Capítulo1
Narrado por Garel:
El frío aquí afuera no es un juego. No es de esos que te congelan las mejillas y se quitan con un café; el frío de la Antártida te muerde los huesos, te quema los pulmones cada vez que respiras y te recuerda que un error te puede costar la vida.
Pero a mí no me importaba pasar los meses en la estación X-3. No me importaba el ruido insoportable de los generadores ni el aislamiento absoluto. Todo valía la pena porque la tenía a ella. A mi hermanita, mi pequeño diamante, Zhepira.
La miré de reojo mientras estaba concentrada frente a las pantallas del laboratorio. Tenía el cabello chocolate amargo recogido en una trenza floja, de esas que se hacía rápido para que no le molestara en la cara, y esos ojos azul zafiro que eran lo más hermoso y puro de este lugar tan gris, los mismos que dieron paso a su nombre. Zhepira había crecido en este encierro, pero nunca se quejaba. Para los demás científicos era solo la niña callada e inteligente de la base, pero para mí... ella era mi vida entera. Me había jurado protegerla de todo y de todos, cueste lo que cueste.
—Garel, mira esto —me dijo sin apartar los ojos del monitor. Su voz sonaba extrañamente preocupada —.Los sensores del taladro profundo están locos. Hay una energía magnética extraña allá abajo que no tiene sentido. Algo no está bien.
—Tranquila pequeña —le dije, acercándome para darle un apretón suave en el hombro, queriendo transmitirle esa paz que yo mismo estaba perdiendo —.Seguro es solo el hielo presionando los cables. No te desveles por eso.
Zhepira suspiró y recostó la cabeza un momento contra mi brazo. Verla tan chiquita a mi lado me encendía el instinto de cuidarla con más fuerza, justo como le había prometido a nuestra madre minutos antes de fallecer.
Pero la verdad es que estaba mintiendo. Me guardé la mano en el bolsillo de la campera térmica y apreté los dedos alrededor de una llave. Yo sabía perfectamente qué estaba volviendo locos a los sensores. Dos días antes, mientras excavábamos a casi ochocientos metros bajo hielo, encontré algo. No era una roca, ni restos de un meteorito. Era un objeto extraño, oscuro, que brillaba con unos destellos morados tan vivos que hacían contraste con la bruma negra intensa que lo rodeaba, unos destellos que latían como si tuvieran pulso. Creo que es un collar... no lo sé, ni siquiera puedo distinguirlo. Al tocarlo, sentí una descarga tan intensa que me dejó temblando. Pensé que era el descubrimiento del siglo, pero resultó ser una jodida maldición que empezó a mandar una señal hacia Dios sabe dónde.
—Tengo miedo, Garel —murmuró Zhepira de repente, mirándome con esos ojos maravillosos llenos de angustia —.Siento como si... como si hubiera alguien del otro lado de las paredes.
—Es solo el viento, mi amor. Anda a acostarte, yo me quedo a cerrar el laboratorio y a revisar que todo esté en orden.
Ella dudó, pero el cansancio pudo más. Me dio una última mirada, asintió y caminó por el pasillo hacia los dormitorios. Me quedé solo. Saqué el objeto de la caja fuerte y lo puse sobre la mesa.
Vibraba tan fuerte que hacía parpadear los tubos de luz del techo, desprendiendo un vaho helado que congelaba el metal de la mesa.
De golpe, las luces se apagaron por completo. La base se quedó muerta. El silencio que vino después me puso los pelos de punta. No se escuchaba nada, solo el frío metiéndose por todos lados. Pero no era el frío de la antártida; olía a quemado, a cenizas, a algo viejo, muy peligroso.
Y entonces, las alarmas rojas de la entrada principal empezaron a sonar como locas, tiñendo todo de un color sangre. Escuché un golpe brutal en las puertas de acero, y después... gritos. Gritos de mis compañeros que me destrozaron el alma.
No los estaban matando, los masacraban.
