CAPÍTULO 1: La noche en que despertó la profecía
La noche en que todo cambió, Elara sintió que el cielo respiraba sobre su casa.
No era una tormenta común. El viento golpeaba las ventanas con tanta fuerza que parecía tener manos. Las cortinas se agitaban aunque todo estaba cerrado, las velas del comedor se encendían y apagaban solas, y en el pasillo, justo donde dormían sus tres hijos, comenzó a filtrarse una luz azulada por debajo de la puerta.
Elara se quedó inmóvil en medio de la cocina, con una taza de té entre las manos.
Hacía años que no sentía aquello.
Esa presencia antigua.
Esa magia dormida que rozaba su piel como una advertencia.
—No… —susurró—. Mis hijos no.
La taza cayó al suelo y se rompió. El té se derramó sobre las baldosas, pero Elara ni siquiera miró. Corrió hacia el pasillo, con el corazón golpeándole el pecho.
Al abrir la puerta del cuarto, el aire se volvió helado.
Sus tres hijos estaban dormidos, pero no como siempre. Cada uno brillaba con una luz distinta. Arlen, el mayor, tenía una llama dorada dibujada sobre la frente. Sira, su hija del medio, llevaba una luna plateada que parecía respirar con ella. Y Narek, el menor, tenía una estrella negra rodeada de luz violeta.
Elara sintió que las piernas le temblaban.
Aquellas marcas no debían aparecer nunca.
Su madre le había dicho que la sangre antigua se había debilitado, que quizá sus hijos crecerían libres de la carga que había perseguido a las mujeres de su familia durante generaciones.
Pero su madre había mentido.
O quizá solo había tenido miedo.
—Mamá…
La voz de Narek fue apenas un susurro.
Elara se acercó a su cama y le tomó la mano.
—Estoy aquí, mi amor. No tengas miedo.
El niño abrió los ojos.
No eran sus ojos de siempre. Estaban cubiertos por una luz violeta, profunda, como si algo antiguo estuviera mirando a través de él.
—Ella viene —dijo.
Elara sintió que la sangre se le congelaba.
—¿Quién viene?
Narek no parpadeó.
—La que busca la corona de sangre.
Un trueno estalló tan fuerte que las ventanas vibraron. Sira despertó gritando. Arlen se incorporó de golpe, y de sus manos salieron pequeñas chispas doradas que iluminaron la habitación.
—¡Mamá! —gritó él, mirando sus dedos con horror—. ¿Qué me está pasando?
Elara quiso responder, pero no sabía cómo explicarles una verdad que ella misma había intentado olvidar.
Los abrazó a los tres con fuerza.
—Escúchenme bien. Pase lo que pase, yo voy a protegerlos.
Pero entonces una sombra cruzó frente a la ventana.
Arlen la vio primero.
—Mamá… hay alguien afuera.
Elara giró lentamente.
Entre la lluvia y los árboles, una figura encapuchada permanecía inmóvil frente a la casa.
No necesitó verle el rostro para reconocerlo.
Su alma lo supo antes que sus ojos.
Kael.
El amor que había jurado olvidar.
El hombre que una vez la había amado como si pudiera incendiar el mundo por ella.
El mismo que también la había destruido.
Elara respiró hondo, intentando que el miedo no la dominara. Se volvió hacia sus hijos.
—Quédense aquí. No salgan de esta habitación.
—No vayas —suplicó Sira.
—Volveré.
Arlen la miró con una seriedad impropia de su edad.
—No prometas cosas que no sabes.
A Elara le dolió escuchar eso de su hijo, pero no se quebró.
—Entonces prometo algo que sí sé: nadie tocará a mi familia sin enfrentarme primero.
Cerró la puerta y caminó hacia la entrada.
Cada paso la acercaba a un pasado que creyó enterrado. Al abrir la puerta principal, el viento entró con violencia y apagó las luces.
La figura levantó la cabeza.
Kael estaba allí.
No había cambiado. Su cabello oscuro caía mojado sobre su rostro, sus ojos grises brillaban bajo la lluvia y la cicatriz fina sobre su ceja izquierda seguía igual. Vestía una capa negra bordada con símbolos antiguos, símbolos que Elara conocía demasiado bien.
—Elara —dijo él.
Su nombre en su boca fue como una herida abriéndose.
—No tienes derecho a venir aquí.
