Isaac
Estuve tan cerca de acabar con todo, tan cerca de estrangular a esa chiquilla que es el vil recuerdo de la existencia de Sebastián, su padre. Necesitaba sentir su frágil cuello entre mis dedos y apretar con todas las fuerzas que poseo, apretar y disfrutar de la vulnerabilidad que me ofrece tan placentera situación. Por momentos no lograba ver a Jetzabé, solo veía el rostro del bastardo que arruinó mi vida. Era como si la vida me premiara, entregándome una segunda oportunidad para ejecutar tan dulce venganza.
De pronto, me perdí en sus ojos, en la negrura de estos, en la desmedida dulzura que estos reflejan. Fue en ese preciso momento en que me retracte, ella es Jetzabé, alguien completamente ajena a todo lo que su padre hizo en el pasado.
Debatiendo con mis demonios, llegué a la triste conclusión de dejarla en paz, Jetzabé era inocente, ni siquiera era consciente de la clase de monstruo con el que estaba viviendo, ni mucho menos, la clase de monstruo que alguna vez fue su padre. No importa cuantas veces le arrebatase la vida a Sebastián, jamás me sentiría conforme, porque ninguna de mis acciones me devolvería el amor de Isabella.
Sumido en mis turbulentos pensamientos no me percato que una vez más he venido a parar a mi santuario personal, la casa de Isabella. Me estaciono a unos metros de distancia, apago el motor y bajo del vehículo. Necesito verla, aunque sea un solo instante y desde lejos, necesito saber que está bien, que su vida sin mí es mucho mejor que la mía sin ella. Desde donde me encuentro se puede ver claramente la sala de su casa y como discuten enérgicamente ella y el insípido de su esposo.
Dejo escapar un suspiro cansado, me cuesta creer que ahora somos como dos extraños, que todo ese amor que nos juramos quedó en el pasado. Me atrevo a afirmar que mi amor sigue intacto, es más, la amo aún más que antes, sin embargo, el amor de ella se diluyo entre mis dedos.
Una sonrisa amarga se plasma en mi rostro, recargo mi espalda contra el tronco de un árbol ya que mis piernas flaquean. Verla después de tantos años drena mi energía, algo se revuelve dentro de mí y duele en el centro de mi pecho. Es inevitable no revivir los recuerdos de aquella época, esa época donde aparentemente éramos inmensamente felices, pero todo se derrumbó...
Dieciséis años atrás…
Ansioso camino de un extremo al otro dentro de la habitación, a mi alrededor todo se encuentra en penumbras mientras que mis nervios me superan. Isabella, no ha regresado del instituto y por más que la he llamado su teléfono marca apagado. Ya es casi media noche y jamás antes había presentado tal conducta. Algo anda mal, necesito descubrir donde y con quién está.
Que nuestro padre haya fallecido no le da el derecho de hacer lo que se le venga en ganas, solo es una chiquilla de dieciséis años y mi padre me encomendó el cuidarla con mi vida si era preciso. El solo pensar que puede estar con alguien me enloquece, pensar si quiera que alguien más pueda estar tocando lo que es mío me enferma. Son tal mis celos que siento mi cuerpo ebullir de la ira que siento. Isabella, es mía, por ley divina me pertenece, juramos amarnos hasta el último día de nuestras vidas, sin embargo, ahora no está a mi lado.
El sonido de un motor logra sacarme de mi trance temporal, de dos zancadas me acerco a la ventana y veo como un automóvil de color blanco aparca junto a la casa. De su interior baja un hombre, es alto, de complexión fibrosa, cabello oscuro y algo alborotado con rebeldes ondas. Desde esta distancia no logro ver sus facciones, afuera esta oscuro y no se aprecian, lo que puedo deducir es que es mayor que mi hermana. El hombre apresurado abre la puerta del copiloto, de donde sale su acompañante, quien no era nadie más que mi hermana Isabella.
