también sonreía. Aminta, quedó destrozada; hacía demasiados esfuerzos para mantenerse despierta y no seguir caminando a través del frío y húmedo túnel, por el que se iba desplazando en su febril labor de parto; No quería si quiera intentar moverse, y sentía que quería dormir al menos una semana de lleno, cosa que ya no iba a poder hacer, porque tenía que alimentar a su hijo, y ver por él; sin embargo, para ella, no revestía sacrificio alguno, porque se sentía capaz de morir y de vivir, por esos ojos grises que logró ver por un breve instante. 

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