Jetzabé
—Iba a calentar las pizzas, pero el microondas estaba lleno de asquerosas cucarachas, intenté que se quemaran, pero no funcionó. La verdad es que me sentí frustrada y aventé este aparato al piso. —Mis palabras se atropellan unas con otras, pero, pese a todo, soy sincera.
—¡Oh, que idea más brillante! —Aplaude con fuerza mientras camina en círculos a mí alrededor. Me siento como la presa de un gran depredador y en un momento mis piernas fallan, por lo que debo de recargar mi cuerpo contra la mesada de la cocina. —Tú fobia por los insectos es algo que me tiene sin cuidado, lo que realmente me preocupa es tu inmensa estupidez. —Sus ojos muestran fiereza y una sonrisa retorcida se dibuja en su rostro. De pronto, comienzo a sentirme incómoda al ver como se acerca a mí con escalofriante lentitud.
—Lo siento mucho, tío. —No alcanzo a decir nada más, solo un quejido lastimero escapa de mis labios al sentir su gran mano apretar mi cuello con desmedida violencia.
—¿Qué debería de hacer contigo? —Sin soltar su agarre estrella mi cuerpo contra la pared y mis piernas flaquean por un momento. —Desearía quebrar tu cuello como si fueras una maldita gallina y ver cómo te apagas bajo mi tacto, pero, como no puedo hacer tal cosa, entonces la única alternativa es reeducarte. —Sus ojos negros brillan y destellan odio, odio en su más pura expresión.
En este momento me siento presa del pánico, me retuerzo bajo su agarre e intento liberarme. Todo esfuerzo es inútil, él es más alto que yo por una cabeza y su complexión corporal me duplica. Es una gran masa de fibra y músculos, mientras que yo, solo soy un debilucha chiquilla de diecisiete años que aparenta mucho menos, a medio desarrollar por la pésima alimentación que ha recibido los últimos diez años de su jodida vida.
Deseo gritar por ayuda, a pesar de ser consciente que estamos solos en medio de la nada. Necesito hacer algo, pero él no da tregua. Dejo de pelear, mis brazos caen pesadamente a mis costados y las ganas de toser se vuelven insostenibles. A mi alrededor todo pierde nitidez y poco a poco mi entorno se transforma en una masa gris con puntos de colores. ¿Acaso este es mi fin? Incontables lágrimas ruedan por mis pálidas mejillas mientras siento como la fuerza abandona mi cuerpo.
Al parecer, mi verdugo se apiada, retira su mano de mi cuello y caigo al piso, ya que mis piernas no responden. La tos provoca que mi cuerpo convulsione y a mi alrededor todo gira con una desagradable rapidez, intento despabilarme, pero mis ojos se cierran y de pronto todo es oscuridad. Abro los ojos lentamente y tan simple acción se torna difícil. Mis ojos duelen y escuecen, los siento hinchados y mis parpados se han tornado más pesados de lo que recuerdo.
Estoy sola, todo está oscuro y esto me aterra aún más que el mismo Isaac. Al parecer han pasado horas desde que me desmaye, sigo tirada en el mismo sitio, con el cuerpo entumido y un infernal dolor en mi garganta, paso saliva e inmediatamente me arrepiento de hacerlo, ese simple acto se vuelve un suplicio. Contengo la respiración para evitar toser y con torpeza me levanto del piso, con pasos temblorosos avanzo hasta el viejo sillón dejando caer pesadamente mi cuerpo. Estoy cansada, hambrienta y adolorida, por lo que ya no importa cuán sucio y viejo sea el sillón. Cualquier lugar es mejor que el sucio piso de azulejos negros que conforman las instalaciones de la cabaña.
Resignado a mi nueva vida me acomodo en la que ahora será mi cama. El polvo se cuela por mis fosas nasales, provocando que estornude y me retuerza por el dolor en mi garganta. Después de la brusquedad que aplicó en el agarre, la zona quedó bastante resentida. Observo a mí alrededor, todo es tan sombrío, con un toque tenebroso que me pone nerviosa, este sitio se siente tan ajeno, tan fuera de contexto, sin duda, el peor sitio en el que he estado. Sin embargo, ¿existe un sitio al que pueda denominar hogar? No, definitivamente no. Un huérfano no tiene hogar, porque un hogar no es una infraestructura acogedora, el hogar se conforma por una familia y eso es algo de lo que he carecido por demasiados años y así ha sido casi toda mi vida.
Estoy cansado, intento cerrar los ojos y dormir un poco más, pero afuera el viento sopla con fuerza y el sonido que provocan las ramas de los árboles al chocar contra la cabaña me asusta. Las sombras amorfas que se dibujan en el techo comienzan a tomar formas extrañas, o simplemente es mi retorcida imaginación, que intenta encontrar monstruos cuando en realidad convive con uno de carne y hueso. Extiendo mi mano con pesadez logrando alcanzar mi equipaje atrayéndolo junto a mí, sacando de dentro una vieja fotografía.
Me quedo observando la imagen, mis ojos se humedecen al visualizar a papá y mamá, ellos se encuentran abrazados, luciendo una gran sonrisa, sus ojos brillantes y llenos de esperanza. Si ellos aún vivieran mi vida sería totalmente diferente, yo sería alguien diferente... ¿Por qué tuvieron que morir? Es algo que me he preguntado durante toda mi vida.
Sin lugar a dudas la vida se ensaña más con unos que con otros, al parecer el destino también tiene favoritismos, y, una vez más, no soy la favorita de nadie. Me aferro a la imagen de mis padres para luego cerrar mis ojos, de esa manera ciento que están a mi lado, al igual que mi abuela, a quién siempre he sentido a mi lado acompañándome. En este momento los necesito, necesito creer que me acompañan, de lo contrario me volveré completamente loca. Solo serán diez meses, lo que se tornaran un completo infierno junto a Isaac Bauer.