Capítulo 17

2150 Palabras
Hola gente!!!! Perdonen la espera, pero acá les traigo un nuevo capítulo. Les tengo una importante noticia, este es el penúltimo capítulo de esta historia, solo me faltaría publicar dos más, el final y un extra, que sería lo último. Agradezco a todas las personas que han seguido está historia desde el inicio y todo el apoyo que me han brindado. Capitulo 18.- Muchas veces escuchó a los adultos hablar del amor y de lo maravilloso que se sentía experimentarlo. No podía negarlo, amar era hermoso y las sensaciones provocadas por la persona amada eran maravillosas, sin embargo, nadie le mencionó que el amor también podía doler. Y dolía, vaya que lo hacía. Escocía en el centro de su pecho con furia, repercutiendo en su cuerpo con un intenso desgano. Sabía que todo pasaría, algún día debía pasar, nada era para siempre. Ahora, un poco más calmado que la noche anterior podía pensar con un poco más de claridad. Miguel ya no lo amaba, eso era evidente, Martín jamás lo amó, por lo tanto, él sobraba en aquella ecuación que solo era para dos. Giró su cuerpo con pesar chocando contra la amplia espalda de Gilbert, tímidamente y algo inseguro recargó su mejilla contra esta. Se sentía demasiado herido, demasiado solo, simplemente deseaba sentirse protegido por alguien más y al parecer, el mayor necesitaba a alguien a quien proteger. Quizás el prusiano no era una buena persona, asesinó a sangre fría frente a sus ojos, buscaba a su padre para cobrarse lo que le debía con su propia vida, aun así, ahí estaba, cuidando de él como jamás nadie lo hizo. De pronto sintió la intensa mirada del hombre sobre si mismo, en ese momento se sintió desnudo, demasiado expuesto. -Me duele la puta espalda, alguien tan genial e impresionante como yo en estás condiciones- protestó el prusiano mientras se removía ligeramente. Giró un poco su cuerpo acomodándose de lado-. ¿Cómo has dormido? -Bien, aunque también me duele la espalda. Este sillón culiao está entero malo-. Protestó dándole la razón al mayor. - ¡Cuida tus palabras, mocoso, o deberé de enseñarte modales! -Llevó una de sus pálidas manos a la cabeza del menor, alborotando el cabello de este-. Debo volver, tengo asuntos que atender, si necesitas algo no dudes en llamarme y recuerda-. Posa su índice sobre la pequeña y enrojecida nariz del chico, dando leves golpecitos-. Si cambias de opinión y decides quedarte conmigo, solo es cuestión de llamarme y vendré por ti, tampoco intentes hacer nada estúpido-. Deslizó su dedo por el rostro de este disfrutando de cada reacción del chico-. Ahora duerme un poco más, estás bastante fatigado y a punto de coger un resfriado. Manuel nervioso asintió a cada palabra del prusiano, después de todo no pensaba en delatarle con la policía, él no era tan mal agradecido, no después de que todo lo sucedido fue para salvarle la vida. De reojos observó como el mayor arreglaba su cabello, para luego dejar algo de dinero sobre la mesita de centro y salir de la casa. Aprovechando que estaba solo, aún envuelto en la frazada se encaminó a su habitación. Cada maldito músculo de su escuálido cuerpo dolía, literalmente le dolía hasta el cabello. Aprovecharía el fin de semana para descansar y tomar una decisión, necesitaba planificar su vida, no podía seguir siendo el desastre que hasta el momento era. •••••••••••• Estaba decidido, practicó todo el fin de semana el discurso que les daría a Miguel y a Martín. Pese a eso, estaba nervioso, sentía un nudo en el estómago e inevitablemente movía su pies izquierdo con insistencia. Era temprano, aún faltaba para que llegaran y los nervios lo estaban consumiendo, sacó un cigarrillo de su bolsillo llevándolo a sus resecos labios para luego encenderlo con cierta prisa. Poco a poco comenzaban a llegar más estudiantes, el silencio que le embargaba hace unos momentos se tornó en intensos cotorreos provenientes de diversos puntos del establecimiento. Su estómago se tensó aún más al ver el auto del señor Hernández estacionar a media cuadra del liceo, sin embargo, su poca valentía se desmoronó al ver a Miguel y Martín bajar