—Ahora sí que perdiste el juicio, abogado —le dije a Fernando, zafándome de su agarre en un movimiento ágil de ex bailarina de ballet, y salté de mi improvisada cama. Lejos de alegrarme su propuesta de que me fuera a vivir con él, lo que hizo fue enojarme. Yo sentía que con eso me estaba diciendo que yo era una pobretona a la que él quería darle una buena vida solo para que le tuviera hijos, como es el caso de muchos magnates con sus esposas. No me he codeado con la alta sociedad todavía, pero algo pude ver en esos pocos años en que mi padre tuvo dinero, y fue que los hombres adinerados tenían esposas que ni siquiera tenían un título de carrera técnica, todo por ese orgullo varonil de tener una mujer que no fuera igual o superior a ellos, que no tuviera nada propio, ni que su familia las

