A una cuadra del edificio había un almacén atendido por un corpulento hombre con su cabeza rapada y una edad aproximada de treinta y siete años. El cuerpo del hombre estaba cubierto por tatuajes de varios estilos mientras que unas trenzas caían del pelo de su larga barba. Allí se dirigió Olivia para comprar algo de comida, y por supuesto, chocolate. Ingresó con la mirada clavada en el piso y a paso lento. El hombre al otro lado del mostrador la seguía con la mirada mientras que la chica continuaba metida en sus pensamientos. Olivia tomó lo que necesitaba, se acercó a la caja, depositó todo sobre el mostrador y esperó que le cobraran. - Hola, Liv - dijo el hombre. - Hola, John - saludó ella mirando hacia un lado. - ¿Todo bien? - La castaña se encogió de hombros a modo de respuestas. No