del auto y tomarse de la mano. En ese momento fueron muchos los sentimientos que lo embargaron, pero entre todos, el que caló más hondo fue la desilusión. ¿En qué momento Miguel y él perdieron tanto el rumbo? ¿Cómo fue que el amor que el peruano le tenía se marchito? ¿Cómo no pudo darse cuenta? De pronto, sintió sus mejillas empapadas y su pecho presionaba más a medida que ellos se acercaban. Rápidamente secó su rostro con la manga de su poleron n***o, no permitiría que le vieran llorar, no más. Ya bastante vulnerable se mostró frente a ellos, ¿y qué ganó? Nada, solo ser pisoteado junto a sus estúpidos sentimientos. Una suave caricia en la mejilla le trajo de regreso a la realidad, se sorprendió al ver a Martín frente a él, observandolo con auténtica preocupación. Quiso reír, reír a carcajadas, retorcerse mientras reía y hacerlo hasta que le duelan las mejillas. Eran tan bizarro ver al argentino frente a él, preocupado. ¿Desde cuándo Martín se interesaba por él? ¿Desde cuándo le nacía acariciarlo? No lo entendía, no podía entenderlo aunque lo intentase. - ¿Qué te pasó en la carita? -La voz del rubio salió más suave de lo planeado. -Ese no es problema tuyo, weón-. Apartó la mano del contrario con desdén-. Los estaba esperando por qué quiero hablar con los dos-. De reojos observó a Miguel, quién se mantenía cabizbajo. -Todo lo que te pase me importa, aunque a veces no lo demuestre-. Pese a que el otro lo apartó volvió a tomarlo de las mejillas ejerciendo una suave presión-. Ahora decime quien te pegó. - ¡Ya déjalo, Martín! Manuel es así, si no quiere, no habla, es un cojudo de mierda-. La indiferencia de Miguel le dolió en lo más profundo del alma. Sin decir nada más fijó su mirada en los ojos de Miguel, esos ojos que alguna vez lo miraron con amor y devoción, hoy no mostraban más que indiferencia. En ese mismo momento quiso derrumbarse, llorar sin importar que pensaría el resto, exigirle una maldita explicación y suplicarle por una segunda oportunidad. Pero no pudo, no pudo mover los labios ni articular palabra alguna. Tampoco podía ser tan egoísta, no podía someter al peruano a vivir en la continúa desolación que él vivía. Martín era diferente, Martín era valiente, Martín era alegre y sociable. A Martín le sobraba todo lo que a él le faltaba, a su diferencia y aunque le doliera admitirlo, Martín era el tipo de persona que Miguel necesitaba en su vida. Posó su mirada en las manos tomadas de ambos chicos, era obvio que lo de ellos era oficial, ya no necesitaban ocultarse del resto. Sonrió con amargura mientras impaciente sacaba otro cigarrillo, el cual encendió frente a la mirada molesta del argentino, ya que el peruano seguía tan indiferente como en un principio. -Veo que lo de ustedes ya es oficial, me alegro por eso-. La voz le tembló y se maldijo internamente por ello. -Martín habló con mis padres, yo tenía miedo, pero él me dió la seguridad que necesitaba-. Murmuró lo último bajando posteriormente la mirada. No entendía qué le pasaba, por qué actuaba de ese modo con Manuel, estaba tan jodidamente confundido que no sabía que pensar o sentir al respecto. - ¡Genial! ¡Los felicito! -Dió una profunda calada a su cigarrillo, para luego soltar el humo frente al rostro de Miguel-. Lo que yo quería decirles es super simple, está wea no da pa más, estoy chato de esta relación de mierda, yo me hago a un lado, sean súper felices y conmigo no cuenten para nada-. Giró rápidamente con la intención de irse, no quería seguir ahí o se derrumbaría pateticamente frente a ellos. Martín pensaba detenerlo, no deseaba que las cosas acabarán de ese modo, no ahora que comenzaba a disfrutar de su compañía, de sus besos, de sus caricias. Miguel no se lo permitió, lo mejor era dejar que se fuera, Manuel tenía toda la razón, esa relación de a tres ya no daba para más. En todo momento el peruano fingió entereza, más la realidad era tan diferente. Varias veces visualizó el instante en que Manuel se fuera, pero en su imaginación jamás dolió, muy por el contrario, podía seguir adelante junto a Martín y un futuro brillante en frente de sus