Sin preocuparse por los ejecutivos que observaban en silencio, se dejó llevar por la emoción: tomó el rostro de Eduard entre sus manos y lo besó con ternura, una y otra vez. El ambiente en la sala se volvió incómodamente silencioso. En realidad, aquellas personas no estaban allí para solicitar empleo. Habían llegado la noche anterior en un vuelo privado desde el extranjero. Se trataba de la élite del grupo internacional que Eduard había transferido personalmente a la sede central. Para ellos, Eduard siempre había sido una figura fría, distante… casi inhumana. Verlo ahora, siendo besado una y otra vez por una joven de rostro dulce y expresión risueña, resultaba, como mínimo, impactante. —Bien —dijo Eduard, mientras acariciaba con afecto la cabeza de Zoé—. Estas personas cubrirán los

