Capítulo 5

1043 Palabras
Al día siguiente, el barón menor de Estarim emprendió viaje nuevamente hacia el ducado Milton. Llevaba consigo a sus dos hijas, y durante el trayecto conversaba con ellas, cuando de pronto escuchó algo que lo dejó inmóvil. —Disculpa, Elira… ¿qué acabas de decir? —preguntó con el ceño fruncido. La joven, erguida en su asiento y con la voz firme, repitió sin titubear: —Que ayer vimos al joven duque junto al conde Cristian y al alto general Alerik en un combate de práctica. Y al observarlos comprendí lo que quiero para mi futuro, padre: deseo convertirme en soldado. El silencio cayó de inmediato sobre la comitiva. El barón tragó saliva, incapaz de hallar respuesta. Su hija había meditado durante toda la noche la mejor manera de expresar aquel deseo, convencida de que era el camino para acercarse al alto general y, con el tiempo, convertirse en guardia personal de la princesa Serena Milton. El barón, al fin, murmuró con voz grave: —No… esas prácticas son para hombres. No puedes… —¿Y por qué dices que solo los hombres tienen derecho? —replicó Elira, cruzando los brazos—. Estoy segura de que podría enfrentar a cualquier soldado del joven Lionel Milton y no quedarme atrás. —Hija, no es un tema que podamos discutir a la ligera. En este imperio jamás ha habido mujeres en la milicia y… —Entonces seré la primera —interrumpió ella, con una determinación que lo dejó helado. El barón desvió la mirada, presa de un temor que intentaba disimular. —No entiendes… no quiero perderte a ti también —susurró. Emilia su hija menor, bajó los ojos al escuchar esas palabras cargadas de dolor. Elira, en cambio, se inclinó hacia él y, con suavidad, respondió: —Sé que te aterra que algo malo me suceda, padre, pero precisamente por eso quiero aprender a defenderme y proteger a los míos. No sueño con convertirme en un adorno en un salón ni en una dama de conveniencia. Quiero ser fuerte, inspirar respeto y ser un ejemplo para Emilia … y también para la princesa Serena. El barón guardó silencio largo rato, incapaz de contradecir la firmeza en la mirada de su hija. Al final, exhaló profundamente y dijo: —Déjame pensarlo. No es una decisión que pueda tomar a la ligera. Elira sonrió, rodeó con sus brazos el cuello de su padre y le besó la mejilla. —Gracias, padre. Prometo cuidarme. —Aún no he dicho que sí… —advirtió él. —Tampoco has dicho que no —replicó ella con picardía. El hombre solo negó con la cabeza, aceptando aquel abrazo mientras el peso de la decisión lo carcomía por dentro. Siempre había concedido los caprichos de sus hijas, pero aquel deseo ponía en juego su vida, y eso lo mantenía en un conflicto interno. El carruaje se detuvo poco después frente a las puertas del ducado. Las niñas fueron conducidas al jardín, donde la princesa Serena ya las aguardaba, mientras el barón era guiado al despacho del duque Milton. La jornada anterior habían concretado un acuerdo para proveer granos y verduras a las posadas y restaurantes que el duque poseía en la capital. Aquella mañana debían hablar de números y cantidades, aunque el barón estaba visiblemente distraído. Milton, hombre severo en asuntos de negocios, lo notó de inmediato. —Barón, lo percibo inquieto. ¿Acaso sucede algo? El barón intentó recomponerse, pero al final se rindió con un suspiro. —Lo lamento, duque. Quizá sea mejor dejar las cuentas para otro día. Hoy no tengo la mente en orden. —No hay prisa —respondió Milton con calma—. Si desea, puede confiarme lo que le preocupa. El barón se recostó contra el respaldo del sillón, dubitativo. —Es mi hija… temo que ha perdido la razón. El duque arqueó una ceja. —¿A qué se refiere? —Quiere convertirse en soldado —dijo con pesar, casi avergonzado de pronunciarlo. Milton guardó silencio unos instantes, luego esbozó una leve sonrisa. —No considero que sea una locura, barón. Fui comandante de la guardia imperial, y cuando nacieron mis hijos quise que ambos aprendieran el arte de la espada. Con Lionel lo logré, pero con Serena fracasé: su madre insistió en que una dama debía formarse para la corte, no para el campo de batalla. Y sin embargo, si ella me hubiera pedido lo mismo que su Elira le ha pedido a usted, yo habría aceptado. El barón lo miró con incredulidad. —¿Aceptado? ¿Por qué motivo? —Porque vivimos en un mundo donde el fuerte devora al débil —replicó Milton con seriedad—. Con las rutas de comercio en constante disputa, es solo cuestión de tiempo antes de que la guerra nos alcance. Y yo dormiría más tranquilo sabiendo que mi hija tiene la fuerza para protegerse. El barón, con gesto sombrío, murmuró: —Ella es idéntica a su madre… testaruda, imposible de hacer cambiar de opinión. Pero me aterra que fracase y termine herida. —Si me lo permite, puedo encargarme de su instrucción —propuso el duque—. Además, quizá eso motive también a Serena. Mi esposa la ha educado para ser una dama respetable de la corte, pero si algún día ha de ser emperatriz, necesitará más que palabras elegantes. Yo me ocuparé de que Elira reciba formación, y me aseguraré de que jamás se exponga a un riesgo innecesario. El barón lo observó con cautela. —¿Y qué ganaría usted con eso? —Lo mismo que ya hemos ganado con este acuerdo, barón —respondió Milton con franqueza—. Nuestros lazos se estrechan. Y si su hija logra abrir camino, la mía seguramente la seguirá. El barón meditó unos instantes y finalmente asintió. —De acuerdo. Solo le pido una cosa: si descubre que ella no sirve para esto, no la fuerce. Dígale que desista, y yo mismo me encargaré de hacerla entrar en razón. —Así será —confirmó Milton. Con el asunto aclarado, ambos hombres retomaron la mesa de negocios, dejando para después la conversación con las jóvenes que, en el jardín, ignoraban por completo la magnitud de lo que se estaba decidiendo sobre sus futuros.
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