Flotillas de gayatas, de esbeltos mástiles que se elevaban al cielo y blancas velas recogidas, se encontraban inmóviles en el centro del río, mientras las barcazas avanzaban con lentitud por sus aguas, con cargas de caña de azúcar, granos, arroz y café. Había anhelado que llegara ese momento, pensó Shikara. Deseaba tanto llegar al Cairo y, sin embargo, ahora sólo podía pensar en el Marqués, y en la forma como la había besado la noche anterior. Se dio cuenta de que ya le pertenecía y de que, sin él, jamás volvería a sentirse completa. Nunca imaginó siquiera que un beso pudiera ser tan maravilloso, tan perfecto, y que sus labios y todos los nervios de su cuerpo pudieran verse arrastrados a una emoción tan indescriptible. Él había provocado en ella una llama que encendía todos sus sentidos.

