Capitulo 16

2258 Palabras
Hola!!! Al fin les traigo un nuevo capítulo, espero que lo disfruten. Ahora toca ver a Gilbert en acción :) Capitulo 16. Manuel cayó al piso y sus oídos zumbaron a causa del estruendoso sonido de un disparo, un fuerte boon y vio como la bala impactó contra la frente del hombre que lo sostenía. Por la oscuridad no lograba ver nada más allá de su metro cuadrado, pero no había que ser muy inteligente para deducir que todos a su alrededor estaban muertos, exceptuando su amigo mexicano. — ¿Están bien? —Se colocó en cuclillas quedando a la altura de Manuel—. Ahora sostienes una doble deuda conmigo—. Apuntó con la potente linterna el rostro del menor. No pudo responder, tampoco moverse, en respuesta a la potente luz apretó sus ojos con fuerza. Un hombre acababa de morir frente a sus ojos y se sentía tan jodidamente mal. El aroma a pólvora entre mezclado con el intenso aroma de la sangre inundaron sus fosas nasales provocándole unas insoportables náuseas. Con las pocas fuerzas que le quedaban apartó al prusiano de su lado, rápidamente volteó y vomitó. — Manu, ¿estás bien? —Pedro, preocupado frotó la espalda del menor. Se sentía tan culpable, el chiquillo tuvo que presenciar todo aquello por su culpa. —¡Estos críos de hoy en día no aguantan nada! —Exclamó Gilbert con burla—. Los dejaré en sus casas, puede ser peligroso quedarse solos aquí. Con ayuda del mexicano, Manuel se puso de pie avanzando a paso lento hasta el auto del prusiano. Ambos chicos se acomodaron en los asientos traseros, Pedro aprovechó la instancia para abrazar al chileno, el cual no dudó en acurrucarse entre sus brazos. Gilbert, observaba la escena por el espejo retrovisor, mantenía una expresión burlona en el rostro sin embargo, la preocupación crecía segundo a segundo. De ante mano sabía que Pedro no hablaría, sabía perfectamente lo que pasaba con los soplones. Su preocupación era Manuel, era solo un chiquillo, estaba aterrado y él era el causante de su estado, lo veía en su mirada. Las posibilidades de que el chileno hablase eran elevadas, necesitaba pensar un modo para mantenerlo callado. El ambiente era tenso por lo que el trayecto fue silencioso e incómodo. Gilbert encendió el estéreo de su auto colocando música clásica ha elevado volumen, la idea era minimizar la incomodidad. Manuel de reojos lo observaba, ese hombre le resultaba aterrador, acababa de asesinar a esas personas y ni se inmutaba. ¡Era el mismo demonio! — Baja—. Ordenó autoritario una vez estacionó en la entrada de la ciudad. Ambos chicos estaban dispuesto a hacerlo, Pedro bajó sin embargo, cuando Manuel quiso acerlo lo detuvo—. Tú no, Manuel. —Pero... —Su labio inferior comenzó a temblar violentamente. —No estás en condiciones de caminar, te dejaré en tu casa—. Giró su cuerpo para mirar al chiquillo. —Esta bien—. Cerró la puerta del vehículo e hizo una seña al mexicano, el cual, preocupado siguió su camino. No volvieron a pronunciar palabra hasta llegar a la casa del chileno. Gilbert estacionó a un costado de la calle y bajó junto al chico, por ahora no pensaba dejarlo solo, necesitaban hablar y aclarar algunos puntos. Manuel, solo deseaba encerrarse en su habitación, dar leves golpecitos contra la pared y que Miguel acudiera a consolarlo. Fundirse entre sus brazos era todo lo que necesitaba para sentirse un poco mejor. Inevitablemente miró hacia la casa de Miguel, las cortinas estaban abiertas permitiéndole ver el panorama familiar en la sala. Ignorando la presencia del prusiano se sumergió en aquella escena, veía a Miguel reír junto a sus padres, su hermano y junto a Martín. La angustia comenzó a repartirse por todo su ser, todo lo acontecido en el último tiempo se le juntó y explotó. Se rompió frente a Gilbert y no le importó, dejó el maldito orgullo de lado permitiéndose romper en llanto. Al ver el estado en el que Manuel se encontraba, Gilbert, decidió rodearlo con sus brazos y guiarlo a la casa. No cuestionó el estado del chico, podía entender que eran demasiadas emociones en tan poco tiempo. Entraron en la casa y cerró la puerta tras él con cuidado, con su mano libre tanteó las paredes hasta dar con el interruptor