La tarde en la capital de Arista se encontraba teñida de un cielo dorado, con nubes que se alargaban como pinceladas suaves mientras el sol comenzaba a descender. En medio de ese panorama, el carruaje de la joven heredera avanzaba lentamente hacia el imponente palacio imperial. Lucía William, vestida con un sobrio vestido azul marino que resaltaba su porte y firmeza, iba acompañada de Tatiana, su fiel doncella y confidente. Tatiana, aunque insistía en servirle como dama de compañía, era más una amiga que una sirvienta. Lucía le había salvado la vida cuando era apenas una esclava, y desde ese momento, la muchacha había decidido permanecer a su lado, mostrándole una lealtad inquebrantable. Cuando el carruaje se detuvo frente a las escaleras de mármol del palacio, ambas descendieron. El air

