SCARLETT
La vida en Washington no era mala, salía y entraba lo que quería. Mi número de seguidores subió desde el momento en el que me había casado con Liam. La pareja del año decían, nuestra vida rosa. Llena de fiestas, actos públicos y él caía muy bien a todos. Nos faltaba algo, un hijo, pero Liam no me tocaba. Y las fiestas no eran lo que se dice del todo perfectas, allí siempre me lo encontraba a él, a Leo, y a Kasandra. Cada vez que lo veía mis piernas flaqueaban, y el verla a ella hacía que los celos me inundaban. Esas fiestas las odiaba. Me acuerdo de una, aquella que apareció Leo con un look no del todo formal, pero solo con ponérselo lo hacía elegante.
La prensa los tenía a ambos como una de las parejas del momento, ricos, ella productora de cabecera de muchos artistas que se mataban porque les produjese un disco, un EP o un single. Él, un hombre hecho a si mismo, que había renunciado al dinero de su familia para dedicarse a ser profesor, y volver por la puerta grande. Al conocer a Kasandra desde siempre sabía que ella siempre había sido así, pero siempre le gustó el mundo del rock y no los vestidos de firma. Cuando los vi a los dos en aquella fiesta, cuando ambas éramos dos niñas, supe que podría ser mi rival, pero nunca lo fue, no le interesaba este mundo. Ahora ella me eclipsaba cada vez que aparecía, vestida perfectamente y con unos modales con los que podría codearse con la mismísima reina de Inglaterra.
En esa fiesta ella no estaba, noté a Liam algo alicaído, pero extraño, como si le estuviese confirmando algo, y lo hacía estar alegre. ¿Me preocupaba? Sí, no quería que me dejase por otra, y menos por ella. Fui hacia Leo, sabía que si Liam estaba contento o lo parecía, podría ser que Leo hubiese dejado a Kasandra, o al revés. Fui a acercarme y la vi, a diferencia de antes, en la que siempre iba perfecta vestida, y parecía que había salido de un internado para aprender modales y protocolo, ahora parecía salvaje.
Lo primero que me llamó la atención es que, a diferencia de llevar el pelo recogido, impoluto en un moño lo llevaba suelto, se notaban los bucles del pelo, llevaba un abrigo gris, con sus cuatro botones dorados. Iba con un bolso de Prada, y en su boca llevaba una sonrisa de oreja a oreja. Debajo del abrigo se le veía unas medias de cuadros, mientras que sus piernas se mantenían tapadas por un par de botas mosqueteras megras de piel con tacón. Fue a saludar a Leo, y me quedé en shock, llevaba un jersey largo beis. Leo le sonrió y la besó, giré mi cara, no quería verlo. Al ver a ambos me di cuenta que parecía que iban conjuntados, siempre lo parecían, parecía una declaración de intenciones.
—¿Cómo puede ir así? —preguntó una de las mujeres de los empresarios, con un tono de crítica nada bonito. Fui a responder, pero se me adelantaron.
—La verdad es que tiene un tono fresco, salvaje. Tiene estilo independientemente de lo que se ponga, siempre va guapísima.
—No te creas—me oí decirle. —No tiene respeto por los demás, ¿te crees que no me gustaría ir más cómoda?
—Pues sigo manteniendo que está muy elegante—respondió esa chica. ¿Quién era?
—A mí también me lo parece—respondió Liam. —¿Liam que hacía aquí?
Me alejé y los dejé hablando, se quedó con esa chica que ya me caía mal. Yo necesitaba soltar veneno de una forma u otra. Comencé a oír rumores, sobre ella y sobre él. Que él iba a dejar todo por ella, que ella no era nadie, y me recreé en ellos. Tenían lo que yo no tenía, amor, dinero, pero sobretodo lo primero, Liam no me quería. Sospechaba que me odiaba, que en algún momento me dejaría. Una sabe esas cosas, se lo imagina.
Nos llamaron para acercarnos al escenario improvisado, Leo y Kasandra se pusieron en la primera fila, cogiéndose de la mano y apoyándose el uno al otro. Había oído que ella había llegado de un viaje de negocios, estaba hablando el presidente de la Asociación de empresarios de Nueva York cuando oí una voz que se dirigía a mí.
