—El sentimiento es mutuo. Ahora levántate antes de que decidan lincharme por asesinar a mi prometido en la pista de baile.
Él gruñó y aceptó la mano que le ofrecía para levantarse. Con un par de torpes movimientos, volvió a ponerse en pie, su orgullo herido más que cualquier otra cosa.
Y entonces, un aplauso rompió el silencio.
Ambos parpadearon, confundidos, al ver a un par de nobles aplaudir con entusiasmo.
—¡Qué espectáculo tan divertido! —exclamó una dama con un abanico enjoyado—. ¡Son tan naturales el uno con el otro!
—¡Una pareja con carácter! —añadió un caballero de bigote pomposo.
—Oh, sí, sin duda —murmuró Helena, sonriendo de forma tensa.
Benedict se inclinó hacia ella y susurró:
—¿Nos están felicitando… por fracasar?
Helena entrecerró los ojos.
—Parece que en este mundo de aristócratas aburridos, un poco de caos es entretenido.
—Entonces, felicidades, querida. Somos la sensación de la noche.
Helena le fulminó con la mirada, pero antes de poder replicar, una voz interrumpió el momento.
—¡Lady Thorne!
El aire se volvió pesado. Helena sintió su estómago encogerse.
Allí, de pie junto a un grupo de damas, estaba Lady Worthington. La esposa despechada.
Y la mujer que estaba dispuesta a verla muerta.
Helena apretó los puños bajo sus guantes de encaje.
—Lady Worthington —respondió con una inclinación de cabeza perfectamente medida.
La mujer la escudriñó de pies a cabeza, sus ojos cargados de veneno.
—Vaya, veo que sigues causando estragos allá donde vas.
Los murmullos volvieron a llenar el salón. Benedict notó cómo Helena endurecía la mandíbula.
—No sé de qué habla, Lady Worthington.
—Oh, querida, claro que lo sabes. —La mujer dio un paso adelante—. Me pregunto… ¿cómo te sienta el papel de prometida? Porque, según tengo entendido, ya sabes lo que es quitarle un marido a otra mujer.
Un jadeo colectivo recorrió la sala.
Benedict sintió cómo la tensión aumentaba y, antes de que Helena pudiera responder, tomó su mano y habló en voz alta:
—Qué irónico, Lady Worthington, que hable de quitar esposos cuando ella aún no se ha casado. —Su tono fue lo suficientemente alto como para que todos lo escucharan—. Pero supongo que no podemos culparla por ser más deseable que otras damas.
Lady Worthington abrió la boca, completamente indignada, mientras algunos nobles soltaron risitas discretas.
Helena miró a Benedict con sorpresa.
—¿Acabas de… defenderme?
Él sonrió de lado.
—No te confundas. Solo me niego a permitir que el escándalo de nuestra boda sea opacado por un escándalo anterior.
Helena alzó una ceja.
—Qué considerado.
—Soy un hombre generoso.
Lady Worthington los miró con furia, pero, por el momento, no pudo hacer más que retirarse con dignidad.
Helena suspiró.
—Esto va a ser un infierno.
Benedict le ofreció su brazo con una expresión de fastidio.
—Oh, querida, ni siquiera hemos comenzado.
Y con eso, la velada continuó, con la certeza de que este matrimonio prometía ser el más caótico de la temporada.
//
Si alguien le hubiera dicho a Helena que su vida acabaría así, casada con un hombre torpe, irritante y completamente incapaz de ponerse derecho sin derribar algo a su alrededor, se habría reído en su cara. Pero allí estaba, en la lujosa casa de los Hawthorne, con un vestido de novia impecable, un anillo en el dedo y un marido que ya estaba poniendo a prueba su paciencia.
—No vamos a compartir habitación —dijo Helena con firmeza, cruzándose de brazos en el umbral del dormitorio principal.
—Perfecto, porque ni muerto dormiría en el mismo cuarto que tú —respondió Benedict, arrojando su chaqueta sobre un sillón de manera descuidada.
