Sus ojos contemplaban el horizonte, mientras a la lejanía el sol comenzaba a ocultarse detrás de varias nubes grises, el mar golpeaba mientras sus pies tocaban la suave arena aun caliente por el calor. En su mente brillaba un recuerdo, pero esto no perturbaría la paz que lo invadía en aquel momento. Una mirada más, pensó Javier. Pero el verano se extinguía por última vez ante él. Debía abordar el tren que lo llevaría a la ciudad Capital, y todo lo que dominaba su mente era la idea de que nunca más volvería a presenciar un ocaso como este, nunca volvería a apreciar la magnitud de millones de colores, cientos de ruidos que provenían del mar, ya no volvería a sentir aquellos olores que tanta tranquilidad le brindaban abrazados a la suave brisa que acariciaba sus cabellos.
Luego de caminar durante varios minutos llegó a la estación, se acerco a la boletería y entregó el pasaje sin decir una palabra, el empleado con un movimiento mecánico lo selló y se lo entregó nuevamente, le indico con su mano un anden y pronunció unas palabras que le sonaron amables pero que no supo descifrar. Se alejó hacia el tren, y luego de entregar el boleto subió a su correspondiente vagón. Había alrededor de 15 personas distribuidas entre los asientos.
Los pasajeros conversaban en un idioma distinto al que habitualmente manejaba Javier, este lenguaje le sonaba gracioso, aunque a veces podía comprender ciertas palabras. Se dejaba llevar por lo que podían revelarle los tonos de voz, que manifestaban claramente diferentes intenciones y significados que no resultaban ser nada amistosos, pero que lo habían ayudado a no meterse en problemas durante su visita. Luego de acomodar su bolso en el piso, entre una pequeña mesa atornillada y un asiento doble, se sentó a esperar que el tren se pusiera en marcha escudriñando con la mirada a todos los rostros que le rodeaban. No pasó mucho tiempo hasta que la maquina comenzó a remolcar los vagones y el movimiento se tradujo a un suave vaivén, que cobraba intensidad a medida que aceleraba la marcha.
El viaje continuo con tranquilidad durante una hora, pero a medida que el tiempo transcurría, la oscuridad ganaba más terreno. Javier se levantó inquieto y salió del vagón hasta perderse en el siguiente coche. No le gustaba viajar en tren y tendía a moverse para mantenerse ocupado. Intentó mirar por el corredor y se dio cuenta que ya estaba próximo al vagón de carga, había avanzado demasiado sin darse cuenta.
Se volteó para regresar pero algo captó su atención, vio un reflejo en la ventana que lo hizo volverse sobre sus pasos. Pero al mirar más detenidamente, no pudo divisar nada extraño. Súbitamente la luz del tren se apagó cuando la máquina ferozmente se introdujo por un túnel. El ruido lo ensordeció, dejándolo aturdido y desorientado. Intento sujetarse pero sus manos no lograron afirmarse con ningún objeto que pudiera sostenerlo. Javier trastabilló pero logró recuperar el equilibrio balanceando su cuerpo al compás del movimiento del tren, evitando así, lo que hubiera sido una dolorosa caída.
Su mente hizo un esfuerzo desesperado por mantenerlo en control, y para ello hizo presente el recuerdo de la arena tocando sus pies, la suavidad del agua de mar que lo mojaba, el tibio calorcito del sol bañando su espalda. Solo pensar en la paz que aquel recuerdo le transmitía logró mantener la calma. Pronto se reincorporó y caminó hacia la parte delantera del tren. Avanzó observando preocupado que no había pasajeros allí, no había tripulantes, no había camarero, ni guardas. Javier estaba se encontraba solo, y de nuevo se sintió invadido por una sensación de desequilibrio.
El vagón continuaba sumido en la oscuridad, atrás quedaron los recuerdos de la playa, el mar y el sol, Javier sólo podía pensar en la oscuridad, aunque podía sentir que la velocidad del tren aumentaba no podía asegurarlo, su prioridad era salir de allí. El miedo lo estaba acechando. No sabía como se mantendría controlado, hacia pasado mucho tiempo desde la última vez que había enfrentado una situación de riesgo. Estaba realmente asustado. De repente las luces volvieron, y Javier descubrió que estaba en el tren equivocado.
Lo primero que se apareció ante sus ojos, fue un gran cartel luminoso, con varias letras escritas en él. Pero Javier no conocía esa extraña lengua, no sabía como interpretar el letrero que se erguía delante de su rostro, aunque suponía que debía significar algo realmente importante por la magnitud del mismo. Javier se percato que el vagón no era similar a los anteriores, este era mucho más amplio y confortable, tenía varios rasgos que deslumbraban a la vista. El lujo lo rodeaba, grandes molduras de oro rodeaban las ventanas, hermosas y antiguas pinturas pendían de las paredes, grandes luces colgaban del techo. Aunque no iluminaban todas al mismo tiempo, dejaban bastante luz para poder distinguir el entorno. Tenía tapizados aterciopelados de un rojo furioso, y se notaba de altísima calidad.