—Espero que estés disfrutando de la fiesta. Esta es la última a la que asisto contigo, mis abogados llamaran a los tuyos—me giré y vi a Liam, con los ojos fríos, seguro de si mismo.
—¿Qué dices? —susurré. —Luego hablamos.
—No. No tengo nada que hablar contigo. Recoge las cosas de mi casa esta semana, tú no me quieres y yo tampoco te quiero a ti.
Y de pronto lo oí, a Leo. Me giré.
—... Y por eso dejaré mi empresa en las mejores manos. En la señorita Isabel Darcy.
Se oyeron muchísimos aplausos, aunque yo no estaba pendiente de ellos, salió entre la multitud, del lado de Kasandra una chica rubia, era aquella que la había defendido, normal, si Leo le iba a dejar la empresa a ella. La chica era joven, tenía el pelo rubio claro y en comparación con Kasandra y Leo, era bajita, de hecho, en comparación conmigo era bajita. Llevaba un vestido de seda rojo rubí, con unos volantes en las mangas, iba guapísima, perfecta.
—Ha sido amiga de la familia desde siempre y no se me ocurre otra persona mejor que ella para que siga el legado familiar.
Leo podría haberme escogido y no lo había hecho. Kasandra la abrazó y ella comenzó a decir el discurso que había preparado dando las gracias tanto a Leo como Kasandra. En ese momento no lo sabía, pero ella tenía una de las mayores fortunas de Estados Unidos, y era prima lejana de Leo. Llevaba la empresa familiar de la mejor manera posible, con ética y profesionalismo. Pero en ese momento me quedó claro algo, no me llevaba ni al chico ni la empresa. Había perdido a mi marido, que nunca había sido mío si no de Kasandra.
Me quedé un rato asimilando el hecho que ya nada me uniría a Leo, salvo el recuerdo de cuando habíamos sido niños y que nunca se había dignado a mirarme. Tendría una vida perfecta en alguna parte, con la que fue mi mejor amiga. Aunque ahora pensando, ella nunca fue mi mejor amiga, nunca la traté como una igual. Leo pasó por delante de mí y le pedí el favor de poder hablar con él, asintió.
—Leo quería decirte una cosa. Contarte algo, yo no sé si te acordarás. Hace ya años, yo tendría catorce años, tú unos diecisiete, bueno, también a los trece. Pero a los catorce conociste a una niña, bueno, preadolescente. Ella se había hecho daño en la pierna...
—¿Qué quieres con todo eso? —preguntó él. Se acordaba de ese momento.
—Pues contarte que esa niña era Kasandra. Yo no le dejé que te preguntara tu nombre, porque... a mí me gustaste. Pero entonces os volvisteis a encontrar, será el destino.
—No existe el destino—respondió él inquieto buscando a Kasandra con la mirada.
—Bueno, para que lo supieras—contesté.
Me fui de allí sin mirar atrás, ¿estaba enamorada de él?
—Scarlett—dijo y me giré esperanzada. —Muchas gracias por decírmelo.
Se giró y fue a buscarla, yo llamé a la compañía de vuelo, ese mismo día abandonaría la casa de Liam.
LIAM.
La decisión de dejar a Scarlett no fue de un día para otro. La quise dejar desde el momento en el que nos casamos, incluso antes. Pero el estar con ella me daba el placer de ver a Kasandra, tenía la excusa perfecta para verla, con tristeza, pero verla al fin y al cabo. El verla se había convertido en un calvario, pero nos imaginaba haciéndolo con cada uno de los vestidos que llevaba en cada una de las fiesta. En los baños, en el ascensor, en un pasillo. Me fijé más en ella y la vi infeliz, sin luz, apagada. Su luz se había apagada para ser parte de un mundo que ella detestaba, lo sabía yo. Parecía fustigada, y no sabía porqué.
Tenía la decisión tomada cuando la vi en aquel restaurante con mi madre. Ella iba guapísima, y el verla me seguía llenando de una sensación antigua. Al ver cómo se dirigió mi madre a ella, y al revés, me di cuenta de todo lo que había sufrido y tomé la decisión, para bien o para mal. Pero cuando le pregunté que si era feliz, me di cuenta que los dos nos habíamos convertido en un par de infelices. En cierta forma en ese encuentro, sin sexo, sin besos, sin nada, los dos nos habíamos arropado sin saberlo ¿Tendríamos algún futuro? El anillo de su mano izquierda me dio la certeza que no. Se casaría con él, y no conmigo. La había perdido para siempre.
