Guerra
Italia
La camioneta se detiene abruptamente frente a mi casa en llamas. No puedo ver nada más que el fuego rompiendo las ventanas y consumiendo todo lo que hay dentro, todos mis recuerdos, todo lo que he construido, toda mi vida.
Carlo intenta detenerme cuando salgo corriendo en dirección a mi hogar, pero lo derribo de un solo movimiento. No pienso en nada más que entrar al lugar y buscar a lo que más amo en mi vida: mi familia.
Mi esposa y mis hijos están ahí, debatiéndose entre la vida y la muerte en el maldito infierno que resulta de una guerra sin sentido. Escucho los gritos de mis hombres a mis espaldas, pero los ignoro. Lo único que puedo hacer es seguir corriendo entre las habitaciones para encontrarlos.
Siento los pasos de Carlo a mi espalda. Él es mi único y gran amigo, totalmente leal a mí. Y aquí está poniendo su vida en riesgo por mi familia y por mí.
Los gritos de mi pequeño Joe suenan más fuertes que el estruendo de la madera siendo consumida. Tanto Carlo y como yo nos guiamos por ellos, y entonces, llegamos a la habitación de huéspedes, esa en la que teníamos un pequeño refugio para situaciones como esta.
Mi corazón se acelera por la esperanza de pensar que todos están bien y protegidos en esa habitación, que mis enemigos no llegaron a ellos, que podré sacarlos sanos y a salvo de este infierno, y después, protegerlos con mi vida, para que nunca volviera a pasar esto. Acelero el paso para encontrarlos.
Pero al entrar… Todo mi mundo se desmorona.
Mis ojos se abren en shock por la escena que tengo frente a mí. Mi pequeño Joe llora entre los brazos ensangrent4dos de Maddalena, su madre y mi esposa, quien está boca abajo, protegiendo con su cuerpo d3snudo y d3strozado a nuestro pequeño hijo.
Salgo de mi estupor, del terror de ver así a mi familia y con mi abrigo envuelvo a mi esposa, que lucha débilmente en mis brazos, aún piensa que está luchando contra esos malditos monstruos que la lastimaron.
—Estoy aquí, amore mio. Estoy aquí. Soy yo, tu esposo— trato de consolarla, de calmarla con suavidad. Quiero darle un poco de seguridad para que salga de la oscuridad y del terror que la embarga, pero puede escucharse perfectamente el temblor de mi voz. Ese temblor lleno de dolor y miedo.
Carlo toma a Joe y ambos corremos entre el humo que está cada vez más espeso para sacarlos. Al salir, mis hombres hacen todo lo posible por apagar el fuego, mientras que otros han preparado el auto y cosas médicas para atendernos. Este asunto es obra de Carlo, como siempre, listo para las emergencias.
Dejo a mi esposa a cargo de Gabriele, mi guardaespaldas y doctora personal. A pesar de que no quiero dejarla, tengo que hacerlo. Otro equipo está dentro buscando a mi hija y a la pequeña hermana de Carlo, tengo que ir por ella, por ellas.
—Encontraré a nuestra hija. La traeré a ti— le digo en un susurro al amor de mi vida.
Mi mirada fría se posa en mi guardaespaldas, quien asiente hacia mí y entra con ella en el auto para llevarlos lejos, a un lugar seguro. Otros dos autos se van con ellos para custodiarlos y que estén bien.
Entonces, corro de nuevo a la casa, mis hombres siguen buscando, pero es cada vez más difícil de seguir. La habitación segura está vacía, la habitación de color rosa de mi hija, también. Camino hacia el baño de su pequeña habitación y solamente encuentro sangre y su pequeña corona rota en el piso. Mi estómago se retuerce ante el miedo de que mi niña esté herida.
Grito por la impotencia, la rabia y el dolor, y salgo corriendo de su habitación para seguir buscándola.
Aún me falta el tercer piso, que parece es en dónde inicio el fuego porque es más intenso, ¡Es un maldito infierno!
—¡Peter! ¡No subas, la casa está por colapsar!— Carlo me grita con preocupación.
