La revelación del Espejo de Verdad había sido un puto terremoto para la manada. La Nada. No una bestia con colmillos o un hechicero oscuro, sino la puta ausencia de todo, la antítesis de la existencia misma. La idea era jodidamente aterradora y, a la vez, extrañamente liberadora. Ya no se trataba de una guerra de garras y magia contra una entidad definida, sino de una batalla constante por mantener la luz, la vida, la puta esencia de lo que eran. La unidad, la esperanza, la creación… esas eran sus putas armas. El regreso al Bosque Susurrante no fue un final, sino un jodido nuevo comienzo. La manada, galvanizada por la verdad que Amarok, Luna de Plata, Kael y Seraphina habían traído, aullaba con una determinación renovada. La paz de Luna de Plata no era la ausencia de miedo, sino la acept

