Capitulo 7

2140 Palabras
7   Desperté llorando otra vez. El dolor en mi pecho se sentía tan arraigado que me había hecho saltar en mi lugar. Comencé a sollozar y no me importaba ser escuchada. Dolía, dolía demasiado. Se había ido, Aza se había ido y me había roto el corazón en pedazos. Me aferré a mis piernas, ocultando mi rostro entre ellas. —¿Por qué, Aza? —dije en voz alta. Estaba comenzando a creer que podría ser cierto lo que estaban diciéndome. Habían pasado días y no había recordado nada más, fue como si luego de recordar cómo él había terminado conmigo, mi mente entera se bloquease. Desde que ese recuerdo entró en mi mente, lo veía en mis sueños y despertaba angustiada por ello. Definitivamente ya había aceptado la realidad, me había costado horas y horas de razonamiento, pero lo había aceptado. Acepté que perdí un año entero de mi memoria, aunque el cómo fuese dudoso, acepté el no recordar cómo conocí a mi crush junto a todos los momentos y cosas que me llevaron a enamorarme verdaderamente de él, que él me correspondiera y tuviésemos una relación aceptada por mis padres, pero que luego evitaron que yo lo recordara. Acepté que varios de los sueños que llegué a tener en esos meses, sueños en los que estaba con Azarías, pudieron ser realmente recuerdos. No sabía qué hora era, no me importaba tampoco. Todos me habían mentido, mis padres, Azarías. Estaba tan enojada con cada uno de ellos que empeoraba la situación. Con mis padres por no ayudarme a recordar, por ocultarme todas las fotos y objetos que pudieron llevarme a hacerlo. Con Azarías, por no acercarse a mí en el tiempo en el cual se mantuvo solo viéndome a la distancia, estaba tan enojada con él por hacerme vivir en una mentira los últimos meses, por privarme de aquellos momentos juntos, que sin importar lo que nos llevó al punto de alejarnos así y conducirnos a este punto, yo tenía el derecho de recordarlo y tomar mi decisión de qué hacer con ello. Pero más que ese motivo, tenía otras razones por las que estar angustiada, triste y frustrada, me habían secuestrado. Mis padres no sabían dónde estaba y me destrozaba pensar en el momento en el que mi padre había llegado a buscarme y yo no estaba a la vista. Estaba casi segura que había llamado a mi celular y yo no había contestado, seguro fue allí cuando se dio cuenta que algo no iba bien. Me habían sobreprotegido durante todo el año para nada, sus esfuerzos habían sido en vano, igual me habían llevado justo en sus narices. No los culpaba solo me sentía patética. Ellos habían hecho todo cuanto pudieron por mí, se mudaron de ciudad cambiando su vida entera solo por mí, pero yo seguía siendo una carga más difícil de llevar de lo que pudieron imaginar. Quería pedirles perdón a mis padres por complicar tanto su existencia, quería decirles que agradecía todo su trabajo, y que me perdonaran por haberme enamorado de un hombre con un gran problema… pues eso era lo que había pasado. Anhelaba un abrazo de mi mamá, anhelaba que acariciara mi cabello y me dijese que todo estaba bien. Anhelaba que fuese ella abrazándome y no este terrible frío que parecía congelarme hasta los huesos, dejándome aún más indefensa sin nada más que mi propia ropa para abrigarme. Anhelaba sujetar su mano para aliviar el dolor. La soledad comenzaba a calar por los lugares más poblados de mi mente, acabando con cada estructura a su paso, derribando cada muro construido con éxito a lo largo de veinte años de mi vida. Tres días, había calculado o eso creía, sin ver más que cuatro paredes. Sabía cuándo anochecía por una pequeña ventana casi al final de la pared contraria a la puerta, que según lo que me indicaba ahora, era muy tarde en la noche. Quería mantenerme fuerte, quería pensar que esto acabaría muy pronto y en menos de lo que podía contar estaría en casa, pero eso era una cruel mentira, algo me decía que esto tomaría mucho tiempo. El frío hacía su trabajo de noche y de día, al igual que la oscuridad de la habitación, debilitándome más que los rugidos de mi estómago vacío. Solo tenía agua que dejaban al lado de la puerta, seguramente cuando estaba dormida. Sabía que limpiaban mis heridas también, no obstante, me sentía