Humana en apuros.

1430 Palabras
Realmente debe existir la magia. No recordaba haber tomado un camino que me llevara a este lugar, y la sensación de estar perdida, aunque me hayan traído hasta aqui, me envolvía como una manta fría. Al salir del bosque, las calles de la ciudad se desplegaron ante mí, llenas de luces parpadeantes y el bullicio de la gente. Sin embargo, a medida que me acercaba, noté que las miradas se posaban sobre mí, con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Las calles estaban llenas de personas que conversaban animadamente, pero yo me sentía como un pez fuera del agua. Mis ropas, desgastadas y sucias, y encima descalza, me hacían destacar aún más entre la multitud bien vestida. Me dejé llevar por la corriente de personas, sintiéndome cada vez más incómoda. Había algo en sus miradas que me hacía sentir expuesta, como si pudieran ver a través de mi piel y descubrir mis secretos más oscuros. Intenté ignorar sus murmullos, pero el eco de sus voces se entrelazaba con mis pensamientos. Camine por un buen rato, mis pies dolían y estaban heridos. No pregunté nada a nadie porque tal vez no todos hablen mi idioma. De repente, un grupo de hombres desarmados apareció frente a mí, bloqueando mi camino. —Hola...muñeca. Eran más grandes que yo, con una actitud amenazante. —Perdon...debo llegar a un sitio—le dije. El líder, un tipo de cabello rubio y rostro desafiante, sonrió de manera burlona. —¿Y tú quién te crees? —pregunta, evaluándome de arriba abajo—. No pareces de por aquí. ¿A dónde vas? El miedo se apoderó de mí. Sabía que no era loba ni luna, pero la adrenalina comenzó a recorrer mi cuerpo. Busqué algo, cualquier cosa, para defenderme, y mis ojos se posaron en un tronco caído cerca de la acera. Sin pensarlo, me agaché y lo levanté, preparándome para enfrentar lo que fuera que estos hombres quisieran hacerme. —¿Qué crees que vas a hacer con eso? —se ríe uno de ellos, acercándose. Su risa era burlona, y mis manos temblaban sosteniendo el tronco. Di varios pasos en reversa tratando de mantener la distancia. Me acorralan hasta llegar a un callejón. —Ya me jodí —pensé. En ese momento, una mujer salió de la puerta trasera de un bar cercano. Tenía una presencia fuerte, y llevaba unos cigarrillos en la mano, su voz resonaba en el aire, llena de autoridad. —¡Dejen a esa chica en paz! —gritó, alzando la mano como si pudiera detenerlos con solo su voluntad. Los hombres vacilaron, sorprendidos por la llegada de la mujer. Era evidente que tenía poder en esta zona. —Perdón...ya nos vamos. El líder, que antes se había mostrado tan desafiante, se detuvo y dio un paso atrás. Ella se me acerca y me mira de cerca. —¿Y tú quién eres? —pregunta. —Soy Maeva —me presento a la mujer, mientras camina hacia mí. Los hombres lentamente comenzaron a retroceder, dejándome respirar aliviada. La tensión en el aire se disipó un poco, y el tronco que sostenía se sintió más ligero en mis manos. La mujer me observa, con su mirada suave pero inquisitiva. —¿Estás bien? —pregunta, con su voz calmada contrastando con la situación reciente. Asentí, aunque el miedo aún latía en mi pecho. Me sentía vulnerable, y las preguntas comenzaban a acumularse en mi mente. —¿Qué está pasando? —le pregunto con mi voz apenas un susurro. Ella me observa detenidamente, como si tratara de leer mis pensamientos. —Este es mi territorio. Estás en un mundo eterno de lobos, humana —responde con seriedad—. Este lugar, la ciudad, no es como lo que conoces. Aquí, las cosas son diferentes, y tú pareces estar perdida. ¿Cómo demonios entraste? La revelación me golpeó como un puñetazo en el estómago. Un mundo eterno de lobos. La idea era surrealista, casi de cuento de hadas, pero algo en su voz me decía que era verdad. —No lo sé. —le dije evitando las respuestas que le dí al hombre lobo del bosque, si le digo que llegué por ese maldito libro, de seguro se burla de mi y me deja sola a mi suerte. —Pero parece que has atravesado