¿Quién demonios es ese sujeto? ¿Dónde pudo conocerlo? Es bastante mayor, mi hermana solo es una cría con aires de mujer, sin embargo, sigue siendo menor. Me quedo congelado en mi sitio al ver como ese hombre estampa el cuerpo de Isabella contra el automóvil y le devora la boca en un beso, beso que ella corresponde con la misma intensidad. Siento mi cuerpo temblar, por lo que debo sostenerme del marco de la ventana, mis ojos escuecen y mi pecho duele, duele como jamás antes a dolido. Estoy perdiendo a Isabella, estoy presenciando como arrebatan mi tesoro más preciado y no puedo hacer nada para evitarlo.
He comenzado a llorar y me siento impotente frente a tal escena. Ellos se separan, pero Isabella le rodea el cuello con sus brazos para volver a besarlo con mayor intensidad. Entre besos ríen y juguetean y su risa taladra mis tímpanos, mientras que sus acciones taladran mi corazón. Me siento herido, roto y como un objeto viejo el cual ha perdido el valor, necesito hacer algo, no puedo perderla, ella no puede dejar de amarme, no después de todo lo que he hecho por ella. Simplemente la idea de que sea feliz con alguien más no es factible. Ese hombre debe desaparecer de nuestras vidas y cuanto antes mejor.
Abandono rápidamente la habitación, no puedo seguir presenciando tal escena, de lo contrario perderé la poca cordura que me queda. Me encamino a la sala y me acomodó en el sillón, tomo uno de los libros de Isabella y finjo leer cuando ella se digna a entrar por la puerta. Al verme, se pone nerviosa y carraspea algo incómoda. Se queda ahí de pie, sin articular palabra y el ambiente entre ambos se vuelve tenso e incómodo. De pronto, se encarga de derribar todas mis barreras con una infantil sonrisa y mi dependencia hacía ella me vuelve patéticamente débil.
—Lamento mucho llegar tan tarde, quise avisarte, pero mi teléfono quedó sin batería, — rompe de pronto el silencio. — Estaba en casa de Luis, ya sabés, el profesor de historia nos agobia con tantas tareas. —Desvía su mirada a un costado evadiendo la mía.
—No es necesario que te disculpes, Isabella, —hago un esfuerzo abismal por mostrar desinterés, —basta con que busques la manera de avisar, es casi media noche y pensé que te había pasado algo. —Clavo mi mirada en ella, analizando cada expresión de su hermoso rostro notando un ápice de culpabilidad en el, o quizás me engaño a mí mismo creyendo esto. Es más fácil de digerir si veo culpabilidad por parte de Isabella.
—Para la próxima vez avisaré, Isaac, —se acerca lentamente hasta estar frente a mí y juguetonamente golpea mis pies con el suyo para luego sonreír. — Realmente mi intención no fue preocuparte, solo que las horas se nos pasaron volando.
—Me imagino que sí, supongo que estaban muy ocupados con tanta tarea. —Por un instante mi voz se quiebra, pero rápidamente recupero la compostura, ella no puede notar que he llorado ni mucho menos que he descubierto sus mentiras.
—De hecho, si, no tuve tiempo de nada y la hora se nos pasó volando. —Una sonrisa boba se instala en su rostro, ese simple gesto basta para quemarme por dentro. Me está lastimando y ni siquiera es consciente de ello, es tan feliz junto a su amante que no tiene tiempo para pensar en este idiota que la ama con locura.
Jamás pensé que el amor pudiese doler tanto, ni mucho menos creí que nuestro cuento de hadas llegaría a su fin. Siempre fui consciente que está relación estaba mal, una relación incestuosa con mi propia hermana menor no era correcta, sin embargo, está relación fue nuestro salvavidas en un día a día lleno de dolor y sufrimiento. En medio de la tormenta me aferré a ella y ella se aferró a mí, no sé en qué momento mi amor dejó de ser suficiente, no sé en qué momento el amor empezó a escasear y necesitó de alguien más.