Cuando llegó a la entrada del Valle de los Ecos Perdidos, la fisura en la tierra parecía menos intimidante. El aire seguía siendo pesado, cargado de una quietud sobrenatural, pero Luna de Plata ya no se sentía abrumada. Entró en la garganta profunda y oscura, la luz de su propio pelaje plateado la única guía en la penumbra. El Velo de la Percepción, la caverna donde las ilusiones se arremolinaban, no presentó ningún problema esta vez. Las formas oscuras intentaron manifestarse, susurrándole promesas de poder y dominio, o el miedo a su propia oscuridad. Pero Luna de Plata las ignoró, su mirada fija en el pasadizo más allá. "Ya pasé por esta mierda", gruñó, y las ilusiones se disiparon antes de tomar forma completa. Su aceptación de su propia sombra, su decisión consciente de elegir la luz,