Kael la miró con una mezcla de dolor y urgencia.
—No vine por mí.
—Siempre dices eso cuando vienes a destruir algo.
Él apretó la mandíbula.
—La profecía despertó.
Elara sintió un escalofrío, pero no retrocedió.
—Ya lo sé.
—Entonces sabes que tus hijos están en peligro.
—Mis hijos no son asunto tuyo.
Kael dio un paso hacia ella, pero Elara levantó la mano.
—No te acerques.
Él obedeció.
—La Reina Sombría ya sabe que existen.
Elara sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
—Eso es imposible. Nadie sabía dónde estábamos.
—Alguien la guio.
La frase cayó entre los dos como una piedra.
Elara pensó en su madre, en sus hermanas, en sus amigas… y en Darien.
El hombre que había estado a su lado durante los últimos años. El hombre que había intentado darle estabilidad cuando su corazón aún estaba lleno de ruinas. El hombre que abrazaba a sus hijos como si fueran suyos.
No podía ser él.
Como si el destino quisiera responder a su pensamiento, una voz masculina sonó detrás de ella.
—Elara.
Ella se giró.
Darien estaba al final del pasillo, con el rostro tenso y la camisa empapada por la lluvia. En una mano sostenía una espada corta cubierta de runas.
Elara se quedó sin aire.
—¿Qué haces con eso?
Darien miró a Kael con odio.
—Sabía que volverías.
Kael sonrió sin alegría.
—Y yo sabía que seguirías mintiéndole.
Elara sintió que algo se rompía dentro de ella.
—¿De qué están hablando?
Darien se acercó.
—Elara, entra con los niños.
—No me des órdenes. Dime la verdad.
El silencio de Darien fue peor que una confesión.
Kael habló con frialdad.
—Él no llegó a tu vida por casualidad.
Elara miró a Darien.
—Dime que miente.
Darien no respondió.
Y ese silencio le dolió más que cualquier palabra.
—Fuiste enviado —dijo Kael—. El Consejo te puso cerca de ella para vigilarla hasta que los niños despertaran.
—¡Cállate! —gritó Darien.
Elara dio un paso atrás.
—¿Me vigilabas?
Darien bajó la espada lentamente.
—Te protegía.
—No. Me mentías.
—Si sabías la verdad, habrías huido.
—¡Era mi verdad! —gritó ella—. ¡Mi vida! ¡Mis hijos!
Darien quiso tocarla, pero ella se apartó.
—No me toques.
Antes de que él pudiera responder, un grito infantil cortó el aire.
—¡Mamá!
Elara corrió hacia el cuarto.
Sira estaba de pie junto a la cama de Narek, llorando. Arlen tenía las manos encendidas en llamas doradas, pero parecía demasiado asustado para darse cuenta.
La cama de Narek estaba vacía.
Sobre las sábanas quedaba un símbolo dibujado con ceniza negra: una corona partida por una estrella.
Elara sintió que el mundo se detenía.
—¿Dónde está mi hijo?
Kael entró detrás de ella y palideció.
—La marca de la Reina.
Elara se giró hacia él.
—¿Dónde está?
Kael no respondió de inmediato.
Darien habló con voz baja:
—Si dejó esa marca, lo llevó a Umbra.
Umbra.
El reino oculto.
El lugar del que Elara había huido años atrás.
El lugar donde la magia no era un cuento, sino una ley de sangre.
Sira se aferró a su madre.
—Mamá, tráelo de vuelta.
Elara abrazó a su hija, pero sus ojos seguían clavados en la marca de ceniza.
Algo comenzó a arder bajo su piel.
No era miedo.
Era poder.
Un poder antiguo, encerrado durante años, despertando con furia.
Las paredes temblaron. Las velas se encendieron con fuego violeta. El espejo del cuarto se quebró en mil líneas luminosas, y en sus fragmentos apareció una imagen: Narek dormido en un salón oscuro, rodeado de cadenas de luz. Frente a él, una mujer con corona negra sonreía.
—Mi niño… —susurró Elara.
La imagen desapareció.
Entonces una voz resonó dentro de su sangre.
Hija de la profecía… despierta.
Elara cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, una marca luminosa apareció en su pecho: una luna rodeada por llamas.
Kael la miró con asombro.
Darien con temor.
Sus hijos con esperanza.
