Su sonrisa desapareció; dejó de abrazarme y dio dos pasos atrás. Una arruga se dibujó en su frente, su boca se abrió y se cerró con la misma rapidez. Llevó ambas manos a su cabeza y suspiró lentamente, dándome la espalda. Bajé los hombros y dejé escapar lentamente mi respiración; fue mala idea mencionarlo. —¿Por qué me haces esa pregunta?—preguntó con voz ronca. Sus hombros subían y bajaban con gran intensidad, quizá temiendo por mi respuesta. Me sentía decepcionada, ¿Qué tenía de malo tener dos? —Simple curiosidad —contesté sonriendo. Caminé hacia él y rodee su cintura con mis manos. —¿Qué harías si fueran dos?—volví a preguntarle. —¿Tú...? —¡Oh no!—me apresuré a mentir. Dejó escapar lentamente el aire que tenía contenido en sus pulmones y se giró sonriendo. Acarició mi rostro

