Capitulo 18

2243 Palabras
18 —Esto duele demasiado — se quejó Donnelle y yo coincidía con ella. La música había dejado de sonar, era la cuarta vez, así que pude entender, que nos estaban dando entre cuarenta y cuarentaicinco minutos de música por siete segundos de descanso. Lo que resultaba en una tortura completa. Yo ya no tenía fuerzas para quejarme, me había limitado a acostarme en el suelo y resistir la agonía que recorría mi cuerpo. La luz se encendió por primera vez en todo ese tiempo, lo que lastimaba mis ojos, luego la puerta se abrió de un golpe. Enfoqué mi vista y pude notar a Cóndor caminando a nosotras con extrema rapidez y fue allí que la adrenalina me recorrió lo suficiente para sentarme. —¡Si por un segundo creíste que tu hermano podría librarte de mí, estás equivocada! Su grito fue tan fuerte que removió mis entrañas. Sin embargo, no tuve mucho tiempo de enfocar mi vista o reaccionar mejor, cuando Cóndor lanzó un golpe al rostro de Donnelle. —¡No! ¡ya basta! —logré gritar. Él enfocó su mirada en mí. —Vas a sufrir, vas a sufrir demasiado — espetó. Y entonces lanzó una patada a mi pierna derecha, justo en la herida. Me mareé. —¡Tú eres quien va a pagar por todo! — esa fue Donnelle. Pude verla tomar a Cóndor por la espalda y lanzarlo de un tirón contra el suelo. La chica tenía habilidad, sin embargo, a los guardias no les dio mucha gracia. Inmediatamente se lanzaron sobre ella dos sujetos. Yo comencé a levantarme a toda la velocidad que mi cuerpo permitía. Mi cabeza se fue a n***o. ¡Estaba harta de sentirme así de impotente! ¡De estar así de débil! Donnelle luchaba por mantener el equilibrio debido al disparo en su pie, así que en cuanto uno de los tipos se acercó, ella lanzó un golpe contra su rostro, pero fue muy fácil para el hombre devolverle el golpe a la boca de su estómago y hacerla caer. A fin de cuentas, acababa de terminar una tortura y su cuerpo no tenía suficiente energía o equilibrio. —¡Van a sufrir juntas! — Cóndor me empujó contra la pared — ¿se aprecian mucho? ¡Porque morirán juntas! Clavó sus uñas en la piel de mis brazos y luego comenzó a arrastrarme. Puse resistencia, pero caí al suelo por la estúpida debilidad. Donnelle cayó de rodillas al suelo para luego ser tomada por ambos brazos por dos sujetos. —¡Rápido! ¡No tenemos mucho tiempo! — exigió Cóndor — Quiero meter las sirenas al agua. Nos arrastraron por muchos pasillos. Donnelle y yo intentábamos librarnos de nuestros atacantes, pero era misión imposible. La llevaban a mi lado, prácticamente. —Estaremos bien — intenté animar. Ella sonrió triunfante. —Bell, ya nos han encontrado. Fui allí que entendí las palabras de Cóndor completamente, por eso tenía la reputación de ser lenta para captar ciertas cosas. Un alivio y felicidad recorrió mi cuerpo, ya venían por nosotras. —Ya vienen — reí emocionada. —Ya vienen — repitió riendo también. Debíamos parecer locas. Salimos de la bodega en la que estábamos, el frío aire de la noche entró por mis heridas haciéndome estremecer. Miré al cielo, seguro no faltaba demasiado para que saliera el sol, no faltaba mucho para poder salir de aquí y ver a Aza de nuevo. —Rápido, rápido — exigió Cóndor frente a nosotras. Entramos a otra bodega de metal, y no sé si era por el frío que acababa de sentir, pero daba la impresión de que el ambiente era más pesado. Nos detuvimos justo en medio del lugar y pude observar mejor. Justo a unos pocos metros de nosotras se encontraba una especie de caja de cristal gigante, pero faltaba la pared que quedaba frente a nosotras. —Estuve planeando esto a detalle — Cóndor regresó a su personalidad de niño eufórico —, no crean que realmente me desestabiliza el hecho de que me hayan encontrado por segunda vez. —Pero aun así te desconcentra — espetó Donnelle. Uno de los hombres pateó la parte trasera de sus rodillas mandándola al suelo. —Cambia mis planes — respondió él caminando frente a ella —, pero tengo mis reservas. Hizo un movimiento con las manos y entonces los hombres nos arrastraron en dirección a las tres paredes de cristal. —¡Él sentirá lo que es perder a dos mujeres que amas con locura! — gritó caminando detrás de nosotras — ¡Sentirá lo que es no poder hacer nada por salvarlas! ¡Sabrá lo que yo sentí! —¡Pero él no mató a tu familia! — grité yo esta vez — ¡No tienes por qué hacer esto! ¡Él no fue quien las mató! Él avanzó