Jetzabé
Perro... Es una excelente palabra para definirme en este momento, en mis diecisiete años me he sentido de muchas maneras, pero jamás como un perro... ¿Quién mierda se cree para tratarme de esta forma? Se supone que es mi tío y que ha tomado mi custodia para brindarme una familia, una nueva oportunidad, se supone que peleó por mi tutela porque me quiere, o al menos, desea aprender a quererme. Pero la realidad está muy lejos de eso. Cuando Isaac me mira, solo puedo ver odio, rabia, celos. ¿Qué mierda tenía el juez en la cabeza para darle la custodia de una joven que está próxima a cumplir la mayoría de edad y debe ser reintegrada a la sociedad a un enfermo como este? Mi divagación mental acaba al sentir sus manos posarse con pesadez sobre mis hombros zarandeándome un poco.
—Deja de perder el tiempo y ve a preparar algo de comer, he estado todo el día fuera y muero de hambre. —Entierra sus dedos con furia en mis escuálidos hombros.
—¡Suéltame! —Me zafo de su agarre para escabullirme por su costado y adentrarme en la mugrienta cocina. —Quiero que sepas una cosa tío, —lo señalo con mi índice —no se cocinar absolutamente nada, tampoco soy tu empleada y las cosas al menos pídelas por favor. —No sé cuándo deje de hablar como una mujer civilizada para comenzar a gritar como una demente.
Nunca he sido muy inteligente con mis emociones, no soy de planificar las cosas y tengo la boca algo floja, cosa que me ha causado más de un problema en el pasado. Ahora, siento que he llegado al límite, intento calmarme, actuar con cordura, pero por más que lo intento no puedo. Mi comportamiento solo provoca que Isaac pose su mirada en mí, sus ojos negros reflejan profundo odio. Aprieta sus puños para luego chasquear la lengua, clara señal de molestia. Acabo de meterme en un problema e involuntariamente mis piernas flaquean.
Bastaron tres zancadas de su parte para alcanzarme, su expresión facial es como sacada de una mala película de terror, de esas en que no sabes si reír o huir, donde el presupuesto es tan malo que no alcanza para algo mínimamente digno. Cierro mis ojos apretándolos con fuerza, esperando un golpe de su parte. Para mi fortuna eso no sucedió, pero como la fortuna nunca ha estado del todo de mi parte, no pude librarme de su enojo. Una vez más estaba sosteniendo mi muñeca con desmedida firmeza, siendo mi pobre hueso el que pagaba por los errores de mi floja lengua. Literalmente me lleva a la rastra hasta la mugrienta cocina y empotra mi cuerpo contra la grasienta mesada.
Con su mano libre me sostiene del cabello, el agarre es brusco, en exceso violento e inevitablemente chillo. Atrapada entre su fornido cuerpo y el mueble me siento impotente, no puedo huir y eso me pone demasiado ansiosa. Mueve mi cabeza de un lado al otro, haciéndome ver la mugre y desorden que adornan la cocina. Platos sucios arrumbados por todas partes, restos de comida sobre la mesada, ollas apiladas que desprenden un desagradable hedor. Los azulejos de la pared están machados con restos de comida, grasa y el imperdonable paso del tiempo.
Me gira con brusquedad y para no perder el equilibrio apoyo mis manos sobre la mesada y siento como un pequeño bulto es aplastado con mi palma. Ladeo mi rostro al momento que levanto mi mano, notando como una asquerosa cucaracha ha sido aplastada sobre la mesada y un desagradable líquido viscoso se ha quedado pegado en mi mano como una segunda piel.
Mi rostro se transforma, esbozo una mueca de asco y desesperación que provoca en mi tío una sonora carcajada. Esta situación le resulta en exceso cómica, se nota que lo disfruta y me suelta finalmente para avanzar hasta una silla y dejarse caer en esta mientras ríe desquiciadamente. Desde pequeña he experimentado una inusual fobia hacia la textura de los insectos, el solo tocarlos me provocan ganas de vomitar. Corro hasta el lava platos y abro el surtidor del agua comenzando a lavar mis manos con desesperación, restregando eufóricamente mis palmas con una esponja de cocina. Necesito quitarme esta sensación de suciedad de encima, de lo contrario siento que enloqueceré.
—Limpia todo este desorden y luego calienta las pizzas en el microondas, supongo que al menos sabes hacer eso, ¿verdad? —Arquea una de sus cejas desafiante.
—Esto, esto es tan asqueroso, ¡no me corresponde limpiar toda esta mierda, porque yo no lo he ensuciado! —Grito lo último completamente histérica, importando muy poco la reacción que pueda provocar en él.
—Claro que te corresponde, —se acomoda un mechón de su rebelde cabello tras la oreja. — Debes de retribuir de alguna manera los gastos que tuve que hacer para tenerte conmigo. — Saca una cajetilla de cigarrillos de su bolsillo comenzando a jugar con esta entre sus dedos. —Lo que te estoy pidiendo es lo mínimo que puedes hacer, gasté en gasolina, tiempo y una importante suma de dinero en el juez. Conseguir que salgas del orfanato antes de tiempo es costoso, puede que tengas diecisiete años pero los trámites legales toman su tiempo. —Dijo aquello con burla para luego encender un cigarrillo. —Pareces un puto cristal, te la pasas llorando, todo te lastima y todo te duele. ¡Me cago en ti jodida maricona! —Grita lo último fastidiado.
