El murmullo de la corte había quedado atrás, pero Lucía aún podía sentir el peso de las miradas que la habían seguido hasta el último instante. Cuando salió del salón del trono junto al príncipe Henry, los ecos de aquella audiencia parecían resonar en cada rincón del palacio. El aire de los jardines imperiales era más ligero, impregnado con el aroma de magnolias y laureles, y sin embargo la tensión entre ambos se podía palpar con claridad. Henry caminaba a su lado con un porte sereno, sus manos entrelazadas detrás de la espalda, como si cada paso estuviese calculado. Sus ojos se desviaron hacia un costado, y Lucía advirtió que una doncella, enviada sin duda por la emperatriz, los seguía a cierta distancia junto a Tatiana. —Veo que no me equivoqué —comentó Henry con un dejo de ironía—. Mi