ojos. Desgraciadamente, las cosas jamás resultan como uno las planea, en la imaginación todo es mucho más fácil, más perfecto. Por más que lo intentó, no logró prestar atención a ninguna de sus clases, su mente divagaba en Manuel y en tantos momentos juntos. Lamentaba tanto que las cosas terminarán de ese modo, todo lo que construyeron durante años se desmoronó en cuestión de segundos. Quería entender que pasó entre ellos, dónde fue que se equivocaron, pero por más que lo pensaba no lograba encontrar la respuesta. °°°°°°°°°°°°° Cortar lazos no era tarea fácil, era necesario un cambio radical en su vida y empezar desde cero. Quizás se apresuró al decidir, quizás pensó en caliente y se dejó llevar por el despecho, sin embargo, la decisión estaba tomada y no pensaba retroceder en tan importante paso. Terminó de empacar sus pocas pertenencias, guardó el álbum de fotografias de su madre y sus infaltables libros. Ya tenía todo lo que necesitaba, ahora solo faltaba que Gilbert pasara por él. Sobre una destartalada repisa notó un portaretratos viejo y lleno de polvo, inmediatamente supo que fotografía ocupaba ese espacio. Con pasos torpes avanzó hasta ahí y tomó el objeto entre sus manos, con la manga de su poleron limpio el polvo del vidrio, dejando al descubierto una fotografía de Miguel y él en la playa. Sus ojos se empañaron con las lágrimas que amenazaban con salir, no era fácil olvidar a alguien que estuvo toda la vida a tu lado, quién te enseñó a probar la felicidad y quién ahora te sepultaba en lo más profundo del olvido. Con delicadeza extrajo la fotografía del portaretratos y con un rotulador decidió escribir en la parte trasera, "Fuiste lo mejor de mi vida, hubiese deseado tanto que te quedaras en ella. Lamentablemente no fue, quizás en otra vida si nos encontramos podamos armarnos sin terceros". El sonido de bocinazos provenientes del exterior lograron sobresaltarlo, tomó sus cosas y con prisa abandonó el que por años fue su hogar. Le hizo una seña al prusiano, quién al verlo con tanto equipaje encima bajó del automóvil para ayudarlo. -Menos mal que no tenías casi pertenencias-. Guardó el equipaje del chico en el maletero junto con el de él. -La mayoría son libros, ni en sueños los abandonó-. Alzó una de sus cejas con gracia-. Espérame un momento-. Se acercó hasta la casa de Miguel y dejó la fotografía bajo la puerta-. Ahora sí, vamos-. Subió al automóvil acomodándose en el asiento del copiloto. - ¿Estás seguro, Manuel? -Preguntó calmadamente cuando se acomodó en su asiento. -Si, ¿tú estás seguro? -Ladeó ligeramente el rostro para observar la expresión del mayor. -Lo estoy, no tengo nada que perder, no tienes nada que perder. Estás solo y yo estoy solo, puedo ser como tú hermano mayor o como el padre que jamás tuviste. Supongo que es hora de comenzar para ambos-. Extiende su mano y con la yema de sus dedos le acaricia la mejilla. Una inmensa sonrisa se instaló en el rostro del chileno, a veces el destino deparaba jugadas muy curiosas, pero que sin duda con el tiempo eran las mejores. En su momento, Gilbert, fue su peor pesadilla y ahora, el hombre era el eje de su mundo. Algo dudoso el menor se acercó al hombre abrazándolo con fuerza. -Te quiero mucho, Gilbert-. Murmuró contra su pecho. -También te quiero mucho, Manuel-. Correspondió al abrazo para luego dejar pequeños besos en su cabeza-. Basta de sentimentalismo y emprendamos marcha. - ¡Si! -Exclamó con entusiasmo mientras se colocaba el cinturón de seguridad. Gilbert colocó en marcha el auto y a cada segundo su pasado quedaba un poco más atrás. Era hora de empezar de nuevo, era hora de sepultar al viejo Manuel y dar la bienvenida a uno nuevo, a uno con fuerzas renovadas y pensamientos claros, a un Manuel con autoestima y ganas de vivir, de ser alguien. Si algún día volvía a ver a Miguel, sería todo diferente, por qué si para ese entonces aún guardaba ese inmenso amor por él, lucharía, pero ahora no podía, ahora debía luchar por él y por salir de su pantano interno, ahora debía luchar por vivir. Continuará
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