Celeste
Soplé el humo de la tasa sin querer mirar a nada ni nadie, o mejor dicho, sin querer mirar a Christopher.
- ¿Ya te encuentras más tranquila? – asentí con mi interés en la bolsita de té.
Aún sorbía mi nariz por haber llorado como nunca y sentía mis ojos como un par de bolsas pesadas. Mi plan de dejar la relación “jefe – empleada y nada más” fracasó, ahora no solo había aceptado el magnífico regalo de Christopher sino que sus palabras me dejaron en una encrucijada.
- Debería – aclaré mi garganta gangosa – hablar con Alessandro.
- Bueno, él se fue un tanto molesto con Beatrice por haberte maltratado así que creo que por ahora hay que dejarlo lidiar con su madre – suspiré - ¿Por qué no te defendiste? – preferí tomar de mi té que contestarle.
No podíamos hacerlo, siempre nos enseñaron a obedecer a tus mayores o sino … pagarías las consecuencias.
> Esta bien – habló después de unos minutos – no te voy a obligar a hablar, menos ahora que te estas calmando – asentí – te daré el día – ahí si lo miré – recuéstate, descansa y tomate el día para pensar – asentí.
- Gracias – sonrío por breves segundos.
- No tienes nada que agradecerme – clavó sus ojos en los míos.
Me debería felicitar por sostener su mirada mucho más tiempo que antes, pero tenía que romper ese silencio entre cómodo e incómodo a la vez, como el mismísimo hombre que dividió en miles de pequeños pedazos mis barreras me dijo, “paso a paso Celeste”.
- Iré a mi habitación entonces – asintió y ambos nos pusimos de pie - ¿Puedo poner el piano dónde yo quiera? – sonrío con orgullo.
- Claro, mi casa es tu casa Celeste – lo tomé y caminé a la mitad de la sala.
Allí donde estaba su inmenso piano, sobre la tapa puse el mío, tan diminuto y frágil al lado del suyo, pero con un significado igual de grande. Su cristal lavanda resaltaba en la madera negra, el pequeño banquito le daba un toque gracioso y mucho más tierno. De cierta forma era la viva imagen de lo que ambos éramos, un hombre con gracias, poder y dinero, talento y renombre, alguien grande protegiendo y sosteniendo una pequeña creatura hecha de vidrio, un creatura encerrada pero que al abrirse puede emitir una bonita vibra, una creatura que con el más leve golpe se puede astillar y ser imperfecta. Que contradicción, alguien grande y poderoso al lado de alguien tan … yo.
> Creo que es el mejor lugar – llegó a mi lado apoyándose en la tapa de su piano – le da vida al lugar – me miró sonriendo y yo le devolví esa sonrisa.
Hasta sus pensamientos se contradicen con los míos.
- Bueno yo – señalé mi cuarto pretendiendo huir y encerrarme en mi mundo un rato.
- Espera, ¿Puedo pedir un favor? – asentí – de caminó acá me llegó una inspiración – se acercó a la barra de la cocina y me entregó una carpeta – mis managers me están pidiendo un nuevo álbum y quiero que al menos una de las canciones tenga tu toque personal – abrí la carpeta leyendo las notas de la partitura - ¿Podrías revisarla?
- Pero … esto es demasiado importante – asintió.
- Obviamente nadie más debe saber sobre la existencia de esta nueva canción, en el mundo de la música existen – suspiró – plagio, robo y envidia, este álbum será muy importante, tengo el apoyo de muchos más seguidores, la realeza y compositores de un alto nivel, si tu nombre aparece en ese álbum las puertas del mundo se abrirán sin replique para ti – cerré la carpeta con la intención de negarme – y no acepto un no por respuesta.
- No soy experta y – se río.
- Creo que eres mucho más experta que yo – negué.
- Christopher, si ven que estas relacionado con una – me cortó.
- Te dije que pararas de menospreciarte – me mordí el labio inferior – digamos entonces que es una orden – alcé una ceja y el sonrío arrogante.
- ¿No que no me ibas a tratar como tu empleada?
- Depende de la situación – tosió para ahogar una risa – ahora – puso sus manos en mis hombros y me volteo para empujarme a mi habitación – tu solo obedece y ya está – paramos en la puerta y me voltee para protestar – esto te favorece, debes empezar a agarrar las oportunidades que se te presentan, así podrás en algún momento salir de tu caparazón y sorprender al mundo con la magnitud de tu ser – acarició mi mejilla como solo él lo ha hecho – aunque no todos sean dignos de apreciarte – bajó su mano – descansa – y con un guiño me dejó ahí, en la puerta de mi habitación y con un tesoro en mis manos.
- Virgen Santísima – suspiré.
Definitivamente necesitaba un descanso, no solo por la migraña al llorar y hacer fuerza con los músculos de mi cabeza sino también porque necesitaba obligadamente que la inspiración para tocar volviera a mí, aunque al recordar el pequeño objeto valioso que Christopher me regaló y sus palabras al decirme que soy su musa se iluminaba el foco y las notas más melodiosas venían a mí como una cascada que acaba de descongelarse.