La semana había pasado con rapidez en el ducado Milton. Tal como lo había prometido, el propio duque se encargaba personalmente del entrenamiento de su hija Serena y de la señorita Elira Lauren. Cada mañana, antes de que el sol alcanzara lo alto del cielo, las dos jóvenes acudían al patio de armas, un espacio amplio rodeado de muros de piedra y con el suelo endurecido por incontables batallas de práctica. El secreto se mantenía con sumo cuidado. La duquesa había insistido en ello, pues temía que la nobleza más conservadora convirtiera el adiestramiento de su hija en la comidilla de la corte. Para el mundo exterior, Serena seguía siendo la dama delicada y prometida al heredero imperial; solo unos pocos sabían que, en el silencio del ducado, se templaba con disciplina y sudor. Esa mañana n