Caminó vacilante por unos segundos, mientras observaba deslumbrado por el brillo del lujoso vagón, mientras trataba de entender que es lo que estaba pasando. Su mente atormentada, no dejaba de pensar en lo agradecido que estaba por el retorno de la luz, debía apurarse, debido a que era muy posible que la luz no estuviera encendida por mucho tiempo. El tren estaba avanzando cada vez más rápido, y se podía sentir el vértigo de la velocidad que la máquina estaba adquiriendo. En las curvas parecía derrapar, mientras que el piso parecía no proporcionar estabilidad. Javier se apresuró a cambiar de vagón, la puerta estaba del otro lado, lo que lo obligó a caminar varios pasos, cuando por fin puso su mano sobre la perilla, algo lo detuvo, una mano helada lo detuvo por el hombro.
Todo su cuerpo se estremeció, su mente vagó por los más oscuros recuerdos que pudo encontrar, vio su vida en un minuto; desde aquella mala experiencia con el fuego, que le dejara una pequeña cicatriz que llevaría en su brazo derecho por el resto de sus días, hasta aquella poesía que le recitó a su amor en la intimidad, aquella caricia de su madre antes de despedirse para siempre de sus vidas, y aún no podía creer que hubiera sido la última, tampoco. Cuando volvió en sí, estaba más asustado que nunca, se enfrentaba por primera vez a lo desconocido y no estaba preparado. La luz se apagó de nuevo, y lo dejó completamente indefenso.
El tiempo parecía no pasar nunca, sus piernas comenzaron a fallarle, y comenzó a pensar que perdería el sentido, la mano que lo sostenía por el hombro lo soltó, dejándolo golpearse contra la puerta que estaba delante suyo. Por un instante pensó que todo había terminado, cuando una voz amigable le preguntó algo que no pudo entender.
Un destello de luz, hizo ver el reflejo de una sombra, había delante suyo. Volvió a escuchar las mismas palabras, que no pudo entender, pero esta vez, el sonido era más amenazador. Javier pronunció unas palabras en su idioma, para que quien sea que estuviera ahí en ese momento, pudiera comprender que no hablaba su idioma, a las cuales recibió una clara respuesta. Al parecer su compañero de viaje hablaba su lengua.
La oscuridad reinaba en el vagón, mientras el tren continuaba con su marcha sin descanso. Javier intentó averiguar hacia adonde se dirigían, y en que parte del tren se encontraban. Pronto la sombra comenzó a acercarse y sin más se sentó cerca suyo. Intercambiaron algunas palabras, y llegaron a la conclusión de que ambos estaban en peligro. Javier insinuó saltar del tren en movimiento, rompiendo una ventana, pero su compañero le respondió que a la velocidad que iban eso era imposible.
Se preguntaron el por que de las fallas eléctricas, y arriesgaron varias teorías, pero ninguno de los dos sabía realmente que estaba ocurriendo. Y pronto el miedo que antes albergaba Javier en su corazón, comenzaba a invadir la voz de aquella sombra sin rostro, de aquel sonido en la oscuridad. Luego de varios minutos, Javier insistió de que era tiempo de moverse en búsqueda de una posible salida, de un escape o de alguna forma de bajar la velocidad del tren, que avanzaba implacable en la oscuridad.
Solo él, y el misterioso sujeto sentado a su lado se encontraban en el vagón, y ambos comenzaron a sospechar que además eran los únicos en el tren. Los dos se pusieron de pie, y comenzaron su marcha ciega por el vagón, cuando al fin llegaron a la puerta, Javier sintió que algo lo desestabilizo, y calló de rodillas al suelo, golpeándose contra la puerta, mientras emitía un grito de dolor, la sombra antes compañera ahora lo traicionaba, el misterioso acompañante, era ahora quien intentaba hacerle daño. Una mente inestable, un ser desquiciado que buscaba saciar su locura. Escapar era imposible, aquella sombra ya estaba encima suyo, el final era seguro, y él podía sentirlo en su cuerpo.
La resignación venció rápidamente al miedo, y Javier se entregó a la suerte, que no jugaba a su favor en ese preciso instante. Estaba abatido, con los nervios destrozados, y sin esperanza, a merced de aquel ser oscuro sin rostro que lo sujetaba firmemente contra el duro piso de madera del vagón. El tren se detuvo súbitamente, las puertas se abrieron, mientras que todas las luces se encendieron al mismo tiempo. Un guardia subió al tren apresuradamente para ayudar a la persona que gritaba en el interior, ante sus ojos encontró a un hombre, enredado en una cortina de tela, atrapado en el suelo, asustado y luchando ferozmente para zafarse.
El guarda acompañó a Javier hasta un tren que se encontraba en un andén próximo. Ya cómodo en su asiento, ingirió un vaso de buen vino, y reposó su cabeza contra el respaldo. El tren lo meció durante varias horas de viaje, transportándolo a un sueño calmo y placentero. Cuando de pronto, una mano fría como el hielo, lo despertó con fuerza, apretándole duramente su hombro... mientras las luces del tren se apagaban y la luz de la luna desaparecía a medida que el tren terminaba su recorrido dentro de un largo y oscuro túnel.