hasta mí con odio impregnado en su rostro. —¡Fue su padre! — gritó llevando una mano hasta mi cuello. Sentí la presión de sus dedos contra mi piel que se clavaban cortándome el aire. —¡Su padre me buscó durante mucho tiempo! ¡Sus hijos estaban por nacer cuando me encerró por primera vez! Llevé mis manos a las suyas en un intento por apartarlas. Sus ojos saltones parecían querer traspasarme como si fuese un cuchillo. —Escapé y no pudo dejarme en libertad, él volvió a buscarme y en esa encrucijada murieron mi hija y mi esposa. Ahora escuchaba su voz más lejana, puntos rojos aprecian en mi visión. —Juré vengarlas en cuanto las vi morir — habló con más suavidad —, pero entonces, uno de mis hombres lo mató. Y allí me lanzó contra el suelo. Tomé una gran bocanada de aire que llegó a mis pulmones tan rápido que quemó. —¿Te suena la historia, Donnelle? ¡Uno de mis hombres mató a tu padre! —¡Pero él no mató a tu familia! ¡Fuiste tú! ¡Fuiste tú por meterlas en un mundo de perdición contigo! Escuché un impacto y miré en su dirección. Ella estaba en el suelo, la había golpeado también. —¡Tú hermano te verá morir! ¡Las verá morir a las dos! ¡Y tú sufrirás a causa de mi venganza a tu padre! Para cuando Cóndor terminó de hablar, él y sus hombres se encontraban lejos de nosotras. Un sonido seco y luego continuo se escuchó y pude fijarme que se trataba de la pared restante subiendo rápidamente frente a nosotras. —¡No! ¡Basta ya! — gritó ella colocándose de pie para luego correr hasta el cristal. Pero este subió tan rápido que llegó en cuanto ya pasaba la altura de su cabeza. Estábamos encerradas. —Es una pecera — afirmé colocándome de pie. —¡Eres un desgraciado! Y al verle reír al otro lado del cristal, la rabia me inundó también. —¡Van a encontrarte! ¡Ya no tienes escapatoria! ¡Vienen hasta aquí y ya lo sabes! — espeté golpeando el cristal con todas mis fuerzas. Cóndor se acercó a nosotras colocando su mano sobre la pared transparente que nos separaba. —A mí me van a atrapar, es cierto, van a volverme a encerrar — dijo con una gran sonrisa de felicidad—. Pero al menos habré logrado mi venganza, matándolas al fin. Porque si bien no queda tiempo para que yo escape, queda tiempo de sobra para que ustedes mueran. Entonces una tapa se colocó sobre nosotras y el pánico amenazó con apoderarse de mi cuerpo. Agua comenzaba a caer a través de unas rendijas a nuestros costados. —No solo van a ahogarse — indicó Cóndor con fuerza —, sentirán que el oxígeno se les acaba rápidamente pero no lo suficiente, porque pirañas entrarán en acción justo en ese instante. El agua ya me llegaba a los hombros y ascendía con velocidad. Si algo nunca aprendí muy bien, fue a nadar. —Hay que intentar romper el vidrio — Donnelle comenzó a golpear. —Donnelle… —Quizás podríamos encontrar un punto débil. —Donnelle, no — la tomé por los hombros —, no se puede, para eso está diseñada. Ella me observó por varios segundos antes de acceptarlo. —Lamento tanto todo esto, lamento tantas cosas, si pudiera volver el tiempo te dejaría fuera de esto, no lo mereces — sollozó ella a mi lado. Yo apreté sus manos con más fuerza, estábamos cerca la una de la otra y no nos habíamos soltado desde que el agua había comenzado a caer. —¡Ya basta con eso! — le exigí — ¡Eres mi familia! ¡Estamos en esto juntas! Parecía como si una ola nos hubiese golpeado de forma sorprendente. Tragué un poco de agua, mi cabeza se hundió dentro. Luego sentí que Donnelle me jaló a flote. Escupí el agua, tosí y respiré. —Creo que necesitas aprender a nadar — bromeó ella. Yo la miré con tristeza. —No creo que haya tiempo para eso. —¡Basta con eso! — imitó mi voz — No sé cómo, pero saldremos de aquí. Yo la miré, ambas estábamos destrozadas, el pánico estaba presente. Mis pies dejaron de tocar el suelo y los movía de un lado a otro intentando mantenerme a flote, pero no sabía ni podía hacerlo bien, mi pierna no ayudaba. Otra ola nos golpeó. Al menos yo lo percibía así y solté el agarre de Donnelle. Desde el momento en el que identifiqué la pecera, supe que era mi diseño. En una de mis clases de Arquitectura, yo diseñé esta caja de cristal, que era para un show en un acuario, el agua entraba rápidamente a cabina con juegos de luces, y una vez que estaba a tope, los peces o animales que quisieran colocar, entrarían fácilmente por una compuerta. Así que supe perfectamente