Tres días después New York Alexander Frialdad. Indiferencia. Y quizá algo parecido a tristeza. Eso fue lo que vi en el rostro de mi madre cuando me esposaron. Cualquier otra mujer se hubiera quebrado ante semejante escena, pero Victoria Harrington, siempre altiva, siempre inquebrantable, ni por su propio hijo perdería la compostura. Se limitó a pronunciar unas cuantas palabras por la irrupción de los oficiales en su mansión. Un gesto de apariencias. Nada más. Aun así, me aferré a la absurda idea de que movería cielo y tierra para ayudarme. Pero todo ocurrió tan rápido que ni siquiera me di cuenta de cuándo llegamos a la comisaría. Me bajaron de la patrulla como a un vulgar criminal. Y si eso no era suficiente

