Maeva temblaba violentamente, abrazándose a sí misma mientras el frío nocturno le mordía la piel.
La brisa helada silbaba entre los árboles, y sus pies descalzos ardían con cada paso sobre la tierra húmeda y llena de piedras afiladas.
Hugo, que camina unos pasos adelante con su porte imponente, se gira y la observa con el ceño fruncido.
—No durarás mucho si sigues así. Eres débil.
Sin más preámbulos, se quitó la pesada capa oscura que cubría sus hombros y se la tendió. Maeva vaciló, pero el viento helado la hizo olvidar su orgullo. Tomó la capa con manos temblorosas y se envolvió en ella, sintiendo de inmediato el calor del tejido grueso y el leve aroma a bosque impregnado en la tela.
—Gracias… —susurra—¿a dónde vamos?
—A la montaña Meidor.
—¿Está muy lejos?
Hugo no responde. Simplemente sigue caminando.
La travesía continua en un agotador silencio. La subida por la montaña Meidor se volvía cada vez más empinada, y Maeva sentía que cada músculo de su cuerpo gritaba de dolor. Sus pies descalzos estaban adoloridos y entumecidos, pero se obligó a seguir adelante. No tenía otra opción.
Después de una hora de caminata cuesta arriba, fuera de la ciudad,, finalmente vislumbraron una cabaña de madera enclavada entre los árboles. Un tenue resplandor anaranjado escapaba por la ventana, proyectando sombras danzantes sobre la nieve.
Hugo golpea la puerta dos veces con firmeza y, sin esperar respuesta, la empuja para entrar.
El interior estaba cálido, impregnado del aroma a leña quemándose en la chimenea. Frente al fuego, un anciano de barba espesa, y canosa alza la mirada con sorpresa al verlos.
—¿Qué demonios…? —murmura, entrecerrando los ojos al notar la figura envuelta en la capa de su sirviente.
Maeva apenas pudo mantenerse en pie.
—Tu hija la envía, no se que problemas está metida —dice Hugo con seriedad.
El anciano se levanta lentamente y camina hacia ella. Sus ojos dorados la recorrieron con detenimiento.
—No eres una loba…
Maeva traga saliva, sintiéndose expuesta bajo su escrutinio.
—No…
Él frunce el ceño.
—¿Cómo llegaste aquí?
Maeva quiso responder, pero sus piernas cedieron. El cansancio y el dolor la vencieron.
—¡Cuidado! —exclama Hugo, atrapándola antes de que tocara el suelo.
El anciano suspira y niega con la cabeza.
—Primero la curaremos. Luego hablaremos.
Se agachó y tomó sus pies con delicadeza. Maeva apretó los dientes al sentir la punzada de dolor. Su piel estaba enrojecida, con algunas heridas abiertas por el roce con las piedras.
El anciano sacó un frasco de una repisa y vertió un líquido refrescante sobre las heridas. Maeva siseó por el ardor, pero pronto la sensación cambió a una tibieza reconfortante.
—Esto ayudará.
Vendó sus pies con firmeza, asegurándose de no apretar demasiado.
—Ahora dime, niña… ¿cómo llegaste a este mundo?
Maeva apenas pudo murmurar un “no lo sé” antes de que el agotamiento la venciera por completo. Su visión se oscureció, y su cuerpo, debilitado y adolorido, cayó en un profundo sueño.
No supo cuánto tiempo pasó. Solo sintió el calor envolvente de una manta gruesa, el aroma a leña quemada y el susurro del viento golpeando las ventanas. De ves en cuando su garganta sintió algo líquido resbalar por su garganta.
Cuando por fin abrió los ojos, la luz de la mañana entraba suavemente por las rendijas de la cabaña. Se incorporó con esfuerzo, sintiendo sus músculos entumecidos. La manta con la que la habían cubierto cayó a un lado, y por primera vez, pudo observar con claridad su entorno.
A través de la ventana, vio un grupo de niños pequeños jugando en la nieve. Corrían de un lado a otro con una energía desbordante, lanzándose bolas de nieve y rodando por el suelo entre risas.
Una mujer de aspecto amable se encontraba cerca de ellos, repartiendo pan y leche caliente en pequeños tazones de barro.
Maeva se sintió reconfortada al ver la escena tan cotidiana, pero su tranquilidad se rompió cuando los niños se giraron repentinamente y la vieron.
El aire pareció cargarse de algo indescriptible.
De un parpadeo a otro, los pequeños cuerpos cambiaron. Sus espaldas se curvaron levemente, sus brazos se alargaron, y su piel adquirió una capa de pelaje corto y denso. Sus manos se transformaron en garras, y aunque sus rostros seguían siendo infantiles, ahora tenían orejas puntiagudas y colmillos que asomaban entre sus labios.
Maeva se queda paralizada.
Los niños la observaban con curiosidad, como si estuvieran midiendo su reacción. Luego, sin previo aviso, sus cuerpos volvieron a cambiar. En cuestión de segundos, el pelaje y las garras desaparecieron, y allí estaban de nuevo: simples niños con sonrisas traviesas.
—Bienvenida —dijo la mujer con suavidad, sin dejar de sonreír—. No te asustes.
Maeva tragó saliva, tratando de encontrar su voz.
—¿Qué… qué fue eso?
La mujer se acercó lentamente, con la calma de quien ha explicado lo mismo muchas veces.
—Esa es nuestra verdadera forma —responde—. Solo la mostramos ante aquellos en quienes confiamos.
Maeva volvió a mirar a los niños, quienes ya habían vuelto a su juego sin preocuparse por su reacción.
—Ellos… ellos eran…
—Metamorfos —la mujer completa por ella—. En nuestra naturaleza está la dualidad. Somos tanto lobos como humanos.
Maeva sintió su corazón latir con fuerza. ¿De verdad estaba en otro mundo?
Antes de que pudiera procesar lo que había visto, una voz grave y conocida la sacó de sus pensamientos.
—Te desmayaste por varios días.
Se gira y ve al anciano de la cabaña de pie en la entrada, mirándola con sus ojos penetrantes.
—Creímos que no despertarías.
Maeva sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Cuánto tiempo…?
—Cinco días.
Cinco días.
Maeva sintió que el mundo le daba vueltas.
—No puede ser…
—Hola soy Lysandra Volkov esposa de Einer Moon y madrastra de Barkara Moon. Él que te trajo fue Hugo Falkner amigo de la familia y socio de la taverna junto a Barkara.
El anciano avanzó hacia ella y se sentó en una vieja silla de madera frente a la chimenea.
—Ahora dime, niña —dijo con tono calmado—. ¿Estás lista para decirnos cómo llegaste aquí?
Maeva no estaba segura de querer saberlo. Pero tampoco tenía opción.