En aquella fiesta, ella llegó elegante, salvaje y con una luz que llenaba toda la fiesta. No pude apartar la vista de ella, pero ya no sentía ese irremediable deseo por ella, ni la ilusión del y si... solo tenía claro que la quería, como quien tiene claro que alguien ha sido importante para ella en su vida. Cuando oí a Scarlett hablando con otras dos chicas, y una de ellas había visto lo mismo que yo nos pusimos a hablar.
—Llámame Izzy, por favor, odio Isabel—dijo ella.
—Vale—respondí riéndome. —¿A qué te dedicas?
—Pues...—comenzó y se sonrojó. —Tengo una empresa. ¿tú?
—Pues, voy a dimitir de mi puesto y comenzaré a dedicarme a lo que me gusta.
Ella se rio, la verdad es que se rio bonito. La conversación siguió, ella también era de Nueva York, aunque solía irse a su casa de la playa. Yo le conté que vivía en Washington, pero tenía planeado en venirme a vivir a Nueva York. Descubrí en ese corto tiempo que Izzy era divertida, que tenía un humor un poco absurdo y que le gustaba la pintura, el arte. Nos indicaron que nos dirigiéramos al escenario y busqué a Scarlett con la mirada, ese era el mejor momento, sabía que, si no habría problemas, y se lo solté. Si no daba ese paso probablemente me arrepentiría el resto de mi vida. Al ver a Leo subir y decir que dejaba la empresa, y esa empresa se la daba a una tal Elisabeth Darcy, me quedé en shock, y más cuando descubrí que era Izzy.
Al Leo terminar de anunciar que Izzy sería la nueva jefa de la empresa, busqué a Kasandra, quería hablar con ella de cara a cara, dejando de ser un cobarde por una vez. Kasandra estaba en una pequeña mesa, con una copa de champagne mirando afuera.
—Hola—le saludé con una sonrisa.
—Hola—contestó ella. Sin sonrisa.
—Quería pedirte perdón por como me he comportado... como me comporté desde que te conocí hasta ahora.
Kasandra me hizo una señal y nos fuimos a un lugar con algo de privacidad, sonreí, típico de Kasandra, no quería que nadie se enterara de su intimidad, de lo que le hacía vulnerable... de todo.
—Yo quería darte las gracias por lo del restaurante—me dijo. —No lo de tu madre, es una bruja. Lo siento. —siguió y me reí. —Pero lo que dijiste, me hizo pensar en qué quería y que no.
—Espero que no sea yo a quien quieres, porque creo que te he superado—ella negó y sonrió. —Menos mal, yo quería hacer las paces contigo, y ese Leo... ¿es buen tío? O no quieres nada con él.
—Nos vamos a casar—respondió. —Pero ninguno de los dos quiere ser empresario.
—Pues para que lo sepas, bueno ya te lo dije. No quiero a Scarlett, nunca la quise. He roto con ella.
—¿No habéis venido juntos?
—Sí, pero rompí aquí. Si no... no me hubiese dejado. Voy a dejar la política, y montaré un negocio de algo, una tienda de discos quizás...—dije y sonrió.
De pronto apareció Izzy, Kasandra nos fue a presentar pero nosotros ya nos conocíamos. Kasandra se quedó con nosotros un rato, con una sonrisa, como dándose cuenta de algo que ni Izzy ni yo sabíamos. Llegó Leo y la besó.
—¿Qué haces? —preguntó ella roja.
—Que no fue una maldita casualidad—contestó él.
—¿El qué?
—El encontrarnos—dijo. —Ya nos conocíamos. Fue el destino.
—Me tendrás que explicar qué broma es esta.
—Una broma del destino—contestó él.
Izzy y yo nos reímos, él nos preguntó que si nos conocíamos, respondíamos que nos habíamos conocido allí. Leo contento comenzó a explicarnos que Kasandra y él se casaban el próximo año mientras la cogía de la cintura. Se veían felices, pero... de aquí a un año, podían pasar muchas cosas.