que no había escapatoria, el vidrio no se rompería por la presión del agua. Abrí mis ojos bajo el agua e hice todo mi esfuerzo por subir a la superficie. Lo logré. —¡Allí estás! — exclamó Donnelle. Nos sujetamos de nuevo. Hacía mucho frío, el agua estaba helada y ya era evidente en el tiritar de los dientes de Donnelle. —Tus labios están morados. —Eso es bueno, así no tengo que usar labial — bromeé. Ella rio un poco. A ambas nos fascinaba el maquillaje. La caja debía tener tres metros de altura, ya faltaba muy poco quizás medio metro cuando ambas no pudimos evitar llorar. —Te quiero demasiado, Isobell — sollozó. —Y yo a ti, Donnelle, eres la hermana que nunca tuve — dije y me acerqué un poco más para abrazarla. Ella estaba cansada, lo sabía porque nos hundimos. —Lo siento — dijo al volver a sacarnos. —Está bien. —Azarías estará muy dolido por esto — susurró —, solo espero que recuerde cuánto lo amamos, y qué decir mi mamá. Le dolerá haber perdido a su esposo, luego a su hija y su nuera en el mismo día. Sacudí mi cabeza con un pesar en mi pecho. Ahora el espacio que quedaba solo permitía que nuestras cabezas sobresalieran. —¿Ahora la pesimista eres tú? — intenté animarla — Saldremos de aquí. Y allí el agua llegó a cubrir la mitad de mi rostro. Nuestras cabezas chocaban con el techo de la caja y tuvimos que inclinar nuestras cabezas hacia atrás para tomar un poco de aire. —Resiste — le indiqué yo. —Te quiero, hermana. —Ha sido hermoso volver a verte — y con esas palabras el agua cubrió todo apenas dándome tiempo para respirar. No tomé el suficiente aire, dudo que Donnelle lo haya hecho. El agua estaba terriblemente helada y entumecía mi cuerpo. La vi a ella bajo el agua, su mano aún no soltaba la mía, estábamos juntas en eso. Intenté levantarle el ánimo a Donnelle como ella había hecho conmigo. Sin embargo, una parte de mi estaba segura de que allí terminaría todo, una parte de mi lo aceptaba. Mis padres estarían desbastados, habían huido a otro país solo para mantenerme a salvo y no había funcionado al final. Me dolía pensar en lo decepcionados que se sentirían al darse cuenta que escogí quedarme con alguien que me condujo a mi muerte. Pero no era su culpa y ellos lo sabían, según lo que recordaba, ellos comprendían que ni Azarías o el resto de la familia Detroy, tenían la culpa. No llegaba a recordar su apellido verdadero, pero sabía que no era ese. No tendría la oportunidad de reclamar por qué nadie me dijo nada de Azarías, nadie me ayudó a recordar o por qué nadie me dijo que los sueños que tenía con él eran realmente recuerdos. Pero todos eran hermosos, pasara lo que pasara yo estaba segura de lo que sentía y más ahora. Dicen que ves la vida pasar frente a tus ojos cuando estás cerca de la muerte. Y así fue. Veía, no solo a Azarías, veía a su madre, a su hermana y a mis padres, a quienes amaba tanto. Amigos, nunca tuve demasiados, pero la chica pelirroja que había conocido en esta ciudad, era una de las mejores. Amaba a mis padres, pensaba en el dolor que sentirían al perderme y quisiera poder decirles lo que sentía. Que nunca me alejaría de ellos, que me mantendría cerca, que lo eran todo para mí, porque lo eran a pesar de que todo el secuestro girara en torno a Azarías. Y así, el oxígeno comenzó a faltar. Mi cabeza parecía que iba a estallar, abrí la boca de forma inconsciente en busca de un poco de aire, haciendo que el agua entrara a mi sistema. Intenté gritar. Mis brazos y piernas me hicieron sentir desesperada, eso sumado a la angustia de mi pecho era suficiente para volverme loca. Pero fue entonces cuando sentí algo punzante atravesar mi pierna que el pánico me inundó. Iba a morir allí. Una de las cosas que había olvidado y que más lamentaba, era que había conocido a Dios gracias a la madre de Azarías, ella me había enseñado tanto de la Biblia. Me alejé de Dios un año entero y no fui capaz de buscarle de nuevo. La agonía se precipitaba en todos lados. El frío del agua era como agujas atravesando mi piel, cada herida ardía y lo que desgarraba mi pierna eran como pequeños cuchillos. No pude resistirlo más. Solo esperaba que Dios se apiadara de mi alma y me perdonase por no haberle buscado a tiempo. Porque yo creía en él y en su hijo. Recordaba que ahora estaba dentro de mí porque así me lo enseñó mi suegra.
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