—¡¡Zhepira!! —grité con todas las fuerzas de mis pulmones, perdiendo la cabeza por el miedo a que le pasara algo.
Salí corriendo a oscuras, guiándome por las luces rojas de emergencia. Al doblar el pasillo, se me paró el corazón. Había hombres vestidos con trajes oscuros, sus caras reflejaban esquizofrenia pura. Llevaban unas dagas extrañas que brillaban con una luz horrible. Estaban destripando a todos; revisando cada milímetro de sus bolsillos como si buscaran algo. Espera... no, ¡Joder, el objeto maldito!
Zhepira venía corriendo hacia mí, con los ojos abiertos de par en par, como el mar apunto de separarse, muerta de terror.
—¡Garel! ¿Qué está pasando? —gritó, llorando, y se me pegó al pecho.
La abracé con todas mis fuerzas, queriendo meterla dentro de mi campera para que nadie la viera. Su corazoncito iba a mil por hora, asustado como un pajarito.
—Escúchame, Zhepira. Corre al hangar secundario, por el pasillo del fondo —le dije al oído, empujándola despacio—. No te detengas, pase lo que pase. Yo voy detrás de ti, te lo prometo mi hermoso zafiro.
—¡No te voy a dejar solo Garel! —me gritó, agarrándome de la ropa con la cara empapada en lágrimas.
—¡Hazme caso, corre!— le rogué, en el mismo instante en que tres de esos tipos nos cortaron el paso. Nos habían visto. Sus ojos se clavaron en el objeto que yo llevaba apretado contra el cuerpo.
—¡Ahí está! ¡Tiene la reliquia! —gritó uno de ellos con una voz totalmente inhumana.
Empujé a Zhepira detras de una consola de metal grande para esconderla.
—No salgas de aquí —le supliqué.
Saqué la pistola de bengalas que llevaba en el cinturón y les apunté. Me temblaban las manos, pero disparé. El proyectil dió a uno en la cara, llenando el pasillo de chispas rojas, pero los otros dos se me fueron encima con una fuerza descomunal. Peleé como un animal, les di puñetazos, patadas, todo por mantenerlos lejos de mi hermana. Logré tirar a uno contra los cables, pero el líder era más rápido. Vi el destello de su daga antes de poder esquivarlo.
Sentí un golpe seco en el pecho, y despúes un dolor tan agudo y caliente que me sacó todo el aire.. El tipo me había clavado el acero directo entre las costillas. Me quedé sin fuerzas, cayendo de rodillas en el suelo frío. EL objeto se me resbaló de las manos y rodó por el piso escarchado.
Sentí como nuevamente innumerables dagas se clavaban en mi piel una y otra vez, ya no sentía dolor. Ni siquiera me sentía a mimismo. Mi propia sangre salía a chorros, empapando el piso de la estación, convirtiéndolo en una piscina carmesí en medio de la antártida. El asesino sonrió, relamiéndose, listo para agarrar la reliquia. Pensó que ya me había matado.
Pero no sabía lo que yo era capaz de hacer por mi sangre, por mi zafiro.
Saqué fuerzas de donde ya no deberían quedarme, estiré el brazo y le agarré el tobillo con rabia, tirando de él con un grito ahogado. El hombre perdió el equilibrio y se fue de espaldas contra el suelo.
—¡Zhepira... ahora!—logré decir, escupiendo sangre. Mi vista se estaba volviendo negra, pero alcancé a ver su silueta saliendo de su escondite. Recé con lo último que me quedaba de alma para que mi pequeño cielo lograra escapar.
Narrado por Zhepira:
El mundo se quedó mudo en el instante exacto en que vi sangrar a Garel mientras sus rodillas chocaban bruscamente contra el suelo.