Elara se puso de pie.
—Voy por Narek.
—No puedes ir sola —dijo Kael—. Umbra no perdona.
—No pedí permiso.
Darien dio un paso hacia ella.
—Yo conozco caminos seguros. Puedo ayudarte.
Elara lo miró con dolor y rabia.
—Me ayudarás porque mi hijo está en peligro. Después hablaremos de cada mentira.
Darien bajó la cabeza.
—Lo acepto.
De pronto, una voz femenina sonó desde la entrada.
—Entonces necesitarás a tu familia completa.
Elara giró.
Su madre, Amara, estaba en la puerta con un manto gris cubriéndole los hombros. Detrás de ella venían sus tres hermanas: Lyra, siempre firme y seria; Selene, dulce y preocupada; y Morwen, fría, hermosa y difícil de leer.
Elara sintió otra punzada en el corazón.
—Tú sabías.
Amara bajó la mirada.
—Sí.
—Sabías que esto podía pasar.
—Quise darte una vida normal.
Elara soltó una risa amarga.
—Todos quisieron darme algo menos la verdad.
Selene se acercó con lágrimas en los ojos.
—Elara, lo encontraremos.
Morwen observó el símbolo de ceniza.
—La Reina Sombría no suele devolver lo que toma.
Lyra la fulminó con la mirada.
—No es momento para tu veneno.
—Es momento para la verdad —respondió Morwen.
Elara levantó la mano, y todos callaron.
—Ya perdí demasiado tiempo escuchando medias verdades. Si alguien sabe cómo llegar a Umbra, habla ahora.
Kael sacó una llave oscura de entre su capa. No parecía hecha de metal, sino de humo endurecido.
—Hay un portal en el bosque.
Darien frunció el ceño.
—Ese portal fue sellado hace años.
Kael lo miró.
—No para mí.
Elara tomó una capa negra y la puso sobre sus hombros. Arlen se acercó.
—Yo voy contigo.
—No.
—Es mi hermano.
—Y tú eres mi hijo.
Arlen sostuvo su mirada.
—Por eso mismo.
Sira, todavía llorando, se limpió el rostro.
—Yo también voy. Puedo sentir a Narek. Está asustado.
Elara quiso decirles que no. Quiso encerrarlos en la casa y alejarlos del peligro. Pero la profecía ya los había marcado. La Reina ya los había visto. Ocultarlos ya no era una opción.
Amara se acercó a Elara.
—Antes de cruzar, debes saber algo.
—¿Otra mentira?
—La profecía no habla solo de tus hijos. También habla de ti.
Elara la miró en silencio.
Amara tomó aire.
—Dice que una mujer de sangre antigua amará dos veces antes de comprender que ninguno de esos amores será su destino final.
Kael se quedó inmóvil.
Darien también.
Elara sintió que aquellas palabras caían entre los tres como una sentencia.
—Mi hijo está perdido —dijo con voz fría—. No tengo espacio para hablar de amor.
—Lo sé —respondió Amara—. Pero cuando llegue el momento, entenderás que tu felicidad no estará donde todos creen.
Elara no respondió.
Salieron de la casa bajo un cielo abierto por tres estrellas. El bosque parecía esperarlos. Los árboles se apartaban suavemente a su paso, como si reconocieran la sangre antigua que caminaba entre ellos.
En el centro del claro había un arco de piedra cubierto de musgo. Kael levantó la llave oscura, y el portal despertó con una luz azul y violeta.
Al otro lado se veía Umbra: montañas negras, ríos plateados y un castillo suspendido bajo un cielo sin sol.
Elara sintió miedo.
Pero más fuerte que el miedo era el amor por su hijo.
Miró a Kael, el amor de su pasado. Miró a Darien, el amor de su presente. Ambos habían sido importantes. Ambos le habían ocultado verdades.
Pero esa noche Elara entendió algo.
No iba a cruzar por ninguno de ellos.
Iba a cruzar por sus hijos.
Por ella.
Por la verdad.
Dio un paso hacia el portal.
Antes de entrar, levantó la mirada al cielo.
—Escúchame bien, Reina Sombría —susurró—. Tomaste a mi hijo creyendo que despertarías una profecía.
Sus ojos brillaron de color violeta.
—Pero lo que despertaste fue a una madre.
Y cruzó.
La profecía había comenzado.