CAPÍTULO TREINTA Y DOS Vesuvius se agitaba en las feroces aguas de la Bahía de la Muerte, jadeando por aire mientras las corrientes salvajes casi lo succionaban hacia abajo. Nadaba hasta la superficie después de que cada corriente lo jalaba hacia abajo y, exhausto y herido, supo que no aguantaría mucho. Alrededor de él flotaban los cuerpos muertos de su ejército de troles pareciendo una gran sepultura flotante. Vesuvius escuchó un ajetreo y miró por sobre su hombro que se acercaba a un remolino con su espuma blanca visible sobre las aguas negras. En la otra dirección los dragones chillaban al bajar y elevarse, cruzando el cielo mientras respiraban fuego sobre las aguas y creando grandes nubes de vapor. La muerte lo esperaba en ambos lados. Vesuvius no podía creer que se encontraba en es

