-Señorito, por favor, tome atención.
Raen espabiló mientras la profesora estaba frente a él, mirándolo de forma severa.
Ambo se encontraban en una habitación del Palacio especialmente ambientada como salón de clases para el príncipe.
Había un pizarrón, un escritorio, varios mapas en las paredes y libros en los estantes. También una figura del funcionamiento del cuerpo humano, una tabla periódica y una maqueta del ADN.
Pero ni con todo ese estímulo, ni siquiera con su maestra particular, Raen podía concentrarse del todo en su clase, ya que seguía repasando el concierto de la noche anterior en la que, por lo demás se había dormido de madrugada.
Aún así, puso su mayor empeño, anotando fechas e hitos históricos, nombres antiguos y otros datos que, en ese momento, le parecían sin importancia.
Luego de unas tres horas, por fin tuvo tiempo libre, antes de su siguiente clase.
Entonces, aprovechó de ir a la cocina, lugar que nunca antes le había dado curiosidad visitar.
Cuando abrió la puerta, las siete personas que se encontraban dentro, dejaron lo que estaban haciendo y se pusieron muy derechos.
En algún lugar, había un tocadiscos que inundaba el lugar con una melodía de alegre música clásica.
-Príncipe, qué se le ofrece -dijo uno de los trabajadores, que aparentemente era el chef, jefe de todos.
-Oh, no... yo...
Raen no supo que decir, y más fue su incomodidad al no encontrar al chico de cabellera roja que espeaba ver.
-¿Hubo algún problema con el desayuno? ¿Quiere alguna petición especial para el almuerzo? -preguntó otra cocinera.
-No, no. Estaba todo muy rico, como siempre. Ehm. Nunca había tenido la oportunidad, así que les vengo a agradecer cada uno de sus platos. Siempre son deliciosos. Muchas gracias -dijo el chico finalmente.
El resto de la gente se quedó perpleja y, sin decir otra palabra, Raen se fue, cerrando la puerta tras de sí.
Sintió que sus mejillas se sonrojaban.
Qué idiota, pensó. Cómo no se le había ocurrido algún plan. Es más, si hubiera encontrado a Aidan, ¿qué le iba a decir? Debía dejar de seguir sus impulsos.
Volvió a sus clases y no tuvo más contratiempos hasta la hora de la cena, donde vio al pelirrojo sirviéndole nuevamente.
Aunque en esta oportunidad no estuviera el rey, tampoco podía hablar libremente con el otro chico, así que, con toda la naturalidad del mundo, lo llamó como si no lo conociera.
-Disculpa, en una media hora estaré en la sala de música, ¿podrías llevarme una jarra con agua?
-Claro, príncipe -respondió Aidan con expresión neutra, pero entendiendo el mensaje oculto.
A la hora acordada, Raen se encontraba tocando el piano, una melodía que estaba inventando en el momento, cuando el pelirrojo entró con una bandeja que tenía una jarra y un vaso.
-Sus deseos son órdenes, majestad -bromeó, exagerando una venia.
Raen se rió bajito y dejó de tocar.
-Me contaron que fuiste a la cocina, ¿me buscabas a mí? -preguntó Aidan con una pizca de coquetería.
El príncipe negó con la cabeza, aunque sabía, en el fondo, que eso era lo que había pasado... pero no tenía intención de decirlo.
-No, solo quería conocer la cocina. Nunca había ido y no conocía a los cocineros ni a nadie. Me siento un poco mal ahora que lo digo en voz alta- explicó el pelinegro.
-Kiran siempre venía a la cocina. Así fue como lo conocí hace años, yo debo haber tenido unos siete u ocho.
-¿Desde cuándo que trabajas aquí? - preguntó Raen alarmado, lo que provocó una risotada en el otro chico.
-No era yo el que trabajaba -respondió cuando pudo dejar de reír- es mi mamá. Es la chef, debiste verla hoy. Tiene el pelo rubio oscuro hasta los hombros.
-Oh, no lo sabía -replicó el príncipe sonrojándose por su tonta idea de la explotación infantil, así que decidió volver al tema anterior- ¿y qué te parecía mi hermano?
-Genial -Aidan ni siquiera lo tuvo que pensar. Siempre admiró a Kiran- me gustaba que viniera a vernos, que saliera a la ciudad, que conociera a la gente de verdad.
Raen asintió con la cabeza. Sí, su hermano era genial, era cercano, era bueno, era perfecto para suceder al trono. Recordar a su hermano y el peso que ahora cargaba en sus propios hombros lo entristeció.
-Tú eres muy diferente -continuó Aidan- tu hermano era extrovertido, siempre estaba con una sonrisa en la cara, conversaba con todos. A ti tuve que sacarte las palabras casi a la fuerza.
El joven heredero asintió la cabeza. Esas palabras solo aumentaban el pesar y la sensación de no ser lo suficientemente bueno.
-Aun así, te atreviste a salir conmigo -continuó el pelirrojo-. Te escapaste y viniste a los suburbios. No creo que otro príncipe haya hecho eso. Quizás también pueda tener fe en ti. La verdad es que estoy en contra de la monarquía y esas estupideces, pero mientras no podamos cambiar esto, al menos me da tranquilidad saber que tú serás el próximo que esté en el trono, ¿sabes? Y mientras más conozcas a los de abajo, mejor rey serás.
Raen sintió un nudo en la garganta y ganas de llorar. Se sentía estúpido, cómo podía ser que esas pocas palabras hubieran calado tan hondo... pero quizás necesitaba escuchar algo como eso. Desde la muerte de Kiran que sintió que solo era un sustituto, que no podría con todo lo que esperaban de él. Pero al menos Aidan creía en él.
Sin pedir permiso, el pelirrojo se sentó junto a él en el banquillo del piano y tocó algunas teclas al azar.
-¿Sabes tocar? -quiso saber Raen, pero Aidan negó con la cabeza.
-Solo me gusta como suena. ¿Qué estabas tocando antes de que entrara?
-Nada, notas al azar.
-¿Qué canciones te sabes?
-Demasiadas. Qué quieres escuchar.
Raen imaginó que el otro chico le pediría algo de The Beatles o algún otro grupo más contemporáneo, pero al pelirrojo realmente le gustaba la música clásica, aunque la escuchara en muy pocas ocasiones.
-Esa canción para Elisa.
El príncipe alzó las cejas, pero no dijo nada y comenzó a tocar, sin importarle que Aidan estuviera sentado junto a él, casi tocándole el hombro.
Mientras interpretaba la melodía, el pelirrojo cerró los ojos y susurraba partes de la melodía, incluso aquellas que eran menos conocidas.
Y así estuvieron toda la canción. Pero Aidan debía volver al trabajo, así que se levantó sintiéndose más relajado y algo más feliz. Después de que saliera por la puerta, Raen siguió tocando más melodías, sintiendo el corazón apaciguado y alegre.