El grito que salió de mi garganta me dolió hasta el pecho.. No era el grito de una niña, era el alma desesperada de alguien que acababa de perder lo único valioso que tenía, lo que más amaba. Vi a mi hermano retorcerse en el frío piso de lo que por años sentí como mi hogar, ahogándose con su propia sangre frente a mí, frente a una niña inútil que no podía hacer nada por protegerlo y a pesar de todo, aun me seguía mirando con esos ojos que siempre me habían dado paz, rogándome que corriera. Mi héroe, el que siempre me cuidaba, se estaba muriendo en el piso frío.
Sentí que todo se rompía dentro de mí, el miedo desapareció para convertirse en una furia caliente que me quemó las venas. Detecté el objeto oscuro tirado en el suelo, justo a unos pasos de donde el asesino intentaba levantarse porque Garel lo tenía agarrado del pie.
Me arrojé al piso, arrastrándome en la nieve y el metal escarchado,y agarré la reliquia con mis dos manos antes de que ese maldito pudiera tocarla.
En el momento en que mis dedos tocaron ese objeto, sentí un golpe invisible en todo el cuerpo. No estaba ni frío ni caliente; no sé por qué... pero algo me hacía pensar que había reaccionado a mi dolor, a mis ganas de llorar y a la rabia de ver a mi hermano muriendo. En medio de todo ese calvario creí haber sentido calidez. No podía ser otra cosa.
El objeto comenzó a volverse líquido en mis manos, como si fuera agua helada que se metía por la piel. Sentí un ardor espantoso que me subió por todo el brazo, como si me estuvieran clavando miles de agujas de vidrio por dentro. Caí, gritando del dolor, sintiendo cómo esa magia rara se fusionaba con mi cuerpo.
Cuando el dolor paró, el objeto ya no estaba, pero sentí una quemadura fuerte detrás de mi oreja derecha. Me pasé la mano temblando y sentí un relieve en mi piel.
El líder de esos hombres me miró con los ojos abiertos, parecía asustado.
—¡La eligió a ella! ¡Mátenla! ¡córtenle la cabeza para sacarle el objeto! —gritó, levantando la daga llena de sangre de mi hermano.
No iba a sobrevivir, todos venían hacia mí. El pasillo se quedó completamente congelado. El tiempo pareció detenerse.
El aire se volvió tan espeso que se me dificultaba respirar. Un crujido espantoso rompió el techo de metal de la base, abriendo una grieta oscura en medio de la nada, como si el cielo se hubiera roto en dos. De ese agujero comenzó a salir un humo n***o y unos rayos que hacían flotar las cosas del piso.
Y entonces, bajando desde ese agujero n***o, apareció un hombre, no... no era un hombre, era más que eso.
Todos teníamos la misma expresión de incredulidad. Nadie sabía quién era, tampoco de dónde venía, pero su sola presencia te hacía querer ponerte de rodillas. Era hermoso, tan hermoso que se veía espeluznante. Un gigante de facciones esculpidas. Su cabello, de un blanco purísimo y largo, flotaba a su alrededor como si tuviera vida propia, contrastando con la oscuridad de su ropa. Tenía una elegancia que daba miedo. Pero lo que me obligó a dar un paso atrás, temblando, fueron sus ojos. Eran de un violeta encendido, tan intensos que parecían quemar la nieve a su paso. No había rastro de humanidad en ellos. Aun con mi poca madurez, podía detectar el poder antiguo y despótico que reflejaban. Tal vez era gracias al objeto.
Dejó caer la intensa mirada sobre mí, y fue entonces cuando mi corazón se detuvo. Bajo su piel, extendiéndose por su cuello y subiendo por su brazo expuesto, algo se movía. No era tinta. Era una criatura espantosa, una silueta de serpiente hecha de cristal n***o que parecía reptar activamente bajo su carne, dejando a su paso un rastro de humo que compaginaba a juego con los ojos del peliblanco, que flotaba en el aire gélido.
Aquel hombre no caminaba sobre el hielo; el hielo parecía doblegarse ante él. Era como estar viviendo una de esas historietas de fantasía donde los demonios más preciosos y letales salían del infierno más temido. Su sola presencia me dictó una verdad: estaba frente al dueño de aquel objeto, y mi vida dependía de un hilo; uno manejado por él.
