Fernando y yo bailamos hasta cuando la fiesta terminó a las tres de la mañana. Él resultó ser un buen bailarín, mejor que yo inclusive. Mis carcajadas y las de él se mezclaban entre el ritmo de la salsa y el merengue, y todos nos observaban como si no pudieran creer que El Tiburón, ese que se había mostrado tan serio y sin sentimientos en estos años que llevaba ejerciendo como abogado y CEO, ahora fuera el mismo que se mostraba tan feliz en la pista de baile. Cuando la fiesta terminó y todos se empezaron a ir para sus casas —y algunos alquilaron suites en el hotel para pecar—, Fernando y yo subimos a la azotea del hotel, en donde la única luz era la proveniente de la piscina y de la luna. Yo me había quitado mis tacones hacía horas para bailar más cómoda, y Fernando también se había

