Ese enorme espejo estaba torturándome. Tal vez era más fácil que me tuvieran atada a una silla rapándome la cabeza, que estar de pie frente al espejo de mi habitación, tratando de subirme un jeans, que se negaba a ir más arriba de mis piernas. Mi abultado vientre, y mis enormes pechos, me hacían verme como alguien completamente diferente a la que solía ser cuatro meses y medio atrás. Gruñí, sacándome el jeans que se negó a terminar de subir y me senté en el piso, acerqué mis rodillas contra mi pecho y me abracé con fuerza llorando. No culpaba a Nora y a su hermana, ellas no tenían la culpa de estar convirtiéndome en una ballena. Ya había decidido que una de ellas se llamaría Nora, la otra nena continuaba sin tener un nombre. —¿Amor?—Luca tomó mi barbilla y me obligó a levantar la mira

