Maeva se mantuvo inmóvil en el compartimiento oculto bajo el suelo del bar, su corazón martillando con tanta fuerza que teme que los recién llegados puedan oír.
Desde la rendija del escondite, vio las botas de Bakara moverse con calma, pero su voz no mostraba la misma tranquilidad.
—Vaya sorpresa tener a sus majestades aquí. ¿En qué puedo ayudarlos, Cedric, Charles?
Las pisadas de los gemelos resonaron en el suelo de madera.
—Olimos algo… inusual —responde Cedric, con su voz grave y afilada como una cuchilla.
—Un aroma desconocido además del tuyo—añade Charles, con una intensidad que hela la sangre de Maeva.
Barkara suelta un resoplido, fingiendo indiferencia.
—Ah, sí… debe ser porque me enfrenté a un grupo de mercenarios hace un rato. Se estaban metiendo en mi territorio y tuve que hacerles entender quién manda aquí.
Hubo un silencio tenso antes de que uno de los gemelos hablara de nuevo.
—¿Mercenarios?
—Sí, de esos que creen que pueden hacer lo que quieran —responde Barkara, moviéndose despreocupadamente—. Había varias mujeres entre ellos, así que tal vez por eso percibieron un olor distinto al mio.
—¿A dónde fueron? —pregunta Charles con frialdad.
—Hacia el sur. Se largaron tan rápido que ni tiempo me dieron de partirles la cara como se merecían.
Otro silencio. Maeva contuvo la respiración, sintiendo el sudor corriendo por su espalda y su frente.
De pronto, el sonido de unos pasos acercándose al compartimiento la puso en alerta. Alguien estaba caminando directamente hacia donde ella estaba oculta.
Cedric.
Maeva siente el peso de su presencia encima, esa aura de depredador, aunque no podía verlo.
—¿Estás segura de que estás sola, Barkara?
Barkara ríe.
—No sé qué quieren insinuar, pero mi bar es mi santuario. No dejo que cualquiera se meta aquí. No me metería en problemas con la ley
Maeva siente cómo el aire se vuelve más espeso, como si el lobo dentro de Cedric intentara atravesar la mentira de Barkara.
Pero entonces Charles chasquea la lengua.
—No hay tiempo para esto. Si los mercenarios van hacia el sur, hay que asegurarnos de que no traigan problemas. ¿Cierto hermano?
Hubo una pausa, luego un suspiro pesado de Cedric.
—De acuerdo. Pero si descubro que me mentiste, Barkara, no habrá lugar en este mundo donde puedas esconderte.
Los hermanos dieron un paso atrás.
—Volveremos —dijo Cedric con voz baja—. No te pierdas por ahí.
Barkara les sostuvo la mirada.
—Entonces tráiganme una botella de whisky cuando lo hagan.
Los gemelos salieron sin más.
Maeva se queda en la oscuridad, conteniendo el aliento hasta que finalmente escuchó el sonido de la puerta cerrándose.
Cuando la puerta se cerró y el sonido de los pasos de los gemelos se desvaneció en la distancia, Barkara esperó unos minutos antes de moverse. Caminó con calma hasta el compartimiento oculto en el suelo, se agachó y abrió la tapa con un crujido.
—Sal, niña.
Maeva se arrastró fuera del escondite con las piernas temblorosas y la respiración entrecortada. Su corazón aún latía con fuerza contra su pecho, sintiéndose sofocada por la adrenalina.
—¿Qué demonios me pasa? —susurra, abrazándose a sí misma.
Barkara la mira con seriedad.
—Estás reaccionando a ellos de alguna forma.
Maeva la mira con ojos aterrorizados.
—¿A qué te refieres? ¿quienes son ellos?
—Los gemelos Larsen. Cedric y Charles. —Barkara se cruza de brazos—De alguna forma has sido impregnada pero eso no te garantiza tu seguridad. Los gemelos Larsen… no son como los demás. Son feroces, fríos, implacables. Sus padres fueron asesinados hace años. Y se dice que fue a manos de humanos en tu reino.
El estómago de Maeva se revuelve.
—Eso no tiene sentido.
Barkara suspira.
—Sí, y eso lo hace peor. Si han sido impregnados con tu aroma, su instinto los obligará a buscarte… cuando se enteren que eres humana no te irá nada bien.
Maeva siente que su mundo se tambaleaba.
Esto no podía estar pasando.
Pero su propio cuerpo le decía lo contrario.
Porque ahora que los gemelos se habían ido, se sentía… vacía. Como si una parte de ella también se hubiera ido con ellos.
Maeva mira a Barkara con los ojos muy abiertos.
—¿Por eso me escondiste?—pregunta, con la voz más firme de lo que realmente se sentía.
Barkara cruza los brazos y la mira con severidad.
—Asi es. Porque si te hubieran encontrado, habrías muerto en este mismo instante. Ellos odian a los humanos.
Maeva siente un escalofrío recorrer la espalda, mientras él estómago se hunde.
—Estoy en problemas.
— Así es. Desde entonces, cualquier humano que se cruce en su camino… desaparece.
Maeva siente que el pánico la envuelve como una manta helada.
—¿Entonces… si descubren que soy humana…?
—No vas a vivir para contarlo —sentencia Barkara, con su mirada severa.
Maeva traga saliva, mientras su mente está trabajando frenéticamente para encontrar una salida.
—¿Porqué me ayudaste?
—Por que una vez fui salvada por un humano. Ya pagué mi deuda contigo.
—Entonces, ¿qué hago? No puedo quedarme aquí.
—No, no puedes —confirma Barkara—. Y tampoco puedes quedarte en la ciudad.
Se gira y chasquea los dedos. Un hombre alto y robusto, de cabello gris y mirada imperturbable, aparece desde la trastienda del bar.
—Hugo te llevará a un lugar seguro.
Maeva mira al hombre con desconfianza.
—¿A dónde?
Barkara la mira con seriedad.
—A la cabaña de mi padre, en la cima de la montaña.
Maeva frunce el ceño.
—¿Tu padre?
—Él sabrá qué hacer contigo.
Maeva no tuvo más opción que aceptar.
Hugo le hizo un gesto con la cabeza, indicándole que lo siguiera. Maeva respira hondo, con su mente aún llena de dudas y miedos, pero sabía que quedarse no era una opción.
Y así, con el corazón latiendo con fuerza y la incertidumbre oprimiéndole el pecho, sigue al hombre fuera del bar, adentrándose en la noche oscura.