Olfateando a su predestinada.

1768 Palabras
El sonido de los pasos firmes en el piso de madera del bar acercandose hizo que Barkara girara la cabeza con rapidez. Su instinto le gritó que se moviera con urgencia. Miró a Maeva y notó la tensión en sus músculos, su respiración entrecortada y el brillo de confusión en sus ojos. —Escúchame bien, humana. —La voz de Barkara era baja, pero cargada de autoridad—. No hagas preguntas, solo haz lo que te digo. Maeva apenas tuvo tiempo de asentir antes de que Barkara se moviera con la velocidad de un rayo. Se agachó y levantó una vieja alfombra de cuero que cubría parte del suelo detrás de la barra. Con un rápido tirón, una trampilla quedó al descubierto. —Métete ahí. —Barkara levantó la tapa de madera y señaló el oscuro compartimiento—. No respires fuerte y no hagas ruido. —¿Qué está pasando? —pregunta Maeva en un susurro desesperado. Su cuerpo temblaba y el miedo latía en su garganta como un tambor de guerra. Barkara la mira con dureza. —Si no me haces caso, nos matarán a las dos. Métete ya. Alguien viene. Maeva no dudó más. Se deslizó dentro del compartimiento y sintió el aire viciado encerrándola en una oscuridad sofocante. —Te rociaré con cerveza para mitigar tu aroma. —Bien. Barkara bajó la tapa con rapidez y volvió a colocar la alfombra sobre ella. Maeva apenas podía ver, pero su oído captó el crujido de madera cuando Barkara se apresuró a otra parte del bar. Un fuerte golpe hizo que Maeva contuviera el aliento. Luego, un olor fuerte y amargo la golpeó: el líquido espeso y burbujeante de la cerveza derramada se filtró a través de las rendijas del compartimiento. Barkara había roto una barrica entera sobre el suelo. El alcohol empapaba la madera y caía a chorro sobre Maeva. El olor era penetrante, embriagador, pero comprendió que Barkara tenía una razón para hacerlo: estaba tratando de ocultar su aroma humano. Apenas cruzaron el umbral, Cedric y Charles se detuvieron en seco. Algo en el aire los golpeó con la fuerza de un trueno. Un aroma denso, embriagador y muy dulce, completamente distinto a todo lo que habían percibido antes. No era solo atrayente; era una necesidad visceral que se deslizó por sus venas como un veneno adictivo, encendiendo cada fibra de sus cuerpos. Sus músculos se tensaron al instante, sus respiraciones se entrecortaron, y la bestia dentro de ellos rugió con una furia primitiva. Su virilidad respondió con un hambre feroz, con el deseo de hundirse en la dueña de aquel aroma y llenarla de su esencia hasta reclamarla por completo. Un instinto incontrolable de posesión les erizó la piel. El bar no estaba repleto, el aire denso con el olor a alcohol y sudor, pero nada importaba. Sus ojos afilados recorrieron a los presentes con una intensidad depredadora. No sabían quién era, pero sí sabían una cosa: ella estaba allí, oculta, y no escaparían sin encontrarlas. Sus manos se cerraron en puños, conteniendo el impulso de derribar todo a su paso para hallarla. Habían esperado años por este momento. Su predestinada, su Luna, estaba cerca. Pero había algo extraño, algo en su esencia que no encajaba del todo… su aroma era diferente a cualquier hembra loba que hubieran conocido. La incertidumbre se deslizó por sus mentes, pero la lujuria y el deseo ahogaron cualquier pensamiento racional. Lo único que importaba era encontrarla y reclamar lo que el destino les había prometido. —¿Sentiste eso, hermano? —pregunta Cedric, con su voz apenas un gruñido mientras su mirada recorría el lugar con impaciencia. —Sí —responde Charles, con los puños apretados—. Solo espero que no sea una sola. No me agrada la idea de tener que compartirla contigo. Cedric soltó una carcajada seca. —Jódete. Como si yo quisiera compartir contigo a la mujer que me voy a coger. A la madre de mis futuros lobitos. Sus miradas se clavaron en el bartender, que los observaba con cautela, notando la tensión en sus cuerpos. Sus ojos dorados brillaban con un instinto primitivo, sus respiraciones eran pesadas, y la ferocidad contenida en su lenguaje corporal ponía a cualquiera en alerta. —¿Dónde está Barkara? —pregunta Charles, con su tono bajo y autoritario. El bartender se humedeció los labios, nervioso. —Bienvenidos, señores Larsen. Debe estar en el cuarto de atrás. Sin esperar más, los gemelos avanzaron, empujando al pobre hombre. —Muevete. Sus corazones latían con una urgencia brutal, sus cuerpos ardían con el deseo de encontrar a la dueña de aquel aroma que los tenía al borde de la locura. Cada paso los acercaba a su destino. Y nada, absolutamente nada, los detendría. Cuando entraron solo ven a Barkara con un trapeador en las manos. —¿Dónde está? ¿Que sucede aquí?—gruñe una voz ronca y demandante detrás de Barkara. —Buenas noches, hermanos Larsen. Si, aquí estoy—responde Barkara con una calma peligrosa— Maldita sea se me rompió una maldita barrica, se me cayó cuando intentaba levantarla, es de las más caras. Supongo que estoy muy cansada —¿No hay nadie más contigo? Muestra a la otra persona ¿A donde la escondiste?