de la luz. Condujo a Manuel al sillón, le acomodó en este y con la mirada recorrió el lugar buscando algún calefactor, el frío y humedad en esa casa eran insoportables. — Hey, no llores—. Resignado se colocó en cuclillas frente a él—. Sé que actúe mal, pero necesito que me escuches y ne entiendas. ¿Sí? —Con delicadeza retiró las manos del chico de su rostro—. Tenía que matarlos, no tenía otra alternativa, o eras tú o eran ellos. Aún eres un crío, solo tienes quince años Manuel. Tienes todo un futuro por delante, ellos ya no tenían futuro, tómalo como que le hice un favor a la sociedad—. Esbozó una suave sonrisa al momento que limpiaba las lágrimas del menor con sus pulgares. —Son demasiadas cosas, ¡todo es tan difícil por la chucha! —Gimoteó entre lágrimas, necesitaba sacar todo ese pecho que llevaba dentro y de alguna manera el tacto del mayor le hacía sentir un poco mejor—. Tengo miedo, miedo de que mi papá no vuelva nunca, miedo de que alguien lo descubra y me manden al sename, miedo a lo que pueda pasar mañana, a jamás poder ser feliz y sobretodo tengo miedo de que él me olvide. —Los miedos se enfrentan, no puedes vivir oculto en tu habitación mientras que afuera la vida continúa—. Tomó las mejillas del chico con firmeza obligándolo a mirarle a la cara—. Dudo que tú padre regrese, pero no dejaré que te lleven a ningún lado, puedo ayudarte con eso—. Por más que se esmera en sonreír no puede, no entiende que pasa con él, sabe que no debe involucrarse, aun así lo hace—. Si esa persona que mencionas te olvida es por qué no te quería lo suficiente. Ya encontrarás a quien amar y quién te ame del mismo modo. Asintió lentamente con la cabeza, estaba conociendo una faceta del prusiano más cálida y agradable. Necesitaba creer en alguien, tener un apoyo a su lado, por lo que sin dudar le entregó su confianza, el peso de su soledad era demasiado como para cuestionar la compañía de aquel hombre. — ¿Puedes abrazarme? —Desvió la mirada a un costado—. Solo un momento, por favor— masculló débilmente, sintiéndose demasiado pequeño de pronto. —Mmm... ¿Qué gano yo con abrazarte? —Al notar el semblante decaído del chiquillo se retractó de su broma—. ¡Solo bromeaba, Manuel! —Tomó la mano del menor jalándolo con fuerza, obligándole a ponerse de pie—. Aquí adentro hace bastante frío, se me ocurre algo mucho más agradable para ambos—, sin consentimiento alguno se acuesta de lado en el sillón—. ¡Ven aquí! Manuel titubeó un instante, temía que dicha acción pudiese ser mal interpretada. Después de meditarlo un par de segundos llegó a la conclusión de que estaban solos, no había nadie que pudiera pensar lo que no era. Avergonzado se acomodó junto al mayor, por un momento contuvo hasta la respiración quedándose muy quieto. Los brazos del contrario le rodearon con firmeza y de la impresión suspiró profundamente. —Descansa, mañana todo pintará mucho mejor—. Recargó su mentón sobre la cabeza ajena. —Si—. Es todo lo que se atrevió a decir, estaba demasiado avergonzado como para entablar una plática con el prusiano. —Mañana visitaremos a un buen amigo mío, es médico, el hombre es de confianza y revisará la herida de tu nuca—. Su voz se oía adormilada. —Mañana tengo clases—, cerró sus ojos al sentir los párpados pesados. —No estás en condiciones de ir, si asistes tal cual estás terminarán haciéndote demasiadas preguntas y podrías meternos en problemas. ¿Entendido? —Presionó más el agarre y ocultó su rostro en el hueco que quedaba entre el cuello y el hombro del chileno. Solo asintió con la cabeza, estaba demasiado agotado tanto física como psicologícamente para discutir con el mismo demonio. Solo necesitaba descansar y reponerse un poco, luego tendría el tiempo suficiente para encararlo y hacerle conocer al verdadero Manuel González, el prusiano tan solo conocía el despojo que quedaba de si mismo, pronto eso cambiaría. Mientras tanto, Miguel miraba atónito a Martín, quién aprovechó la oportunidad de estar reunido con la familia del peruano para hablar respecto a sus sentimientos. Todo su cuerpo estaba rígido y sentía el corazón en la garganta, Martín se lo advirtió en su momento más no lo creyó capaz. — Hay