muy débil, mareada, me costaba tanto mantenerme consciente que no estaba segura cuándo estaba despierta, ni siquiera el olor putrefacto de mi propio vomito me era indicador pues ya me había acostumbrado en cierta forma al hedor. Rodé en el suelo una vez más intentando mantenerme inconsciente, quizás si estaba dormida esta pesadilla acabaría pronto o al menos moriría sin notarlo y fue cuando escuché que la puerta rugió débilmente a mis espaldas. Todos mis sentidos se pusieron en alerta despertándome por completo, observé sobre mi hombro esperando que no fuese una ilusión lo que estaba viendo, la puerta estaba abierta a todo lo que podía dar dejando entrar una tenue luz en la habitación. Me senté y observé atentamente esperando que Cóndor hiciera su repentina aparición o que Sasha caminara hasta mí, pero no ocurrió ni una cosa ni la otra en los minutos que esperé. Quizás de alguna manera aquella era mi oportunidad para salir de allí, quizás alguien se había descuidado o alguno de los seguidores de Cóndor se había apiadado de mí y quería dejarme en libertad, pero algo muy dentro de mi sabía que no era eso lo que estaba ocurriendo. Decidí colocarme de pie, lo cual tomó mucha de mi energía debido a la debilidad, tomando en cuenta que la herida de bala no había sanado lo suficiente. Una ola de aire frío entró en la habitación indicándome que algo definitivamente no andaba bien, algo estaba sucediendo y no era precisamente bueno. Había silencio en todo el lugar, un silencio tan extremo que aturdía. Sin embargo, había una necesidad punzante dentro de mí, la necesidad de salir de ese horrible cuarto y de ese terrible encierro que me estaba destruyendo. No fui exactamente consciente de los pasos que di para llegar a la puerta, pero estaba aterrada, lo que aumentó para el momento en el que me sujeté al marco de la puerta y observé que el lugar estaba prácticamente a oscuras de no ser por unas cuantas velas en algún lugar. Miré hacia mi derecha y distinguí una antorcha encendida al lado de la puerta como si estuviéramos en algún siglo pasado, observé un poco más allá y pude encontrar unas escaleras a unos cuantos metros. Mi boca estaba tan reseca que no encontraba mi voz y no me sentía lo suficientemente valiente como para decir algo y ser escuchada. Mi instinto me indicaba que algo no andaba bien y un sonido como de algo arrastrándose sonó a mi izquierda, así que con mi respiración terriblemente agitada giré la cabeza con lentitud. Todo se detuvo durante un instante, mis pensamientos, mis sentidos, el tiempo, mi corazón. Alguien estaba de pie al final de pasillo, una máscara de cerdo cubría toda su cabeza, su ropa era andrajosa y lo que parecía una gran pala de construcción colgaba de su mano. Arrastró tan solo un poco la pala sobre el suelo cuando entonces grité como nunca lo había hecho en mi vida y comencé a correr al momento en el que este dio su primer paso. Las escaleras estaban perfectamente colocadas en la dirección contraria al cerdo por lo que la adrenalina hizo su función llevándome a ellas, pese al cojeo de mi pierna. Comencé a bajar los escalones de dos en dos sin mirar atrás, los ruidos extraños que él hacía ya estaban llevándome al borde de lo inimaginable. Llegué al final de la escalera y sin pensar demasiado, decidí tomar el pasillo derecho para seguir huyendo cuando al final de este, en la esquina otra extraña figura se formó. Era un macabro payaso con un globo azul cielo en su mano izquierda.  Mi mente no tardó en recordar a las historias de los payasos asesinos que aterrorizaron a Estados Unidos por segunda vez en su historia, en el año dos mil cuarenta y dos. Mirando a mi izquierda estaban las escaleras por donde el cerdo se hizo visible a la mitad del camino. —¡No! ¡Ya basta! El miedo intentaba destrozar cada parte de mi razonamiento y corrí hacia el pasillo contrario al payaso, consciente de que ahora eran dos los que me perseguían. No sabía de dónde había aparecido la fuerza que necesitaba para correr, pero se estaba comenzando a desvanecer para el instante en el que doblé una esquina y visualicé de reojo a los dos espectros caminando palmo a palmo y con rapidez hasta a mí. Debía