El eco de las voces en el salón del trono se fue apagando cuando el emperador, tras escuchar la intervención de su esposa, se levantó para dar por terminada la reunión. Los nobles, aunque contrariados por no haber conseguido que sus objeciones fuesen escuchadas, se vieron obligados a inclinarse y retirarse uno a uno. La orden imperial era inapelable. Lucía permaneció firme en el centro de la sala, sosteniendo la carpeta con los documentos de su padre contra el pecho. Su semblante no mostraba cansancio ni temor, aunque el corazón le latía con fuerza tras aquella confrontación. El emperador, de pie junto a la emperatriz, la observó detenidamente antes de hablar de nuevo. —Ahora comprendo por qué su padre confió en que usted sería capaz de manejar sus tierras y negocios —dijo con gravedad—.