un portal o alguna especie de puerta entre mundos. Muchos lo han hecho, aunque no todos logran volver. Sólo nosotros los licántropos podemos ir y venir a nuestro antojo si tenemos una llave. Mis pensamientos se precipitaron a mil por hora. —Debo ver a su rey, el señor del bosque me dijo que solo el me puede regresar —le dije, sintiéndome cada vez más perdida. La licántropa tomó un respiro profundo, como si estuviera considerando mis opciones. —Primero, necesitas un lugar seguro. Este barrio no es el más amable, especialmente para alguien como tú. Necesitamos encontrar una manera de mantenerte a salvo mientras descubres cómo llegar al palacio. No todos están contentos con la r**a humana. Por siglos nos cazaron en nuestra forma animal y usaban nuestras pieles para vestirse y nuestra carne para saciar su hambre. Asentí, sintiendo una oleada de dolor. —Yo nunca he matado a un lobo en mi vida, te lo juro. Ni siquiera he visto a uno nunca. —Tus ojos no mienten. Su presencia era reconfortante, y por un momento, la ansiedad comenzó a disiparse. Tal vez no estaba tan sola después de todo. La mujer comenzó a caminar, y yo la seguí. Se detuvo a fumar y yo esperé. Luego entramos por la misma puerta que ella salió. —Cuando entremos, no hables con nadie y no mires a nadie a los ojos. Cómo te dije si saben que eres humana no tendrás posibilidades de sobrevivir. Hay licántropos que odian a los humanos y por su culpa tienen prohibido a ir al mundo humano. —Entiendo. ¿Porqué deben o quieren ir a nuestro mundo? —Porque no todos tienen su predestinada en su misma r**a. Muchos mueren esperando a su luna, su loba, su mujer, su amor, o como quieras decirle. Por eso algunos votan por viajar a tu mundo para conocer su amor y procrear. Su respuesta me sorprendió. Había algo en su mirada que hablaba de experiencia, de luchas pasadas. ¿habrá viajado para buscar a su amor? Finalmente, entramos y llegamos a un pequeño bar con una barra larga, el bar, que parecía un refugio en medio del caos. Ella me llevó por una puerta detrás del mostrador, abrió la puerta, y el interior era acogedor, un escritorio, un sofá y una nevera iluminados por la luz suave de una lámpara en el techo. Había un aire de calma que contrastaba con la tensión que habíamos dejado afuera. —Este es mi refugio —dijo ella, mirando a su alrededor—. Aquí estarás a salvo por ahora. Puedes usar el baño y tengo ropa extra en un cajon, aunque creo que te quedará muy grande. Cuando cierre el bar te irás conmigo a casa hasta ver cómo hacemos para que entres al palacio. Me dejé caer en un sillón, sintiendo el agotamiento golpearme. Ella se sentó frente a mí, observándome con atención. —¿Cómo te llamas? —Soy Barkara. Te dejaré un momento tengo clientes que atender. Tomé un respiro profundo, tratando de ordenar mis pensamientos. —Gracias por tu ayuda—le dije. —Voy a preguntar a mi padre cómo sacarte de este reino o como llegar al palacio, el trabajo una vez allí. No puedo prometer nada, pero debo intentarlo. Este lugar es peligroso para alguien como tú. Justo en ese momento, ajena a mi vista, la puerta se abrió y entraron dos hombres. Eran gemelos, y aunque compartían rasgos similares, cada uno tenía su propio aire distintivo. Apenas cruzaron el umbral, un aroma dulce y embriagador inundó la habitación, un olor que parecía combinar la esencia de la tierra húmeda, flores silvestres y un toque de misterio. Era tan fuerte que hizo que mi nariz estornudara y mi piel temblara. Sentía como si cada fibra de mi ser estuviera reaccionando al olor, una llamada ancestral que no podía ignorar. Mi ropa interior, desgastada, se humedece con mis fluidos íntimos. Vi como Barkara abre los ojos de la sorpresa al verme reaccionar como si me impregnara de alguien. Ella conoce muy bien ese aroma, son los dos gemelos que acostumbran a ir a tomar de vez en cuando. Son los gemelos sobrinos del rey. Los hermanos gemelos, Larsen.
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