Emil conducía bien aprisa, las llantas chirriaban, Aurora estaba mareada, tenía miedo de que chocaran, podía ver los ojos azules de Emil, furiosos, rezó en silencio segura de que su final estaba cerca. Un hombre perdonaba muchas cosas, pero Aurora no creía que él perdonara algo así. Se mantuvo en silencio por el resto del camino. Llegaron a la hacienda. Emil la bajó del auto de forma salvaje, tomó su brazo, porque temía que se fuera a echar a correr, Aurora lo pensó, pero no iba a hacerlo, sabía que en cualquier momento la atraparía o sería devorada por un animal más salvaje que Emil Villar. Entraron a la casa, Emil no soltó a su mujer —¡Vengan todos aquí! —exclamó en un grito. Pronto, Nora, Pearl, Lucrecia, el jardinero y el mayordomo llegaron al salón —Díganos, mi señor. —Esta noch