El gigante dio un paso hacia mí, y el mundo pareció quedarse sin volumen. La distancia entre nosotros se redujo a nada; podía sentir el calor peligroso que emanaba de su cuerpo a pesar del frío ártico. Se inclinó lentamente, obligándome a levantar la babilla solo con el peso de su mirada Argyle Violet —como ese diamante violeta de las revistas que mi hermano me leía —.
—Con que aquí estas, mi pequeña ladrona... —ronroneó, arrastrando las palabras con una diversión cruel —. Mírate, tan frágil y tan rabiosa, temblando en la nieve como la mariposa herida que llevas en el cuello. ¿Quién diría que unas manos tan inocentes serían capacesde cometer semejante pecado?
—¡Skar no te los comas! Bueno no todavía. —repitió, gruñendo la última frase dirigida a... ¡!
De repente, innumerables gritos desgarradores cortaron el viento. Los asesinos corrían por todas partes intentando salvarse, pero el monstruo a mi lado no se los iba a permitir.
Vi con horror cómo la criatura de cristal n***o en su brazo cobró vida propia. Se despegó de su carne con un siseo violento y se alargó por el aire como un latigazo de sombra y humo lila. Sus ojos... eran los mismos que los del hombre majestuoso.
Creció tanto en un pestañazo que alcanzó a los fugitivos a la distancia. Sin el menor esfuerzo, sus mandíbulas se cerraron alrededor de sus cabezas, atrapándolos en un agarre mortal que los dejó inertes en el sitio.
Y más siniestro aún, sonreí. Por primera vez en medio de toda esta masacre.
El hombre ni siquiera se inmutó; seguía mirándome fijamente mientras su mascota gozaba de un sangriento festín.
Sus ojos destellaron, bajando un segundo hacia la marca en mi cuello y luego volviendo a conectarse en mí.
—Dime algo, preciosa sedienta de sangre... ¿Realmente creíste que podías esconderte en el fin del mundo después de haber robado mi Ragnarok? El collar fundido a la piel te queda fenomenal, no voy a negarlo... pero todo lo que me pertenece siempre regresa a mí. Y ahora, me temo que tú también te haz convertido en mi propiedad.
—Yo no robé nada, no sé de donde salió. Y no me digas que soy tuya. No te tengo miedo, y no me agrada la gente que se cree superior. —dije, sin preocuparme por que me cortara la cabeza, ya había perdido a Garel. No me importaba nada más. Era una provocación directa.
El gigante se llevó una mano al pecho, abriendo sus ojos con una indignación exagerada, tan exagerada que pareció teatral. Una mueca de incredulidad ofendida cruzó su rostro perfecto.
—¿No me tienes miedo? —exclamó, ladeando la cabeza y arrastrando las palabras con una arrogancia pesada, como si acabase de escuchar el chiste más absurdo de su existencia—. Niña humana, ¿acaso la nieve te congeló el único par de neuronas que tienes? Estás ante el ser más sublime de la creación y te atreves a mirarme como si fueras mi igual...
«Es cierto que soy una niña, pero no del tipo que crees»
De pronto, la diversión se borró de su rostro. Sus facciones se endurecieron, volviéndose frías y afiladas como témpanos de hielo. Se inclinó tanto que su respiración gélida me erizó la piel, y su voz cayó a un susurro lúgubre, cargado de desprecio.
—Siempre he detestado a los de tu especie. Los humanos son una plaga débil, mentirosa y patética. Iba a matarte aquí mismo, pero decidí tenerte un gramo de compasión... solo para comprobar si realmente eres la elegida que tanto menciona la vieja. ¿Y así es como me pagas? ¿Con insultos de guardería? Tienes agallas, pequeña ladrona. Pero la paciencia no es una virtud de los demonios, mucho menos del Rey.