La noche había caído sobre el puerto de Arista, y la oscuridad era apenas rota por las antorchas que iluminaban los muelles. El aire húmedo olía a sal, a madera mojada y a sudor. A cierta distancia, oculta entre las sombras, Lucía observaba en silencio el movimiento de los soldados del ducado Peyton. Los hombres, con gesto frío y mecánico, obligaban a grupos de esclavos a subir a los barcos que esperaban amarrados. La joven mantenía la respiración contenida mientras apretaba los puños. Desde que había regresado al imperio, había investigado sin descanso a quienes sostenían el comercio de esclavos. Y aunque dentro de los límites de la ley este tráfico era considerado “aceptable”, para ella resultaba repugnante, una afrenta contra la dignidad humana. Veía a hombres encadenados, a mujeres co