No tenía sentido discutir con él, sin importar cuantos argumentos pudiese brindarle, él no cambiaría de opinión. Llevamos pocas horas de conocernos y es evidente su terquedad. Resignada, busco entre tanto desorden la esponja para los platos y el detergente, una vez los encuentro comienzo a lavar la vajilla en silencio, mientras hago un esfuerzo colosal para tragar mis lágrimas. Isaac, de fondo tararea una canción la cual por cierto desconozco, aunque he de admitir que el ritmo es contagioso.
Al fin me queda la última olla, solo deseo acabar con esto y poder descansar. Miro de reojos y noto como tira la colilla del cigarrillo al piso para luego aplastarla con su pie. En ese momento, algo explota dentro de mí. ¡Ya no puedo más! No me siento capaz de lidiar con este hombre por diez malditos meses, enjuago mis manos y giro la perilla del surtidor para cortar el agua. Giro rápidamente y avanzo decidida hacía donde él está sentado, sin embargo, a cada paso que doy mi valentía desaparece, Isaac me escudriña con la mirada y de pronto me paralizo frente a él.
—Me largo, —mi voz tiembla al igual que mis piernas, definitivamente soy una cobarde sin remedio. —No podemos seguir de este modo, me haces sentir humillada y todo lo que haces no es correcto. —Mis palabras desbordan inseguridad.
—Adelante, Jetzabé. La puerta es muy ancha y si deseas irte puedes hacerlo, yo no voy a rogar por tu presencia. —Se levanta de la silla para comenzar a rodearme, como un depredador haría con su presa.
Indignada, tomo mi equipaje y decidida me encamino hacia la puerta. Necesito salir de esta casa, siento que me asfixio aquí adentro y no sé cuánto tiempo más resista. No me importa estar en medio del bosque, a kilómetros de la civilización, prefiero mil veces vagar perdida a compartir el mismo espacio con este hombre. Al llegar a la puerta noto que esta está cerrada y una enorme ansiedad se apodera de mí. Histérica comienzo a jalonear la puerta y a dar de patadas, sin embargo, todo es inútil. Observo las ventanas, pero estás tienen barrotes y están selladas por fuera. ¡Definitivamente, estoy atrapada!
— ¡Estoy conmovido, Jetzabé! — Da algunos aplausos en señal de fingida felicidad, —como no has querido abandonar mi casa, entonces deberás de cumplir con la simple tarea que te encomendé. —Da tres zancadas y se detiene al estar a escasos centímetros de mi cuerpo—. Lo mejor para ambos será que no me hagas perder mi escasa paciencia, realmente no te gustará verme enojado, — aparentando simpatía me da dos bofetadas en las mejillas, las cuales aparentan ser en broma, pero, termina usando más fuerza de la debida.
No le respondo, simplemente me limito a obedecer y adentrarme en la cocina. ¿Qué caso tiene llevarle la contraria? Hacer razonar a este sujeto es más difícil que llegar a marte a dedo. Resignada, observo el desorden que aún me espera, trago las ganas de llorar e intento que la frustración no quede atorada en mi garganta.
Termino de lavar esas mugrientas ollas, quedando con mis dedos enrojecidos de tanto restregar para sacar restos de comida que parecían fosilizados. Ordeno todo de manera prolija, barro el piso y limpio los vidrios de la claustrofóbica ventana, tan solo un poco de orden basta para que la cocina se aprecie más limpia y espaciosa. Con rapidez limpio los azulejos y finalmente el piso, ahora solo queda calentar la comida.
Saco las pizzas del congelador y las observo por un momento con asco. ¡Cómo detesto la comida congelada! Sin embargo, estoy que desmayo de hambre y en estos momentos no puedo ser demasiado pretenciosa. Prefiero comer lo que se me dé con la boca cerrada y evitarme otro conflicto. Abro el microondas encontrándome con una macabra escena, decenas de cucarachas pasean descaradamente en su interior, como reflejo, cierro bruscamente la puerta del aparato mientras muerdo con histeria mis uñas.
¡Decisión tomada! Me dejo cegar por mi inmenso odio y asco por tan repugnantes insectos, enciendo el microondas y lo programo para que funcione por cinco minutos. Sin duda un plan perfecto para acabar con esos pequeños enemigos. Me recargo en la mesada, cierro por un instante mis ojos disfrutando del armonioso chicharrero que emite el aparato.
Esbozo una sonrisa macabra, imaginando como esos repulsivos insectos se queman lentamente, de pronto, el pitido del microondas me anuncia que tal masacre ha llegado a su fin.
Entusiasmada, camino hasta el lugar de los hechos y con cierta ansiedad abro el microondas. Grande es mi sorpresa al encontrar a las malditas cucarachas intactas. Un grito de histeria escapa de mis labios y en un arrebato infantil arrojo el microondas al piso. Los pasos apresurados de mi tío me devuelven a la realidad, giro el rostro para enfrentarlo y lo encuentro junto al umbral de la puerta con una expresión desconcertada. Proceso rápidamente que estoy en problemas, él observa la escena y arruga la frente. Histérica, comienzo a reír al verme acorralada y no tener algún argumento válido para defenderme.
—¿Qué es todo este escándalo, Jetzabé? —Hace una mueca de disgusto con los labios mientras mira fijamente el microondas que yace en el piso. —Tienes tres segundos para dar una explicación coherente y convincente.