A través de las gafas negras, Eduard notó su expresión ruborizada. Su sonrisa se hizo más profunda. —Come más —le dijo con suavidad. Cuando Lily sirvió la comida, Zoé, aún avergonzada, se apresuró a servirle generosamente. Eduard la miró con una sonrisa apacible. Su corazón, usualmente frío, se llenaba de una luz cálida. Después del desayuno, la abrazó de nuevo y la besó durante un buen rato, hasta que el teléfono sonó: era Laura. Solo entonces Zoé se liberó de su abrazo, roja como un tomate. —Voy… voy a clases. Eduard le besó suavemente el lóbulo de la oreja. Su aliento cálido le rozó el cuello. —¿Quieres que te lleve? —No, no hace falta —ella frunció los labios—. Hace tiempo alguien anduvo esparciendo chismes sobre mí... Tras decirlo, levantó la vista. Sus ojos, vidriosos por l

