Isaac.
Sin esperar a que le responda sale de la casa, me quedo sentado en medio de la cocina completamente solo y con el alma desecha. Ahogo un suspiro de frustración, no me queda más que recoger los fragmentos de mi roto corazón. Dejo pasar alrededor de unas dos horas, mil ideas cruzan por mi mente y a la vez ninguna termina de convencerme. Fuera de sí, me encamino al despacho que alguna vez fue de mi padre y del cajón de su escritorio extraigo la pistola que él utilizaba para corregir errores. Guardo el alma entre mi pantalón y abdomen bajo, tomo las llaves del auto y salgo de casa.
En el trayecto me encuentro con demasiada congestión vehicular, sin embargo, no me encuentro alterado, extrañamente me siento calmado, como quién sabe de ante mano que le depara el destino y espera pacientemente que todo acontezca. Pasados unos cuarenta y cinco minutos llego a la dirección señalada, busco donde estacionar, decidiendo hacerlo en la parte trasera del edificio. No quiero que, por esas malas casualidades de la vida, Isabella se asome a la ventana y reconozca el automóvil.
El día en que asumí estos descabellados sentimientos hacía mi hermana menor, supe, que nada bueno nos traería en el futuro. Tan solo teníamos ocho y seis años cuando comenzaron a surgir emociones que no eran las más adecuadas para un par de hermanos. Recuerdo claramente aquellas cómplices miradas y sonrisas furtivas que nos provocaban una extraña sensación en nuestro vientre. Con el tiempo, crecimos, al igual que nuestros prohibidos sentimientos, o eso creía hasta ayer, donde descubrí que este amor es unilateral.
Los desenlaces del destino son bastante irónicos, solo basta ver como terminaremos nosotros. Ella, con su amante, mientras que yo, a punto de cometer una locura. Bajo del automóvil y me encamino hacia la entrada del viejo edificio, la fachada del exterior es vieja, pero de algún modo le da un toque bohemio. Me adentro en el edificio, para mi buena suerte no cuenta con conserje, por lo que nadie podrá detenerme. Subo las escaleras rápidamente hasta llegar al cuarto piso y es ahí donde me detengo de golpe, estoy frente a su puerta y realmente no estoy seguro de lo que voy a hacer o cómo demonios lo voy a hacer.
Inhalo y exhalo un par de veces tratando de calmar mi pulso, pero dada las circunstancias me resulta imposible. El estrés se expande por mi sistema y en cuestión de segundos me ha invadido completamente. Ha llegado el momento decisivo, es él o yo, cualquier otra opción es invalida. Ya decidido golpeo la puerta de manera insistente y espero pacientemente a que alguno abra la puerta. De pronto, él abre y nos quedamos mirando por un par de segundos. Es la primera y última vez que tendré a mi enemigo frente a mí, por lo que lo recorro de pies a cabeza con la mirada y al finalizar mi escáner visual dejó escapar una amarga risa.
—¿Sí? —Enarca una de sus cejas mostrando una actitud por demás arrogante.
—Busco a Sebastián Weber. —Mi voz es apenas audible, mi cuerpo tiembla en ansiedad y mantengo mi mirada fija en el piso.
—Soy yo, ¿necesitas algo? —Cambia su semblante por uno confuso.
Es todo lo que necesito saber, alzo la mirada y la fijo en él, en su rostro de niño bonito el cual pronto quedará estropeado. Deseo gritar, gritarle a la cara que me ha robado lo que más amo en esta vida, decirle que me ha roto en miles de pedazos por que se atrevió a dejarme sin nada. Un sentimiento de furia se aloja en cada centímetro de mi cuerpo y sin contenerme estrello mi puño contra su precioso rostro. Él se tambalea hacía el interior del departamento, aprovecho la oportunidad y entro rápidamente cerrando la puerta tras de mí.
— ¡Isabella! —Grito fuera de si. — ¡Isabella, ven a ver el espectáculo! —Sin darle tiempo a reaccionar le doy otro puñetazo, con el cual, le rompo la nariz.
—Isaac, ¿Qué haces aquí? —La voz de mi hermana tiembla, está a medio vestir parada junto a la ventana, su cuerpo rígido y rostro pálido denotan su miedo. Puedo ver en su cuello algunas marcas que el bastardo de Sebastián ha dejado y eso me ciega completamente.
Me basto con verla en esas fachas para sentir que mi furia absorbía cualquier destello de cordura, me acomodo sobre el regazo de Sebastián y comienzo a golpear su rostro sin piedad. Pierdo la cuenta de los golpes que le he dado, mis nudillos duelen y su sangre pestilente ha empapado mis manos. Los gritos de súplica de mi hermana se escuchan de fondo y en vez de detenerme me alientan a seguir, son sus suplicas una inyección de adrenalina para mi ira y dolor. Sebastián ya no forcejea, es una presa demasiado fácil y eso me enferma.
—Por favor Isaac, —se limpia la nariz con el dorso de su mano. —¡Ya para, hazlo por mí! —En ese momento me detengo y clavo mi mirada en ella.
—¿Por qué, Isabella? —Observo mis puños, los cuales están cubiertos con la sangre de ese hombre. —¿Te das cuenta lo que me has hecho hacer? Nunca debiste jugar conmigo de este modo, todo lo que hago es por ti, por hacerte feliz y tú, solo me lastimas. —Fijo mi mirada en el casi irreconocible rostro de Sebastián, —dame una sola razón para detenerme.
—¡Por qué lo amo, Isaac! ¡Amo a Sebastián, como jamás amé a nadie! Tienes que entenderme y olvidar lo nuestro, somos hermanos, esto es aberrante, ¿acaso no puedes darte cuenta? —Intenta acercarse a mí, pero se detiene al ver que saco la pistola de entremedio de mi ropa.
—Entonces será una pena este triste desenlace. —Sin titubear apunto con mi arma directo al rostro del hombre, de reojos miro a Isabella, notando como esta cubre sus ojos con su antebrazo. — Pasarás a una mejor vida Sebastián, — jalo el gatillo, no una, si no, todas las veces que son necesarias para agotar hasta la última bala.