—¿Abigail? —la llamé, manteniendo la puerta principal abierta. Encendí la luz y coloqué las rosas blancas y los dos minions sobre el sofá. Los había visto en una juguetería y no me pude resistir, imaginándolos en las cunas de mis hijas. —Nena, siento haberme portado como un idiota —caminé hacia la cocina, la cual estaba igual de desierta que la sala. —¿Amor? —volví a llamarla de camino a la habitación. ¿Dónde se había metido? Abrí la puerta, encontrándola completamente vacía; sentí como mi corazón me estaba siendo arrancado y extirpado como una uva, sin un poco de anestesia. Jadee, incapaz de sentir el oxígeno llegar a mis pulmones. De pronto, un dolor desgarrador se había apoderado de cada partícula de mi cuerpo justo cuando mis ojos se habían posicionado en un armario abierto y co

