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Un año casada con el vampiro

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Descripción

Valeria Ríos arregla relojes antiguos en un taller del Centro Histórico y lleva años sacando a su hermano de un lío tras otro. Hasta que Nico le roba un reloj de bolsillo al hombre equivocado.Adrián Castell no es un millonario cualquiera. Es la cabeza de la Casa Castell, el clan de vampiros que controla media Ciudad de México sin que nadie lo sepa. Y no piensa perdonar el robo.A menos que Valeria le dé algo a cambio: un año como su esposa.La ley de los clanes es clara. Sin una esposa humana, viva y unida por contrato de sangre, Adrián pierde su asiento en el Consejo. Las reglas también lo son: habitaciones separadas, nada de mordiscos, sonreír en público y, sobre todo, no enamorarse.Valeria firma para salvar a su hermano.Lo que nadie le dijo es que ninguna de las esposas anteriores de un Castell sobrevivió a su año.Y que Adrián, un hombre que lleva dos siglos sin sentir nada, empieza a sentirlo todo cuando ella está cerca.

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Capítulo 1: El umbral
A las tres y siete de la madrugada alguien llamó a la puerta del taller, y Nico se metió debajo del mostrador como si todavía tuviera nueve años. Valeria no soltó la pinza. Tenía el volante de un reloj de mesa suspendido a dos milímetros de su eje, y si se movía ahora iba a perder veinte minutos de trabajo. —No abras —susurró Nico desde el suelo. —No pensaba. —Bajó el volante. Encajó. Hasta entonces no dejó la pinza sobre el paño—. ¿A quién le debes esta vez? Nico no contestó. En el idioma de su hermano, eso significaba que la cifra tenía muchos ceros. Volvieron a llamar. Tres golpes, espaciados con una exactitud que a Valeria le pareció casi insultante. A esa hora los borrachos aporrean y los vecinos mandan mensajes. Aquello era otra cosa. Era alguien que tenía todo el tiempo del mundo. Nico sacó una mano de debajo del mostrador. En la palma traía un reloj de bolsillo. Valeria supo lo que era antes de tocarlo. Oro de verdad, no chapa. La tapa, grabada a mano, llevaba una C enredada entre hojas de acanto. Finales del XVIII, quizá principios del XIX. Lo tomó y le pesó en la mano más de lo que debía. Un reloj así no pesa tanto a menos que lleve algo dentro. —Nico. —Lo gané. —Se levantó sacudiéndose las rodillas, con la sonrisa que lo había sacado de tres expulsiones y de un compromiso en Toluca—. En una partida, legal. Nomás necesito que lo limpies para mañana en la mañana. Me dan lo suficiente para pagar todo, Vale. Todo. Y ya me calmo, te lo juro. —Me juraste lo mismo en marzo. —En marzo era distinto. —En marzo era una moto. Tres golpes más. Y luego una voz, baja, que atravesó la madera como si la puerta no existiera. —Señorita Ríos. Sé que está despierta. Tiene encendida la lámpara de la mesa de trabajo desde las once. Nico volvió al suelo. Valeria miró el reloj de pared de su padre, el grande, el que no había dejado de andar ni un solo día desde 1987. Las tres y ocho. Se guardó el reloj de oro en el bolsillo del delantal y fue hacia la puerta. La entrada del taller tenía un vidrio con reja de hierro por fuera. Afuera llovía con esa lluvia fina de septiembre que en el Centro no termina nunca de caer ni de irse. Bajo la farola había un hombre de traje oscuro, sin paraguas. El agua le bajaba por la frente, por el cuello de la camisa, y él la dejaba bajar como si fuera un problema de otros. No parpadeaba. Valeria se quedó con la mano en el cerrojo. En el vidrio veía su propio reflejo: el pelo recogido con un lápiz, el delantal manchado de aceite, la lámpara encendida a su espalda. El hombre estaba más cerca del vidrio que ella. Y en el vidrio no había nadie más. Tic. Tac. El reloj de su padre, detrás. —Tiene algo que me pertenece —dijo él. —Tengo muchas cosas que pertenecen a otros. Es un taller. —Le salió más rápido de lo que quería; siempre le pasaba—. Si trae su comprobante, con gusto le busco su pieza. Si no trae comprobante, abrimos a las diez. Si viene a asaltarme, le aviso que lo más caro que tengo es un despertador suizo con la cuerda rota, y créame que no vale la pena. —Un reloj de bolsillo. Oro. Una C en la tapa. —No levantó la voz. No lo necesitaba—. Su hermano lo sacó de mi estudio hace cuarenta minutos. Valeria sintió el peso del reloj contra la cadera. —¿Y usted cómo sabe dónde vivo? —Su padre