La mañana amaneció serena, pero en los pasillos del imperio corría con rapidez un rumor que agitaba tanto a sirvientes como a nobles. En los muelles, a medianoche, un cargamento de la familia Peyton había sido saboteado. El escándalo no era menor: no se trataba de simples bandidos, sino de un ataque organizado que mostraba la creciente fuerza de los rebeldes. La noticia corrió como pólvora, y antes de que el sol estuviera alto, una multitud de nobles se había presentado en el palacio para exigir una solución inmediata. El temor se expandía; nadie quería convertirse en la siguiente víctima de aquellos forajidos. La solidaridad con el duque Peyton era, en apariencia, sincera, aunque no faltaban quienes aprovechaban la desgracia para congraciarse con el emperador y reforzar su propia influen