—¡Tengo que encontrar a mi hija!— digo con desesperación. Al llegar al piso superior, el fuego me impide seguir, intento entrar, pero me es imposible. Mi mejor amigo y dos de mis hombres me sujetan tan fuerte que no puedo soltarme.
—¡Tengo que encontrarla! — Grito y comienzo a pelear, pero mi desesperación me hace débil. Entre los tres me someten y me llevan abajo.
—La mia piccola figlia!
—¡Hija!
—La mia principessa!
Al llegar a la planta baja, logro soltarme de ellos y correr a las escaleras, antes de que pueda dar un paso más… Todo se derrumba. Puedo sentir el fuego quemando mi torso y mi pierna.
Carlo llega a mí y nuevamente, me toman entre los tres, ahora para rescatarme.
Mi respiración se hace más rápida y el dolor comienza a hacerse más fuerte, nublando mi vista. No es por mis heridas, lo sé.
Por fin, logran sacarme de la casa, hasta acomodarme sobre el suelo, lejos del caos.
—Está muy mal, necesitamos llevarlo al refugio. Necesitamos atenderlo…— Sus palabras se cortan cuando lo que quedaba de mi hogar explota y el fuego se levanta con una llamarada amarga, llena de muerte, hacia el cielo.
Mis pocas esperanzas de volverme a levantar mueren con ello. Mi hija está muerta, nadie sobreviviría a ese infierno.
—Perdón, la mia principesa— susurro con arrepentimiento, con decepción, con un fuerte dolor atravesando mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Todo lo que siento me rompe en mil pedazos.
Pero también, comienza a surgir una determinación feroz, el odio y una sed de venganza que jamás creí sentir. Desplaza todo lo bueno en mí, lo puedo sentir, puedo sentir que la oscuridad invade mi alma y no hay salvación para mí.
Los Bellomo sufrirán, la Gran familia de mafias… sufrirá.
Desataré una Guerra, aquella que nunca quise y ahora, me forzaron a llevar a cabo. No saben lo que les espera.
Tomaré lo que es mío y más, hasta tenerlos a todos bajo mis pies, arrodillados o destruidos, mientras que todos los Bellomo, arderán.
***
20 años después.
Italia
Los recuerdos del ataque me golpean con fuerza.
Esa noche acabó con mi fe, con mi familia que era mi corazón. Surgió de él un monstruo que dominó a cada pequeña mafia. Construyendo un legado de lealtad y terror, en Italia y en Estados Unidos, y mi refugio, Chicago.
Jamás pensé que un día mi corazón volvería a latir de amor, gratitud y esperanza como lo hace hoy. No me importa si lo puedo sentir por unos segundos o por lo que reste de mi tiempo en esta tierra; puedo morir tranquilo, incluso feliz. Sí, puedo hacerlo porque ahora, mi vida y mi muerte están en sus manos.
Volteo mi rostro por un segundo hacia Carlo, quien me da una mirada preocupada, y, a la vez, de orgullo. Asiento hacia él, para que sepa que no tiene que hacer nada por defenderme, que es libre, y también, como una señal de respeto, de orgullo y de agradecimiento de mi parte, para él, para mi mano derecha, mi hermano, y quien me ha protegido desde siempre. Aquel que también perdió a su hermana, Ottavia, en ese maldito infierno, hace veinte años. Carlo me regresa el gesto de respeto y como señal de que está aceptando su destino, morir o vivir junto a mí.
Regreso mi mirada hacia ella, a mi principesa, mi Giorgia Massino o debería decir, Mónica Bianco, exagente del FBI, quien después de enterarse de que soy su padre, vuelve a apuntarme con un arma.
Sí, es mi hija.
Ni siquiera puedo evitar que una sonrisa genuina escape de mis labios, puedo ver el fuego de los Massino en su mirada, en la seguridad con la que toma el arma, en el poder que recorre y emana de su cuerpo.
Sí, ella es mi principesa.
La mia piccola principessa della mafia
(Mi pequeña princesa de la mafia)