—Oh, qué lástima, y yo que soñaba con escuchar tus ronquidos toda la noche.
Benedict frunció el ceño.
—Yo no ronco.
—Benedict, te quedaste dormido en la iglesia durante la ceremonia y el sacerdote tuvo que carraspear tres veces para despertarte.
—Eso fue un descanso estratégico.
Helena bufó, llevándose una mano a la frente.
—No tengo tiempo para discutir esto contigo. Solo dime dónde está mi habitación y prometo ignorar tu existencia el resto de la noche.
—Es la de al lado.
—Excelente.
Helena se giró con gracia para irse, pero, en su intento de salir dramáticamente, su vestido quedó atrapado en la puerta, deteniéndola de golpe.
Benedict la miró con una sonrisa burlona.
—¿Necesitas ayuda, querida esposa?
Helena suspiró y, con la paciencia de una santa (que no tenía), intentó soltarse sin perder la dignidad.
—No —respondió, pero el vestido no cedió.
—¿Segura? Porque me parece que estás a punto de quedarte atrapada en nuestra primera noche de bodas.
—Si no te callas, juro que me lanzo por la ventana antes de aceptar tu ayuda.
Benedict alzó las manos en señal de paz y se recostó despreocupadamente en el marco de la puerta mientras la observaba pelear con la tela.
Helena murmuró algo ininteligible entre dientes y, con un tirón desesperado, logró liberarse… solo para perder el equilibrio y caer directamente sobre Benedict.
Ambos se desplomaron al suelo con un ruido sordo.
Un silencio incómodo llenó la habitación.
Helena estaba encima de él.
Benedict la miró, sorprendido.
Ella lo miró, furiosa.
Él sonrió.
—Bueno, Helena, si querías consumar el matrimonio, podrías haberlo dicho sin necesidad de embestirme.
Helena le dio un codazo en las costillas sin dudarlo.
—¡Descarado!
—¡Ay! —Benedict se retorció bajo ella—. ¡Solo estaba bromeando!
—Pues yo no. —Se incorporó rápidamente y se alisó el vestido con dignidad—. Ahora, si me disculpas, necesito un baño para olvidar este día.
Se giró sin darle tiempo a replicar y salió de la habitación, dejándolo ahí, tumbado en el suelo con una sonrisa torcida.
Horas después…
Helena suspiró con alivio al sumergirse en la enorme bañera de su habitación. El agua caliente le relajaba los músculos tensos después de una boda infernal y un enfrentamiento con Lady Worthington que casi le cuesta el pellejo.
—Esto es lo único bueno de esta casa —susurró, cerrando los ojos.
Estaba tan perdida en su tranquilidad que no escuchó los pasos al otro lado de la puerta… hasta que esta se abrió de golpe.
—¡Helena, tenemos un problema!
Helena se giró bruscamente, salpicando agua por todos lados, y se encontró con Benedict… quien se quedó completamente congelado al verla en la bañera.
Ambos parpadearon.
El agua goteó lentamente del borde de la bañera.
Un silencio absoluto.
—¡SAL DE AQUÍ, MALDITO IDIOTA! —gritó Helena, agarrando lo primero que encontró (una esponja) y lanzándosela a la cara.
Benedict reaccionó tarde.
—¡Por todos los cielos! ¡No sabía que estabas—!
—¡¿QUE HACÍAS ENTRANDO EN MI HABITACIÓN?!
—¡Pensé que era la mía!
—¡¿NO SABES NI DÓNDE VIVES?!
Benedict intentó cubrirse los ojos y retroceder, pero en su torpeza, se tropezó con una alfombra y se estampó de espaldas contra el suelo.
Helena cerró los ojos, contando hasta diez para no cometer un homicidio.
—Si sobrevivo a este matrimonio, será un milagro.
Benedict gimió de dolor desde el suelo.
—Por favor… avísame antes de volver a atacarme con una esponja.
Helena le lanzó una toalla mojada a la cara.
Este matrimonio estaba destinado al desastre.