CAPÍTULO TREINTA Y TRES Aidan se aferraba con fuerza mientras su caballo galopaba por los páramos, cabalgando al lado de Anvin, Leifall y los cientos de hombres de Leptus como ya lo habían hecho por horas. Cubierto de polvo y respirando con dificultad, Blanco les seguía el paso, hasta que finalmente pasaron una colina y Aidan vio lo que estaban buscando: los imponentes acantilados de Everfall. Aidan se quedó impactado con la imagen. Los acantilados se elevaban sobre los páramos como un monumento a los cielos, y rugiendo y brotando de ellos se encontraban las cataratas más grandes que él había visto. Era espectacular. El rugido era ensordecedor. Incluso desde donde estaba podía sentir el rocío del agua y la brisa fresca que lo refrescaba después del largo viaje. Aidan bajó del caballo ju