arreglaba mis relojes. —Hizo una pausa, como si buscara la fecha exacta en un cajón muy hondo—. Durante once años. Tampoco me invitó nunca a pasar. Algo en esa última frase no encajaba. Valeria llevaba desde los catorce años escuchando cuando algo no encajaba: un engrane con un diente de menos, un muelle vencido que suena distinto. Aquella frase sonaba así. —La puerta no tiene llave —dijo—. Solo la cadena. Si quisiera entrar, ya habría entrado. —No me ha invitado. Lo dijo sin intención de asustarla. Lo dijo como quien explica que no se puede cruzar un río sin puente. Valeria abrió la puerta los diez centímetros que daba la cadena, y el aire de afuera entró húmedo, con olor a asfalto y a los tamales de la esquina, ya cerrados. Él no se movió. —Le devuelvo su reloj —dijo ella—. Usted se va. Mañana, si quiere, le cobro la limpieza, porque la necesita. El cristal tiene una fisura de lado a lado. Sacó el reloj del delantal y lo pasó por la r*****a. Él lo tomó. Sus dedos rozaron los de ella un instante. No estaban fríos como una mano mojada. Estaban fríos como el mármol del mostrador a las seis de la mañana, cuando todavía no ha salido el sol. —Gracias —dijo él, y se guardó el reloj sin mirarlo—. Ahora, su hermano. —Ya tiene su reloj. —El reloj era mío. La ofensa también. —Por primera vez la miró de frente. Tenía los ojos oscuros y muy quietos—. En mi familia, quien le roba a la cabeza de una Casa paga con sangre. —¿En su familia viven en el siglo diecisiete? —En el diecinueve, sobre todo. No sonreía. Valeria esperó a que sonriera. No lo hizo. Detrás de ella, la puerta del patio chirrió. Valeria conocía ese chirrido como había conocido la tos de su madre en los últimos meses. La bisagra de abajo, la que llevaba dos años prometiéndose aceitar. Se dio la vuelta. El mostrador estaba vacío. La puerta del fondo, entreabierta, dejaba entrar la lluvia sobre las cajas de repuestos. —Nico —dijo, y luego más fuerte—: ¡Nico! Atravesó el taller, tiró una lata de tornillos con la cadera, salió al callejón. Agua hasta los tobillos, basura mojada, la pared del edificio de al lado con su grafiti de siempre. Al fondo, donde el callejón desembocaba en la calle, vio unas luces traseras rojas doblar la esquina. Una camioneta negra, grande, sin prisa. En el suelo, a la mitad del callejón, había un tenis blanco. El de Nico. El izquierdo, el que siempre llevaba desatado. —¡Vale! —oyó, o creyó oír, a lo lejos. Luego, nada. La lluvia y el motor de un camión de la basura a tres calles. Valeria volvió al taller empapada. No cerró la puerta del patio. Cruzó hasta la entrada con el tenis en la mano y el agua chorreándole del delantal al piso que había trapeado a las nueve. Él seguía allí, bajo la farola, exactamente en el mismo sitio. —Mis hombres son humanos —dijo, antes de que ella preguntara—. Ellos pueden entrar donde quieran. Valeria dejó el tenis sobre el mostrador. Lo acomodó, sin saber por qué, con la punta hacia la puerta, como si Nico fuera a volver por él. —¿Adónde se lo llevan? —A mi casa. —¿Y qué le van a hacer? —Todavía nada. Ese "todavía" se quedó flotando en el taller, entre los relojes. Valeria se dio cuenta de que estaba contando. Uno, dos, tres. Lo hacía desde niña, cuando algo se le salía de las manos: contar segundos hasta que el mundo volviera a tener un orden. Llegó a once. —¿Cuánto? —dijo. —No es dinero. —Todo es dinero. Nada más hay que encontrar la cifra. —Eso lo dice alguien que no ha vivido lo suficiente. —Pues entonces dígame usted qué quiere, porque yo no tengo toda la noche. —Otra vez rápido, otra vez demasiado—. Tengo este taller, que está hipotecado. Tengo mis manos, que son buenas. Le arreglo todos los relojes de su casa, gratis, el resto de mi vida. Le hago los que quiera, desde cero. Tengo la herramienta de mi papá, tengo… —Señorita Ríos. Ella se calló. Él dio un paso. Uno solo, hasta quedar justo en el borde del umbral, con la punta de los zapatos a un centímetro de la línea de metal donde terminaba la calle y empezaba su casa. No la cruzó. La lluvia le seguía cayendo encima y él seguía sin parpadear, y en el vidrio de la puerta seguía estando solo el reflejo de ella. La miró como Valeria miraba una pieza antes de decidir si tenía arreglo. —Hay una forma de que su hermano viva —dijo. —¿Cuál? El reloj de su padre marcó las tres y veinte. Un clic apenas, el minutero avanzando. —Cásese conmigo.

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