Kingston no podía creer lo que había escuchado. Se quedó paralizado por unos segundos. Luego, se echó a reír con frialdad. —Sra. Rivers, usted es demasiado joven. ¿Sabe siquiera quién soy dentro de esta empresa? —¿Y por qué debería importarme? —respondió Zoé, con los labios firmemente apretados. Su mirada era clara como el cristal, directa y decidida. —Yo soy quien está a cargo de esta empresa ahora. Es su culpa por ser supersticioso. Y es su culpa por insultar a mi esposo. Levantó el mentón con firmeza, proyectando seguridad. —Escúchenme bien, todos. Eduard es mi esposo y no permitiré que nadie hable mal de él. Y si alguno de ustedes cree que mi esposo es un "mal augurio", puede ir directamente a recursos humanos y recoger su último cheque, junto con el Sr. Kingston. Tras esas pa