—pregunta el otro, con un tono amenazador. Maeva sintió un escalofrío. Sabían que estaba allí. ¿pero cómo? — De que hablan ¿Crees que soy tan estúpida como para esconder a algún criminar en mi propio bar? —Barkara soltó una carcajada burlona—. Búscalo tú mismo. Pero si rompes algo más, te corto las manos. Los hombres rieron entre dientes, pero Maeva notó que no se relajaban. Los pasos resonaron en la madera mientras revisaban el lugar. Maeva trató de controlar su respiración, pero la sensación de encierro y el fuerte olor a cerveza comenzaban a marearla. Sin embargo, lo peor no era el miedo. Había algo más dentro de ella. Algo que estaba despertando. Se siente tan excitädä. Su piel ardía, sus extremidades hormigueaban. Su pecho subía y bajaba con pesadez. Sus pezones se pusieron erëctös. Era una sensación extraña, como si su propio cuerpo estuviera reaccionando a algo más que la tensión del momento. Maeva cerró los ojos con fuerza. No era posible. No podía ser deseo. Pero lo era. Su vientre se tensó y sintió un calor desconocido extendiéndose por su cuerpo. No entendía qué le pasaba. Era irracional. No tenía sentido sentir ese tipo de emoción en un momento como aquel. Solo olía una fragancia amaderada como el cedro y otra a cítrica, como a las naranjas. El temblor en sus piernas se intensificó, y su respiración se volvió errática. Un calor abrasador se esparcía desde su vientre hasta cada rincón de su cuerpo, envolviéndola en una sensación desconocida y sofocante. Maeva se mordió el labio, tratando de contener el jadeo que amenazaba con escapar. Sabía que no estaba sola, se escuchan voces sobre ella, además de Barkara, significaba que cualquiera podría escucharla si no tenía cuidado. Las voces empezaron a escucharse mejor, más claras, más cerca. Sin pensar, deslizó una mano temblorosa hacia el interior de su muslo, sintiendo la suavidad de su propia piel, el latido acelerado de su corazón vibrando en cada fibra de su ser. Sus dedos encontraron el punto donde ese ardor se concentraba, y un escalofrío recorrió su espalda. Apretó los labios, luego llevó la otra mano a su boca, ahogando un suspiro mientras sus sentidos se sumían en un torbellino de placer. Nunca antes había sentido algo así. Nunca antes su cuerpo había reaccionado de esa manera. Era como si algo la llamara, algo desconocido y salvaje que se agitaba en su interior. Su mente se nubló cuando continuaba con las caricias, su botón endurecido arde, y por un instante, solo existió el deseo palpitante y el secreto latente de su propia necesidad. —Cedric y Charles Larsen. Parecen que no tienen nada que hacer que vienen hasta acá ¿A quien buscan exactamente? Esos gemelos son altos y poderosos. Su presencia dominaba el ambiente, y sus lobos aullaban en sus pechos como si hubieran encontrado algo que llevaban toda su existencia buscando. Barkara pareció contener el aliento cuando los hermanos se miraron entre sí. —¿Lo sientes? —susurra Cedric. Charles respira profundamente y cerró los ojos. —Sí. Su instinto no mentía. Habían sido impregnados por un aroma desconocido pero no ven a nadie más. Los gemelos se movieron con sincronización perfecta, recorriendo el lugar con la mirada. Algo aquí les llamaba, algo los atraía como si una fuerza invisible tirara de ellos. Barkara cruzó los brazos y los miró con desdén. —¿Ahora qué quieren ustedes? Cedric la ignora y continua escaneando el lugar. Charles frunce el ceño, con su mandíbula tensa. —Hay un olor aquí… algo diferente. El corazón de Maeva latía con fuerza bajo el suelo, mientras se autocomplacia. Él solo hecho de escuchar aquellas voces la quemaban. No. No podían encontrarla. No entendía qué significaba todo esto, pero su cuerpo reaccionaba a esos dos extraños de una forma que no podía explicar. De repente, Charles se movió con rapidez, caminando en línea recta hacia las barricas. Maeva está a escasos metros. Ella se muerde el labio para no hacer ruido pero en ese momento la atraviesa la llegada de su orgäsmö. Ella muerde el borde de la tela de su vestido. —¡Mmm! —un gemido ahogado. Su respiración era errática, su pecho subía y bajaba con desesperación. Pero entonces, Barkara se interpuso en su camino. —No tienes nada que buscar aquí, Larsen —gruñe la mujer. Cedric se detuvo a su lado y frunce el ceño. —Hay algo aquí, Barkara. Lo sabemos. Llevas otro aroma además del tuyo. —No sé de qué hablas —responde ella con frialdad—. Ahora, si terminaste de olfatear como un perro perdido, fuera de mi bar sinó vienen a beber. Los gemelos se miraron por un largo segundo. Charles entrecerró los ojos. —¿Por qué tu bar huele tanto a cerveza hoy? ¿porqué llevas ese olor que no es tuyo? Barkara arqueó una ceja. —Porque lo es. Un bar. ¿Qué esperabas que oliera? ¿A flores? Les digo que se me resbaló una barrica. ¿De qué olor hablas? Cedric apretó la mandíbula, pero no insistió. Sin embargo, sus ojos se oscurecieron al inclinarse un poco y captar un rastro de algo más. En el sillón había un rastro. Su lobo interior rugió. Era ella. Lo sabían.
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