CAPÍTULO VIIShikara se encontraba de pie junto a la ventana, mirando hacia el desierto. Jamás pensó que existiera algo tan hermoso como las tres grandes pirámides a la luz de la luna y, un poco hacia la izquierda, la enigmática Esfinge. Ella había soñado contemplar algún día el desierto al lado del Marqués, pero nunca imaginó que vivirían a su vera ni la mágica experiencia que ello representaría. Sobre sus cabezas brillaba el cielo, y a sus pies se extendía el desierto interminable. Se habían casado en la Iglesia contigua a la Embajada Británica y, gracias al Embajador de Inglaterra, habían obtenido prestada esta encantadora villa que se erguía sobre las arenas. Era ya tarde cuando se separaron, la noche anterior. Ella se fue a la cama con el corazón aún palpitante de emoción al record