enfocarme en la tenue luz que me estaba dando la bienvenida y no en el hecho de que los dos siniestros parecían gigantes en comparación a mí, en tamaño. Una oleada de frío me abofeteó y supe que estaba en un jardín. Miré a todos lados y seguí mi camino a través de un pasillo de arbustos a la izquierda. Luego de unos cuantos metros, miré hacia atrás y parecía que había perdido a mis perseguidores, sin importar eso, me escondí detrás de una gran estatua vieja de cemento. Intenté controlar mi respiración, pero ya estaba en completo estado de pánico, mis manos temblaban y las lágrimas tenían mi vista nublada. —Isobell, ¿dónde estás? ¡Ven a jugar! El payaso me llamó como si fuese un niño, entonando cada palabra y alargándola al final, desde algún lugar del jardín, no muy lejano ni cercano. Una exhalación aterrada salió de mis labios, todo estaba a penas iluminado por la luz de la luna y un payaso asesino junto a un cerdo gigante con una pala me estaban persiguiendo. Me agaché por instinto, llevé las manos a mi cabello, el payaso se estaba riendo y el cerdo estaba haciendo sus sonidos. Lo que me estaba destrozando era que no sabía si estaban lejos o si estaban cerca, la adrenalina no especificaba si me acompañaba o no. Yo solo quería a mi mamá y a mi papá, quería estar en casa y quería saber toda la verdad acerca de Azarías. —¡Boo! Mi gritó me aturdió, salté de mi lugar, justo a mi derecha el payaso me sonreía con malicia. —A mí me gustan las escondidas, pero a Pinky no — señaló detrás de él al cerdo que aparecía con una sierra eléctrica en sus manos— ni mucho menos a Cho — entonces el cerdo con la pala de construcción salió a mis espaldas. Eran dos cerdos y un payaso. Corrí de nuevo por el lado que tenía libre, no quería darme por vencida o más bien era mi sentido de preservación. Miré en todas direcciones sintiendo los pasos de los psicópatas a mis espaldas. —Yo quiero su cabeza —cantó el payaso y la sierra se encendió. No conseguía más que sollozar y casi tropezarme con las estatuas y arbustos en mi camino. Me sentía perdida y acorralada para cuando al final de pasillo me encontré con una pared. A mis espaldas, los tres se detuvieron uno al lado del otro, yo solo grité. —¡Ya basta! ¡Por favor! ¡Déjenme en paz!  Comenzaron a caminar tan lento hacia a mí que solo lo hacía más escalofriante. Me giré y miré hacia arriba la altura de la pared, ni de chiste conseguiría saltar, medía al menos tres metros, debía aceptar mi destino. —No dolerá mucho —anunció el Payaso y los cerdos concordaron en una extraña risa. Pero entonces mi visión se detuvo en una luz que estaba suspendida sobre la pared, parecía estar levitando y daba la impresión de ser un reflector. Algo en mi mente encajó. Cóndor me había dicho que me haría sufrir y que grabaría el proceso. Solo estaba proyectando un escenario para confundirme. Me giré hacia los espectros y aunque estos parecían bastante reales y daban la impresión de estar a unos pocos metros de mí, sabía que no eran reales.   —¡Ya basta, Cóndor! — grité mientras me dirigía a paso rápido hasta mis perseguidores — ¡Sé que esto es un Montaje! ¡Sé que solo me estás grabando, desgraciado! Recordaba los Montajes, había estado en un par, no eran más que ilusiones creadas por reflectores y sensores que te hacían creer que estabas en determinada situación cuando solo estabas caminando como estúpido en una habitación verde y con una gargantilla en el cuello que se conectaba a tu cabeza, que te permitía sentir los objetos. Los Montajes se hicieron más populares en el año dos mil cuarenta y dos, cuatro años atrás. Quitarse el collar no era opción pues este estaba adherido al cuero cabelludo y solo podía ser retirado con un líquido especial, así que, si mal no recordaba, el Montaje se acababa cuando tocabas a un Intérprete, el cual no era más que otro ser, humano o animal, creado para existir en la ilusión. Extendí mis brazos con ira en dirección al pecho del payaso esperando traspasarlo y acabar con todo aquello. Un escalofrío recorrió mi espalda y mi mundo se fue abajo. Me encontré con un pecho firme debajo de las palmas de mis manos.  
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