algo super importante que les quiero decir—. Carraspeó suave mientras observaba de reojos a Miguel. — ¿Que quieres decirnos mijo? —El hombre centró su total atención en el chiquillo. — Mire don Alejandro, yo estoy re enamorado del Migue. No sé que piensen ustedes de las relaciones del mismo sexo, pero yo amo a su hijo y me chupa un huevo todo—. Sus ojos verdes brillaban y sus palabras salían con auténtica desición. En ese momento Miguel lo admiró. — ¡Con que cara vienes a mi propia casa a decirme tremenda huevada! —Dio un duro golpe en la mesa provocando que las tazas temblaran a causa de la vibración—. Ahora mismo llamaré a tus padres. —Antes de hablar con usted hablé con ellos, me apoyan y están contentos con Miguel. Esperan que de igual modo usted esté contento—. Sin importar las miradas furiosas de los presentes besa los labios del peruano. Es un beso pequeño, suave, beso que Miguel no se atreve a responder. Alejandro se sentía atado de pies y manos, no estaba nada de acuerdo con aquella abominable relación, mucho menos con la actitud pedante de Martín. Carlos Hernández era su jefe, quién estaba completamente al mando de la petrolera. Oponerse a aquella relación era ganarse la carta de despido, sabía perfectamente cuan mimado y caprichoso era Martín —No me agrada la idea de ver a mi hijo convertido en un marica, pero tratándose de ti la cosa cambia—. Esbozó una fingida sonrisa—. Sabemos que tú lo quieres de verdad, por lo que tienen mi consentimiento para ser novios. En ese momento Miguel se sintió libre, libre de ser el mismo, ya nunca más volvería a ocultarse ni a negar lo que sentía o lo que quería. Inevitablemente sonrió, a pesar de conocer a su padre y saber que todo era una farsa, aun así se sentía maravilloso el palpar la libertad. Ya era de noche, por lo que Martín se despidió de sus suegros y Miguel le acompañó a la salida para despedirlo como se merecía. — ¡Te amo, Martín! —Sus ojos color ámbar brillaban más que nunca y la amplia sonrisa en su rostro delataba la inmensa felicidad que le embargaba. —También te amo—. Le tomó del mentón para besar sus labios. Se besaron larga y profundamente logrando separarse cuando sus pulmones pedían a gritos por un poco de oxigeno—. Algún día voy a lograr ser el único en tu corazón, ya vas a ver. —Quizás ese día este más cerca de lo que te imaginas—. Mordió el interior de sus mejillas al haber analizado sus propias palabras. No quería ser cuestionado, por lo que dejó un último beso sobre los labios del rubio y se adentró de regreso en su casa, dónde le esperaba un gran infierno. Martín espero en la esquina, espero que las luces de la casa de Miguel se apagaran para luego avanzar con prisa a la casa de Manuel. Necesitaba verlo, saber que todo estaba bien. Durante toda la tarde lo tuvo presente en sus pensamientos y aunque le doliera admitirlo, extrañó sus besos, sus delicadas caricias y sus ácidas palabras. Al estar frente a su puerta golpeó con insistencia, sabía que estaba dentro por qué la luz de la sala estaba encendida. Espero unos minutos y al no tener respuesta golpeó más fuerte, desde el otro lado se sintieron pasos, aunque inmensa fue su sorpresa al ver a un desconocido abrirle la puerta. — ¿Qué mierda quieres? —Preguntó de mala gana un despeinado Gilbert. — ¿Vos quién sos, dónde está Manu? —Se cruzó de brazos al momento que alzó una de sus cejas. ¿Quién carajos era ese tipo? Era mucho mayor que ellos, pero no lo suficientemente viejo como para pasar desapercibido para el chileno. —Manuel está dormido, imagino que eres un compañero del colegio, por favor avisa que mañana no asistirá. Ahora sí me disculpas te pediré que te retires, estábamos durmiendo—. Sin más explicaciones le cerró la puerta en la cara. Martín, no supo que pensar al respecto. De algo estaba seguro, Manuel tendría que darle muchas explicaciones apenas se vieran, no dejaría pasar esto ni mucho menos sería tolerante ante una infidelidad. Con rabia contenida se marchó, debía ser paciente y esperar el momento preciso, aun así, sus celos eran tan inmensos que estos le quemaban por dentro. Continuará...
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