—¡Mamá! —gritaron dos niños y Thamara comenzó a llorar al verlos aparecer en la puerta de esa habitación en que estaba recuperándose—. Mamita, ¿estás bien? —Casi —respondió la morena, sonriendo entre lágrimas a un par que había extrañado demasiado, y que la habían extrañado muchísimo, también. —Mira nada más cómo te dejó ese hombre malo —señaló Renata, siendo subida por su padre a la cama donde su madre se encontraba ligeramente recostada y donde la niña quedó hincada, sentada sobre sus pantorrillas—. Estás como la manzana que rodó por las escaleras, toda magullada. Un quejido se escapó de la garganta de la mujer que se esforzó demasiado en tragarse la carcajada que estuvo a punto de salir y que, de haberle sacudido todo el cuerpo, seguro la habría hecho desmallar de dolor. —¿Te due

